El segundo golpe de Estado de Donald Trump

Escribe Jorge Altamira

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Un memorando interno del FBI, que advierte acerca de la preparación de cincuenta manifestaciones armadas en las vísperas de la asunción del presidente electo de Estados Unidos, Joe Biden, pone de manifiesto que la crisis política desatada por el asalto al congreso norteamericano no ha amainado. Revelaciones de la prensa, en este caso del Washington Post, que muestran la complicidad entre la custodia policial del Congreso, la Guardia Nacional e incluso personajes de alta responsabilidad en el Pentágono, con las bandas de asalto, ilustran la naturaleza golpista de ese asalto y al mismo tiempo el grado de fragmentación del aparato del estado.

Otras informaciones dan cuenta del bloqueo que sufrieron las autoridades de los estados de Virginia y Maryland para movilizar a sus Guardias Nacionales, ante el pedido urgente de las jefaturas parlamentarias del partido demócrata, en la etapa más dramática de la ocupación de las instalaciones del Capitolio. Ninguna corriente política desmiente que los acontecimientos tuvieron lugar por inspiración de Trump, el presidente de EEUU, y que el asalto fue planificado con semanas de antelación. En las mismas vísperas, incluso, en un discurso de campaña para la segunda vuelta senatorial en el estado de Georgia, Trump llamó a marchar a Washington para enfrentar la sesión del parlamento encargada de certificar la victoria de Biden. La presencia de un golpista en el Ejecutivo norteamericano no es poca cosa, cuando se tiene en cuenta que está a cargo del botón nuclear. Cuando apenas habían pasado horas del asalto fascista en Washington, Trump dictó una orden ejecutiva que vuelve a poner a Cuba en la lista de estados terroristas, algo que lo autorizaría para emprender un ataque militar. El partido Republicano acaba de reelegir por otro período de dos años a su binomio dirigente, de cuño trumpista.

Ni incapacidad, ni ‘impeachment’

Las dos medidas constitucionales para destituir a Trump no dan señales de prosperar. El vice-presidente, Mike Pence, se niega a usar la enmienda 25, que permitiría declarar “la incapacidad” de Trump para continuar en su cargo. Aunque Pence se negó a impulsar un impasse en la certificación de Biden, para lo cual no está tampoco autorizado, como pedía Trump, su negativa a facilitar su destitución es objetivamente golpista. Poder completar el mandato constituiría una enorme victoria política de Trump y su séquito fascista. Tampoco prosperaría el juicio político que ha puesto en marcha la mayoría demócrata en Diputados, porque no hay señal de que pueda reunir los dos tercios que se necesitan para destituir a Trump, en el Senado. Los cinco muertos que ocasionó el asalto en el Congreso coloca a Trump como el autor intelectual de un delito penal – un equivalente a José Pedraza, el fallecido responsable del asesinato de nuestro compañero Mariano Ferreyra. O en el lugar de Luna, Schiavi y De Vido, por ese mismo delito o por las 53 muertes en Once. Trump seguiría en la Presidencia sin desarmar tampoco ninguno de los complots que denuncia la prensa. Aunque Biden jure el 20 de enero, el cumplimiento entero de su mandato sería una victoria estratégica para Trump y un aliciente para el desarrollo de un movimiento fascista.

La dimensión política de esta crisis ha sido mucho mejor comprendida en las filas de la burguesía liberal que en la izquierda. En efecto, el liberalismo señaló enseguida el carácter golpista del asalto y el padrinazgo de Trump, y es ella la que ventila las conspiraciones que siguen en marcha. Teme una potencial fractura institucional, inclusive en las fuerzas armadas y los servicios de seguridad, que se encuentra en desarrollo desde los ‘hackeos’ y guerras de servicios de la elección anterior, en 2016. Trump extorsionó al gobierno de Ucrania para conspirar contra Biden, condicionando una “ayuda militar” a ese país, ya votada por el Congreso. Desde la renuncia de John Mattis quedó expuesta la fractura con el Pentágono y la OTAN. Pero la burguesía liberal ha quedado en una posición minoritaria frente al bloque de los trumpistas y de quienes quieren llegar al pase de mando sin hacer ruido. No ha habido siquiera la insinuación de una movilización de masas anti-golpista y anti-fascista, ni de parte del liberalismo ni de la izquierda.

Dos publicaciones de la izquierda norteamericana, The Nation y Jacobin, rechazan la tesis de un golpe, con el argumento de que la burguesía en su conjunto no está dispuesta a sacrificar los instrumentos históricos de explotación de la democracia, para ir atrás de una aventura. Izquierda Socialista caracteriza “una crisis política del imperialismo”, pero rechaza que haya habido un golpe. El asalto al parlamento en medio de una crisis política, nada menos que del imperialismo, es seguramente algo más que una travesura, en especial cuando la instiga el Presidente, al que muchos responsabilizan incluso de “la crisis política”. Para que llamar a movilizarse, se auto justifican las publicaciones norteamericanas. La propuesta inédita de Izquierda Socialista, frente al asalto al parlamento organizado por Trump, es “avanzar en la construcción de una alternativa política de izquierda independiente”. Una fuerza democratizante, ni demócrata ni republicana.

Fracturas

La torpeza de todo este planteo es antológica – porque una corriente de derecha y supremacista con más de 70 millones de votos, que no tendría el apoyo de la mayoría de la gran burguesía, deja ver un fenómeno fascista en algún grado de desarrollo – una razón mayor para impulsar la movilización. Una fractura política de esta envergadura señala una transición política, donde las posiciones establecidas se agotan, y aquellas aún inmaduras ganan fuerza. Hay un cambio estratégico del escenario y un salto cualitativo en la agudeza de la crisis en su conjunto.

Biden, de otro lado, ha ganado las elecciones con el voto de un electorado que en forma creciente se moviliza contra el racismo, la desigualdad social y la precariedad laboral y de la vida. El asalto al parlamento se produce cuando crecen las movilizaciones extra parlamentarias, y cuando millones de indiferentes se acercan a los locales de votación. Cuando la base electoral del fascismo se debilita, como lo insinúa la votación en Georgia, donde el supremacismo pierde por primera vez en décadas. Según las encuestas, además, más de la mitad de la ciudadanía apoya la destitución de Trump, en claro contraste con las idas y vueltas de los políticos.

Cuando Trump debiera estar alojado en una celda común; sus conexiones golpistas investigadas; y declarada su incapacidad constitucional de por vida; la derecha liberal se insurge porque las redes digitales han privado a Trump de sus cuentas. Este desatino, que linda en la idiotez, es revelador por la confusión que muestra. En primer lugar, porque los golpes de estado, las guerras civiles, las guerras internacionales y las revoluciones son la expresión de la inviabilidad de la organización social y política pre-existente a ellas, incluida la libertad de expresión. Pretender el rescate de la libertad de expresión cuando las contradicciones históricas arriban a un punto de explosión, es como "jugar en el bosque mientras el lobo no está”.

Juguemos en el bosque

La derecha liberal quiere imaginar que su mundo sigue intacto, en medio de los cascotes. Esto vale especialmente cuando la libertad de expresión ya ha sido abolida en la práctica, antes de las crisis, por el monopolio capitalista de la desinformación. Los medios de comunicación son una máquina gigantesca de desinformación y manipulación, y no solamente en China, Rusia o Corea del Norte, sino especialmente en los regímenes democráticos. Twitter ha sido el gran canal de agitación fascista de Trump. El retiro de su cuenta hizo caer sus acciones de inmediato en un 15%, porque los casi cien millones de seguidores de este individuo era una fuente de renta fenomenal para los accionistas.

Cualquiera sabe que las redes sociales son un instrumento de desinformación gigantesco, punteado aquí o allá por las opiniones de usuarios individuales. Las empresas digitales venden una masa de información privada gigantesca, ejerciendo un control o seguimiento sin precedentes de los individuos y la vida cotidiana. La socialización de estos medios por parte de una sociedad basada en la gestión colectiva de los medios de producción, de vida y de información, es un imperativo de supervivencia. La industria informática ocupa un lugar central en la crisis capitalista. Lo deja en claro la persecución vengativa contra Assange. Assange, quien reveló lo que todos los estados esconden, se encuentra preso por los titanes de la libertad de expresión. Los trabajadores de las IT se están poniendo a la cabeza, por medio de repetidas huelgas, de las rebeliones populares.

La asonada golpista del 6 de enero pasado ha acelerado la crisis política en Estados Unidos y en el mundo entero. Ha mostrado el extremo de la incapacidad de los regímenes en presencia para lidiar con la crisis de salud. Si de desinformación se trata, las manipulaciones acerca de las vacunas son impresionantes. La pandemia podría convertirse, en estas condiciones, en un detonante poderoso adicional de la crisis política norteamericana – y en el mundo entero.