{"componentChunkName":"component---src-templates-nota-js","path":"/16418-los-redondos-la-revolucion-inconclusa","result":{"data":{"markdownRemark":{"html":"<p><strong>¿Fue Oktubre una farsa?</strong></p>\n<p>No, Oktubre fue el producto de una época que necesitaba héroes. Una sociedad que salía de la dictadura militar y comenzaba a descubrir la magnitud de la corrupción, las complicidades civiles y las heridas abiertas por el terrorismo de Estado buscaba referencias inmediatas, símbolos capaces de expresar una rebeldía que todavía no encontraba canales políticos sólidos. En ese contexto, Los Redondos ofrecieron una estética y un lenguaje que parecían señalar una salida.</p>\n<p>De la nada absoluta a la condición de dioses del proletariado indefenso. Ya el primer disco de Patricio Rey y sus Redonditos de Ricota había marcado un camino que Oktubre terminó de consolidar: rock and roll básico, letras que parecían poesía traducida a los tumbos y una cuota de hermetismo oscuro que funcionó como ingrediente indispensable para construir el aura de misterio alrededor de la banda. Cada interpretación era posible, cada símbolo admitía múltiples lecturas y, en esa ambigüedad, se edificó buena parte del fenómeno.</p>\n<p><strong>¿“Criminal Mambo” había sido censurada por la dictadura?</strong></p>\n<p>No, la censura nunca existió. ¡Fue una operación estética utilizada para el lanzamiento de Gulp! en 1985. El álbum incluía una lámina interna con un facsímil del COMFER fechado falsamente en 1976. El documento declaraba que la canción era de “contenido grosero y burdo” por utilizar expresiones obscenas. Aquella falsa prohibición funcionó como una ironía sobre los mecanismos de censura reales de la dictadura, pero también contribuyó a reforzar la imagen de banda perseguida que comenzaba a construirse alrededor de Los Redondos.</p>\n<p>Lo cierto es que jamás abandonaron del todo la zona de confort de los “apolíticos”. No hubo censura entonces ni la hubo después. Mientras tanto, la figura del Indio Solari se iba transformando en una suerte de líder revolucionario ambiguo, capaz de proyectar sobre el escenario una imagen contestataria que rara vez se traducía en definiciones concretas.</p>\n<p>Esa construcción sufrió un golpe significativo el 9 de marzo de 1985, durante una presentación en el marco del Año Internacional de la Mujer. Antes del recital, Enrique Symns realizó una de sus habituales intervenciones y rifó a una mujer para que el ganador hiciera uso de ella durante ocho horas. Con el consentimiento implícito del entorno artístico que lo rodeaba, extrajo el número premiado de la vagina de la propia participante. Nadie reclamó el premio. Como “consuelo”, se ofreció un hombre negro de gran tamaño, que tampoco fue reclamado. El episodio, que hoy resulta escandaloso, revela las contradicciones de un ambiente que se autopercibía transgresor, mientras reproducía formas evidentes de cosificación y violencia simbólica.</p>\n<p><strong>De banda under a fenómeno de estadios</strong></p>\n<p>Los recitales de Obras Sanitarias en abril de 1991 marcaron un punto de inflexión. Allí terminó muriendo Walter Bulacio, víctima de las razzias policiales que los gobiernos democráticos heredaron de la dictadura y continuaron utilizando para garantizar “el orden”. Su muerte se convirtió en uno de los casos más emblemáticos de violencia institucional en la Argentina reciente.</p>\n<p>No hubo justicia plena para Walter. Su padre dedicó gran parte de su vida a reclamarla y murió en condiciones económicas precarias. Paradójicamente, mientras la familia Bulacio enfrentaba una lucha desigual contra el aparato estatal, Los Redondos ingresaban en el período de mayor crecimiento de su carrera.</p>\n<p>En octubre de 1991 apareció La mosca y la sopa, un disco que funcionó como puente hacia una etapa más comercial. Temas como “Un poco de amor francés” y “Mi perro dinamita” multiplicaron la audiencia y transformaron a la banda en un fenómeno masivo. La muerte de Bulacio, lejos de afectar esa expansión, terminó incorporándose al mito ricotero. Los Redondos pasaron a ser la banda contestataria por excelencia: un grupo asociado a una víctima de la represión estatal y convertido, para miles de seguidores, en símbolo del antisistema.</p>\n<p>Sin embargo, la contradicción seguía allí. El mensaje sobre el consumo de drogas, deliberadamente ambiguo, terminó siendo interpretado por muchos como una validación de prácticas autodestructivas. Las llamadas “misas ricoteras” reunían multitudes que celebraban tanto las canciones como la figura casi religiosa del Indio Solari. Mientras tanto, el supuesto líder revolucionario desarrollaba una vida cada vez más distante de la realidad social de aquellos que lo idolatraban.</p>\n<p>Solari nunca fue peronista y lo dijo en numerosas entrevistas. Tampoco fue un militante revolucionario en el sentido clásico del término. Fue, más bien, un artista talentoso, un observador agudo de su tiempo y un burgués desencantado que comprendió mejor que nadie cómo construir una narrativa poderosa. Su mayor obra quizás no haya sido una canción ni un disco, sino la creación de un mito capaz de sobrevivir durante décadas.</p>\n<p>El problema es que, como ocurre con todos los mitos, muchos confundieron la representación con la realidad, por lo cual aquello que comenzó como una expresión artística de rebeldía terminó convertido en un producto cultural de enorme éxito comercial. </p>\n<p>La muerte de Solari terminó por acomodar las fichas en el tablero de los revolucionarios truchos argentinos: peronistas, comunistas y anarcos de pacotilla que suelen concluir sus trayectorias refugiados en mansiones convertidas en fortalezas medievales, pronunciando discursos de mahatmas devaluados desde la comodidad de una existencia burguesa. La historia se repite con demasiada frecuencia: quienes alguna vez parecieron desafiar al sistema terminan absorbidos por él, convertidos en una versión apenas maquillada de aquello que decían combatir. Los Redondos vendieron millones de discos, sí, y llenaron estadios y marcaron a varias generaciones, pero quizá vendieron mucho más que música: vendieron una ilusión de revolución que siempre estuvo lejos de llegar a concretarse, y que persiste estancada en la inacción política de sus seguidores.</p>","excerpt":"¿Fue Oktubre una farsa? No, Oktubre fue el producto de una época que necesitaba héroes. 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