Declaración política – Primero de Mayo

A la crisis humanitaria del capital, la revolución socialista

Escribe Partido Obrero - Tendencia

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El Día Internacional de los Trabajadores de este año 2021 llega en medio de una encrucijada histórica para la clase obrera mundial y la humanidad toda.

La pandemia del coronavirus ha puesto de manifiesto la incompatibilidad definitiva entre el capitalismo, de un lado, y la salud y la vida, del otro.

El virus no es un accidente epidemiológico. El Covid es una manifestación de la depredación del medio ambiente por parte del capitalismo. El intercambio entre el hombre y la naturaleza, o sea el desarrollo de las fuerzas productivas del trabajo humano, se ha convertido en su contrario, a saber, en la generación de fuerzas destructivas. Es el resultado de una organización social basada en la búsqueda incesante del lucro privado y en la anarquía en la producción. Asistimos a una rebelión de la naturaleza contra los desmanes del capital. La humanidad se ve confrontada a una crisis histórica. La reapropiación de la naturaleza por una humanidad socializada, se encuentra más que nunca a la orden del día.

De otro lado, el progreso científico se ve limitado, como construcción social, por este mismo régimen de explotación capitalista. La privatización creciente ha convertido a la investigación científica y a la atención de la salud en una rama de la industria capitalista, como ocurre asimismo con la educación, lo cual ha privado del acceso a ella a gran parte de la población. Una mayoría de trabajadores no tiene la posibilidad de acceder a la atención médica y a los medicamentos, en el marco de una organización interesada de la salud, que desplaza la prevención, la alimentación y el equilibrio personal, por la atención a enfermedades que se multiplican, en beneficio de una industria farmacéutica cada vez más concentrada. La salud pública ha sido destruida en favor de los subsidios a la salud privatizada. La reapropiación de la ciencia por el individuo social ha ganado una urgencia apremiante, para acabar con la explotación privada de la salud y priorizar la prevención, o sea la salud social, en una sociedad sin explotadores ni explotados.

El capitalismo ha abordado la pandemia con sus propios métodos. De un lado, el Estado ha salido al rescate del capital mediante la inyección de dinero sin precedentes en toda la historia. Las principales Bolsas del mundo han alcanzado cotizaciones pico. La asistencia a los trabajadores es equivalente a la nada. La pandemia ha sido una ocasión excepcional para concentrar la riqueza en un número menor de manos y para extender en forma exponencial la miseria social. La contradicción entre el capital, de un lado, y la vida, del otro, ha alcanzado niveles explosivos. El servicio del capital y los intereses de las deudas públicas han sido cumplidos sin hesitaciones, mientras miles de millones de personas han ingresado a niveles de hambre.

Donde este antagonismo irreconciliable entre el capitalismo, de una parte, y la naturaleza y la persona humana, de la otra, ha manifestado su irracionalidad más extrema, es en la rivalidad comercial y financiera despiadada desatada por el monopolio del mercado de vacunas. Todas las vacunas en presencia han sido subsidiadas por el Estado, es decir los contribuyentes, pero las ganancias de monopolio irán a los bolsillos de accionistas privados. El Estado ha adelantado el dinero para la producción, sin reembolso, o ha comprado en forma anticipada la producción de miles de millones de dosis. Más allá del beneficio al capital, estas subvenciones apuntan a una guerra política entre Estados, con las consiguientes provocaciones militares. Los gastos estatales de guerra han aumentado en todas las grandes potencias, en medio de la pandemia y de la miseria social que ha resultado de ella.

La mentira de que “el virus nos va a hacer cambiar a todos” es la mayor ‘fake news’ de toda la historia. Esa lucha de rapiña invalida cualquier coordinación mundial de la política vacunatoria y, más aún, la abolición o suspensión de las patentes de fabricación. La guerra de vacunas ha callado la voz de los progresistas o reformistas impotentes que llaman a la “solidaridad y coordinación” entre las potencias imperialistas. Ha quedado demostrada, más que nunca, la impostura de la globalización y de cualquier armonía mundial bajo la égida del capital. El imperialismo, por el contrario, es la exacerbación de la competencia mundial capitalista, y por los medios más cruentos e intensos. Sólo el derrocamiento del capitalismo puede ahorrar a la humanidad nuevas guerras encima de la pandemia.

En vísperas del Primero de Mayo, asistimos a la tentativa criminal de imponer la “nueva normalidad”. En otras palabras: a “convivir con el virus”, con escuelas y trabajos no esenciales abiertos, en medio de la pandemia y una población sin vacunar. La “nueva normalidad” ha agravado la pandemia, al propiciar la aparición de nuevas variantes del virus, comprometiendo con ello la eficacia de las vacunas en desarrollo. El capital y los Estados, sin embargo, se rehúsan a aportar los recursos para financiar el corte de la diseminación del virus. La prioridad para ellos es seguir reciclando la deuda pública mundial, unos 500 billones de dólares, que quintuplica el PBI anual de todas las naciones. Una vez más: existe un antagonismo irreconciliable entre el capital, de un parte, y la salud y la vida de la otra. El ataque sin precedentes a los salarios y regímenes laborales de los trabajadores de la salud, es la expresión más aberrante de este antagonismo. En la provincia de Neuquén, la Gendarmería persigue a los trabajadores de la salud que se encuentran movilizados por sus derechos.

Esa ‘nueva normalidad’ se ha convertido en tragedia. La “presencialidad segura, protocolar o administrada” se ha convertido en la palabra de orden de todos los gobiernos patronales, de los ‘negacionistas’ como Bolsonaro a los ‘responsables’, como ocurre con los Fernández de Argentina. También del 90% de las Izquierdas ‘revolucionarias’ de numerosos países. Las políticas aperturistas han conducido a las segundas y terceras olas; los regueros de contagios han colapsado a los sistemas sanitarios, desde Alemania hasta Brasil. El ´regreso al trabajo´ se ha convertido en su contrario: las grandes fábricas automotrices de Brasil o Argentina, puntales en el regreso ´cuidado´ de sus obreros, asisten hoy a la paralización de sus plantas, con centenares de contagios. El capital no puede resolver la principal contradicción que representa para la condición humana, y es que la fuerza de trabajo no es un robot sino una persona y su vida.

En el escenario de esta catástrofe humanitaria de la sociedad capitalista, el movimiento obrero oficial, en todo el mundo, se ha puesto del lado del capital, de los gobierno del capital y de las políticas ‘sociales’ y ‘sanitarias’ del capital. Es natural que la lucha por la salud y la vida pase por encima de ella. La caracterización del actual momento histórico por parte de la llamada Izquierda, es una versión de la “nueva normalidad”. “No permitamos, dice, que las patronales obstaculicen nuestra lucha por mejores salarios y condiciones de trabajo, mediante nuestro alejamiento de las fábricas y escuelas. Por más Unidades de Terapia Intensiva ¡Que todo siga abierto! Con protocolos”. Este programa de ‘izquierda’ deja atrás la principal cuestión del momento: la lucha contra el capital y sus Estados, por la salud y la vida, incluidos los medios para esa vida. En esta omisión decisiva coincide con el punto de vista del capital y es un obstáculo político a la lucha fundamental del momento actual. En este Primero de Mayo, Día Internacional de los Trabajadores, encontramos al movimiento obrero oficial, o sea los sindicatos burocratizados, y a la Izquierda convertida en oficial, en el lado opuesto al de la lucha internacional que tiene planteado el proletariado.

La prensa imperialista ha decidido poner buena cara al mal tiempo, y busca apaciguar a los trabajadores con el anuncio de una gran recuperación económica. Las calamidades sanitarias de la India, Brasil y el conjunto de América Latina son escondidas debajo de la alfombra. ¡Qué mejor noticia que el precio de la soja! Cualquiera sea, sin embargo, la consistencia de ese pronóstico, lo fundamental es que, en primer lugar, acentuará la rivalidad internacional entre los contendientes del mercado mundial, y la rivalidad política y militar. Contra los pronósticos ‘románticos’ en boga, el nuevo presidente de EEUU ha llegado con una plataforma de confrontaciones militares más intensa que su predecesor, el fascistoide Trump. El desequilibro político internacional dejado por la disolución de la Unión Soviética, se acentúa de más en más. Con una pandemia en desarrollo y perspectivas de vacunación que llegan hasta 2023, el antagonismo entre el capital y el trabajo será cada vez más intenso. Los estados, a su turno, han acumulado deudas estratosféricas, cuyo sostenimiento reclamará políticas de ajuste cuando las necesidades de salud, vivienda y trabajo de las masas han crecido de modo extraordinario. Esas deudas anuncian un período de desestabilización monetaria internacional. La gestión capitalista de la pandemia ha dejado en ruina a una parte considerable de la pequeña burguesía.

La pandemia no ha sido recogida en forma pasiva por los explotados. Es el caso del gigantesco movimiento de masas pluri-racial contra la violencia racial de la policía en Estados Unidos y de la rebelión obrera en Myanmar. Ha sido también el caso de las huelgas de fábrica contra las medidas “aperturistas” en Italia, en Francia o en España. De las luchas por la salud en todo el mundo. Bajo la crisis del Covid, terminó derrocado en Bolivia el gobierno golpista de Áñez. Mientras tanto, el fascistoide Bolsonaro asiste a la demolición política de su gobierno, y los explotados chilenos le arrancaban a Piñera tres retiros anticipados de los confiscadores fondos de pensiones privados y una Convención Constituyente que dará paso a crisis políticas aún mayores.

En contraste con lo anterior, de nuevo, el movimiento obrero oficial -las burocracias sindicales cooptadas por los Estados capitalistas- estuvo, junto a sus gobiernos, completamente ausente de este proceso de luchas. En cuanto a la izquierda que se reclama del trotskismo, en general, enfrenta la crisis humanitaria con un planteo de presencialidad, sin advertir en lo más mínimo la actualidad que ha cobrado la lucha por el gobierno de trabajadores y el socialismo. No esgrime ningún programa de reivindicaciones transitorias, y en muchos casos lo distorsiona por medio de encaminamientos parlamentarios. Protagoniza, en Brasil, Portugal, Argentina, una integración parlamentaria al Estado, aportando quórums en cuestiones fundamentales e incluso el voto a favor de proyectos del capital. Rechaza plantear la defensa de la vida y la salud de la clase obrera frente a la pandemia en términos de lucha de clases. Adhiere al “aperturismo”, o “nueva normalidad”, invocado por los gobiernos del capital. Es también una adaptación a los prejuicios del ´electorado´ manipulado por la burguesía. La pequeña burguesía, e incluso franjas importantes de la clase obrera, son empujadas, por el mismo estado, a una reacción atomizada frente a la crisis humanitaria, en ausencia de una respuesta colectiva, política y estratégica.

Programa y perspectivas de lucha

Este Primero de Mayo encuentra a la clase obrera mundial debatiendo y luchando por sus reivindicaciones vitales, y verificando, por medio de esa lucha y de su experiencia, los límites insuperables de la organización social basada en la explotación capitalista. Quienes suscribimos este llamamiento nos dirigimos a todos esos trabajadores y luchadores para plantear, frente a la barbarie capitalista y al giro histórico que incorpora a ella esta barbarie, la lucha por el derrocamiento del capitalismo y por la revolución proletaria y socialista internacional.

En esta perspectiva, señalamos las reivindicaciones transitorias del momento:

Abajo las aperturas letales de escuelas y lugares no esenciales de trabajo. Pago del 100% del salario a sus trabajadores. Control obrero de las condiciones sanitarias en actividades esenciales.

Triplicación de los presupuestos de salud. Reducción de la jornada laboral de su personal. Control de los trabajadores de la salud pública y privada.

Salario mínimo y jubilaciones equivalentes a la canasta familiar. Salario a todos los desocupados equivalente al 80% de ese salario mínimo.

Por una acción internacional de los trabajadores, por la nacionalización sin pago de los monopolios farmacéuticos.

Desconocimiento de la deuda pública contraída con el capital financiero; nacionalización de la banca bajo control obrero.

A la “agonía mortal del capitalismo”, oponemos la reconstrucción de la Internacional Obrera por la Revolución Socialista, la reconstrucción de la IV Internacional.