{"componentChunkName":"component---src-templates-nota-js","path":"/16446-el-manifiesto-del-pts-una-oferta-de-colaboracion-democratica-de-la-nueva-clase-trabajadora-con-el-capital","result":{"data":{"markdownRemark":{"html":"<p>A la hora de definir cuál sería “el poder de la clase trabajadora y el pueblo pobre”, el Manifiesto que el PTS ha redactado para impulsar la candidatura presidencial de Myriam Bregman hace exactamente lo contrario de lo que dice: evita la cuestión del poder y deja en claro que se moverá dentro de los términos del régimen social y político vigente. </p>\n<p>La cuestión a la que quiere responder el Manifiesto es lo que haría un eventual gobierno de izquierda consagrado por el voto popular, eventualmente en un ballotage, o sea con votos prestados. ¿Cuál es la respuesta? “En el camino (?) de luchar por un gobierno de la clase trabajadora, pelearemos junto a ellos (al pueblo) por una Asamblea Constituyente Libre y Soberana, la institución más democrática posible dentro de este sistema. Una Asamblea donde poner en discusión todo: qué hacer con las instituciones o cómo organizar la economía o los recursos estratégicos del país”. </p>\n<p>Sorprende la ingenuidad o torpeza del planteo (“la institución más democrática posible”), porque el contenido de cualquier asamblea de ese tipo no depende de su enunciado “soberano” sino de su composición política, que puede ser funcionalmente de derecha. El ejemplo histórico más relevante ha sido la Constituyente de Weimar, en 1919, que puso fin a la revolución proletaria en Alemania. El otro ejemplo fue Rusia, donde una Asamblea Constituyente, en 1917, rechazó el poder de los Soviets. En un cuadro revolucionario, la Constituyente puede operar, como ha ocurrido con frecuencia, como último recurso de defensa del estado burgués. </p>\n<p>Para justificar el planteo Constituyente, el Manifiesto dice que “millones siguen confiando en el sufragio universal como la mejor forma de expresar su voluntad” (otros millones han desconfiado de él, eligiendo la abstención). Pero esos “millones” que confían en el sufragio y han votado por la izquierda, quieren simplemente que ésta gobierne y no que convoque a una nueva elección; que tome medidas contra el capital y que satisfaga las reivindicaciones de los trabajadores. Evitar una acción inmediata hasta que se reúna una Constituyente, sería simplemente contrarrevolucionario, porque en el entretiempo el capital ya habría vaciado las reservas del Banco Central y las tenencias en los bancos privados, los fondos comunes y hasta la Bolsa. El Manifiesto le echa mieles de democracia a los oídos del electorado, para evitar la sospecha de que la izquierda pretenda establecer una dictadura del proletariado. Es el procedimiento utilizado históricamente por los Frentes Populares, caracterizados en el programa de la IV Internacional como un recurso último del imperialismo contra la revolución socialista.</p>\n<p>El Manifiesto hace una lectura reaccionaria de la “confianza en el sufragio universal para expresar su voluntad”. Cuando vota por la izquierda expresa ‘la voluntad’ de que ella pase a la acción en cuanto a imponer las reivindicaciones de las masas – naturalmente contra el capital. Por medio de esa acción, la izquierda gubernamental introduce a esas mismas masas en la lucha de clases y desarrolla la confianza “de millones” en la lucha de clases. Hacer lo contrario es traicionar “la voluntad popular”. Con el cuento de la confianza popular en el voto, el Manifiesto de un partido con etiqueta “socialista” levanta una muralla entre el sufragio universal y la lucha de clases. “Más reaccionario, no se consigue”.</p>\n<p>En un reportaje reciente, al ser interrogada sobre las medidas que adoptaría en relación a las viviendas ociosas, Bregman señaló que “no haremos nada sin consultar democráticamente”. No haremos nada... después de haber recibido los votos para ganar una elección. Myriam Bregman, asesorada por los “focus groups” se puso a la derecha de Zohar Mamdani, un funcionario del partido Demócrata de Estados Unidos. Mamdani ganó la jefatura de Gobierno de Nueva York con el planteo de reducir los alquileres de las llamadas viviendas reglamentadas de propiedad privada, supervisadas por el Estado. La respuesta de Bregman a los periodistas es más derechista de lo que parece, porque tampoco dijo qué salida habitacional propondría en una consulta democrática.</p>\n<p>A diferencia de muchas voces inmaduras o ignorantes que rechazan la idea misma de un gobierno obrero surgido de una compulsa electoral, los marxistas revolucionarios pusieron el acento en lo que debían hacer esos gobiernos. “El programa más elemental”, señaló la III Internacional, es “hacer recaer sobre los ricos la mayor parte (negrita cursiva nuestra) de los impuestos”; establecer “el control obrero de la producción”; y crear “organismos obreros aptos para el combate”. Sin estas medidas, un gobierno de izquierda dispuesto a hacer recaer el costo de la crisis sobre las espaldas de los capitalistas, no duraría un suspiro. El Manifiesto es consciente de que, para asegurar todo el mandato, un gobierno de izquierda debe elegir la dilación y la maniobra. No aclara, para el caso, cómo convocará una Constituyente con un Congreso adverso, ni si la Constituyente funcionará en paralelo al Congreso o se producirá su disolución. Los autores del Manifiesto no han aprendido nada de la Constituyente convocada por Boric y Piñera, en Chile, que convirtió al gobierno de Boric y a la izquierda trasandina en los más impopulares de la historia del país.</p>\n<p>Todo esto lleva a una importante caracterización. Un gobierno de la izquierda que ha redactado el Manifiesto, no sería un gobierno obrero desde ningún ángulo: no representa ni es un canal de la masa del proletariado del país; no tiene el propósito de adoptar ninguna medida anti-capitalista, aunque se declare como tal; explota el sufragio universal contra las masas, no como expresión de una voluntad de cambio que debe concretarse mediante una acción histórica sin precedentes; utiliza a la democracia para oponerla a la lucha de clases. En síntesis, en el caso excepcional de ganar un ballotage establecería un gobierno capitalista de la pequeña burguesía ‘pluralista’ y ‘progresista’. La hipótesis de una victoria electoral aun improbable, ha servido para que el PTS y el FITU se saquen todas las máscaras socialistas y se presenten como son – como la expresión arribista de un sector de la clase media y de la burocracia ‘pseudo combativa’, atornillada a los sindicatos semi-estatizados.</p>\n<h2>Socialismo o redistribucionismo</h2>\n<p>En la única mención del texto, la “sociedad socialista” es definida como “Un sistema donde las decisiones sobre la economía, la política, la cultura sean debatidas y tomadas a nivel colectivo”. El socialismo, en este caso, ya no sería más la expresión del antagonismo histórico irreconciliable entre el capital y la fuerza de trabajo, un régimen históricamente transitorio de dominación de la clase obrera, sino una democracia ateniense sin solución de continuidad con la sociedad capitalista. “Un sistema de decisiones” puede definir un régimen político, pero no la organización social sobre la que reposa. La democracia obrera es inseparable de una revolución socialista. “Que la base decida” es, en abstracto, una versión reaccionaria del anarquismo.</p>\n<p>El Manifiesto elude, por todos los medios, la cuestión de la expropiación del capital. Para el texto, “El problema fundamental es que el poder económico se apropia de la riqueza que generan millones. Necesitamos un nuevo orden económico, político y social”. “Un nuevo orden”; “una nueva clase trabajadora”; novedades obsoletas. ¿Para qué? Para “cortar ese saqueo nacional”. El texto aborda los antagonismos sociales desde el punto de vista de la asignación del ingreso generado bajo el capitalismo (entre “unos pocos” y “millones”), y no de las relaciones sociales que dan lugar a esa apropiación-confiscación. El lenguaje difuso busca disimular la raíz de los conflictos de clase. La clase capitalista es el “poder económico”; los trabajadores, una multitud (“millones”). La apropiación, por parte del capital, de la riqueza social producida por la clase obrera, un “saqueo”, o sea, la violación de un intercambio entre supuestos iguales. Pero la desigualdad es el resultado necesario del lugar que ocupan en la producción social el capital y la clase obrera -uno, ejerciendo el monopolio de los medios de producción; el otro, ofreciendo su capacidad de trabajo. La “injusta apropiación” sólo puede terminar con la supresión de las relaciones sociales vigentes. Esta cuestión -la “expropiación de los capitalistas, por parte de un gobierno de la clase obrera-, es sistemáticamente gambetada por el Manifiesto pro Bregman. Un “nuevo orden social” no es socialismo, ni el socialismo es “un nuevo orden”. El socialismo es una revolución permanente hasta la supresión de todas las formas de antagonismo social, o sea el camino hacia un mundo nuevo.</p>\n<p>El “nuevo orden” del PTS discurre en los términos de una reforma de alcance administrativo: un sistema bancario que debería ser “centralizado”, un comercio exterior que debería ser “estatizado”. En uno de los párrafos donde el Manifiesto alude al capitalismo (pero sin nunca hablar de capitalismo) lo caracteriza como un sistema “irracional”. Es la definición unilateral del reformismo para fundamentar la regulación del mercado. El Manifiesto petesiano postula “una planificación democrática de los recursos nacionales que impulse una reorganización de la producción en función de las necesidades sociales”. Una planificación que antecede a la producción para las necesidades sociales, es una planificación del Estado capitalista que no conduciría nunca a una producción para las necesidades sociales. Una planificación circunscripta a los recursos “nacionales” se encierra en el pantano de la autarquía y del capitalismo “en un solo país”. Para conquistar el voto de millones, el PTS empieza por el embrutecimiento teórico de los electores, o sea, por la alienación de sus intereses históricos.</p>\n<p>El Manifiesto ofrece un recetario de nacionalizaciones (que antes deberían pasar por el filtro del debate colectivo) pero no la expropiación del capital. Se distancia de la Revolución Cubana, que expropió sin pago a toda la gran industria, bajo una dirección pequeño burguesa revolucionaria. El abordaje del Manifiesto es antagónico al que había presentado el Frente de Izquierda en 2013. El Manifiesto de Bregman evoca a las nacionalizaciones peronistas “pero con control obrero”, o sea el resarcimiento del capital, que, en el caso de la nacionalización de los ferrocarriles, teléfonos, etc. vació las reservas del Banco Central. El texto no lo dice, pero reivindica, frente “a la crisis”, las fábricas recuperadas (“sin patrones”), cuyos obreros han solventado el pago de las expropiaciones, carecen de financiación, son obreros y patrones al mismo tiempo y carecen de las contribuciones por salud. Esta forma de ‘socialismo’ constituye una enorme regresión histórica, incluso si alguna de esas recuperadas ha ganado en un mercado especial. Un recurso de lucha contra los despidos en masa ha pasado a ser considerada como una forma superior de organización social. El Manifiesto del FIT, en 2013, en respuesta al apoyo de varios de los propios partidos del FIT a las estatizaciones autoritarias (medios de comunicación) y onerosas del chavismo, decía: “Es necesario distinguir la nacionalización burguesa, que procura el rescate del sistema capitalista y de los empresarios a los cuales se asocian (TBA, Metrovías, Repsol, entre otros), de la nacionalización que efectivamente convierte a la explotación privada en un verdadero servicio estatal público al servicio del pueblo trabajador. En este caso la nacionalización o re-estatización debe ser sin resarcimiento al capital (en realidad, el resarcimiento debe ser del capital al poder público) y operar bajo el control y la gestión de los trabajadores”. Es decir, nacionalización sin pago, o sea, expropiación. En este punto, concluye el Manifiesto de 2013: “Lo que importa en las nacionalizaciones es que sean una transición hacia la gestión de la economía por parte de los trabajadores y, por esta vía, a una planificación del desarrollo nacional. Esta perspectiva plantea el gobierno de los trabajadores y el pueblo explotado”. Es una perspectiva opuesta a la del nacionalismo burgués, donde la estatización es un rescate del capital. Yendo un poco más lejos, digamos que el Programa de Transición de la IV Internacional le dedica a esta cuestión todo un capítulo, el “rechazo de cualquier tipo de indemnización”, porque “prevenimos a las masas contra los demagogos frentepopulistas que, aunque abogan por las nacionalizaciones, son en realidad agentes del capital”. En 2013, la expropiación del capital abría el camino (“transición”) a la planificación nacional; en 2026, el Manifiesto postula una planificación nacional del orden existente para pasar a una producción socialista.</p>\n<p>El Manifiesto no plantea los comités de fábrica, que darían a un gobierno de izquierda un carácter obrero y serían un arma de lucha contra la desestabilización patronal e imperialista. Una de las células, además, de una sociedad en transición. </p>\n<h2>Revolución internacional</h2>\n<p>El Manifiesto no parte de la crisis mundial; apenas arroja algunos pincelazos sobre los conflictos o atropellos imperialistas, sin la menor pretensión de caracterizarlos. Con esa vara, deja la cuestión de la revolución internacional para el final, siguiendo el método del propio texto: “comienza en cada país, se desarrolla a nivel internacional y culmina a nivel mundial”. La revolución internacional, en esta versión, sería el resultado de una epidemia originada en alguna rebelión nacional. Pero la Revolución Permanente, como ley histórica para las naciones atrasadas, se ha convertido, en la “época mundial de guerras y revoluciones”, en el nexo concreto de la revolución internacional en general. Una revolución para “superar la decadencia nacional” (de Argentina), que se confine a una Asamblea Constituyente que discuta un “nuevo orden social”, sería en realidad el estrangulamiento de esa revolución. La internacionalización de la revolución será el producto de la crisis política y humanitaria de la presente guerra mundial, a la que el Manifiesto dedica un señalamiento imperceptible para “los millones de electores que confían en el sufragio universal”, como es el caso de sus divergencias con el MST. El Manifiesto no llama a parar la guerra mundial imperialista mediante la lucha para derrocar a los gobiernos imperialistas de esta guerra. Para el PTS, asistimos a “un guerrerismo” que no tiene la forma de guerra internacional, aunque tampoco llama a prepararse cuando estalle.\nVolviendo a la pregunta inicial, sobre el carácter del “gobierno de izquierda” que propugna el PTS, la respuesta es sencilla: lo que acá tenemos es un planteo de gobierno capitalista de izquierda, bajo el comando de la pequeña burguesía progre-pluralista, que rechaza el lugar histórico irreductible de la clase obrera internacional (norteamericana, mexicana, china, oriente asiática, brasileña, donde se asientan sus principales contingentes).</p>\n<p>El Manifiesto (25 páginas) aparece envuelto en la convicción de que el PTS (y una colectora del FITU) podría ganar el ballotage de 2027. Como diría el fallecido presidente norteamericano Jimmy Carter, si pudo ganar Boric, Pedro Castillo y probablemente Roberto Sánchez, cabezas de fuerzas minúsculas, “¿porque no yo?” (“why not me”?). A Myriam Bregman, algunas encuestas la ponen a la cabeza, en cuanto a “imagen” de políticos. Lo más probable, sin embargo, es que repita un tercer lugar en ascenso y llame a votar al kirchnerismo en un ballotage, aunque la versión de algún frente impulsado por CFK no se ha disipado. Sea como fuere, lo más simple para la promoción de una candidatura con posibilidades de ganar, hubiera sido lanzar cinco o hasta diez reivindicaciones con fuerte llegada en los trabajadores, y no el mamotreto en cuestión. Pero el Manifiesto tiene otra función, que es la de puente ideológico con la llamada “diversidad” que conmueve a la clase media politizada, y romper amarras, de paso, con la inspiración programática del Frente de Izquierda de su fundación. El PTS quiere ponerse al frente de un frente de movimientismos -feminista, ambientalista, indigenista, de género-, una versión posmoderna del frente popular de conciliación de clases. Ningún partido del FITU ha criticado el Manifiesto, obnubilado por un lugar en las bancas parlamentarias en disputa. El frente común para llevar a los obreros de FATE (y de Pirelli) a una derrota sin lucha, no es un accidente de circunstancias – el movimiento movimientista no tiene ningún lugar para la clase obrera como tal.</p>","excerpt":"A la hora de definir cuál sería “el poder de la clase trabajadora y el pueblo pobre”, el Manifiesto que el PTS ha redactado para impulsar la…","timeToRead":10,"frontmatter":{"title":"El Manifiesto del PTS, una oferta de colaboración democrática de la \"nueva clase trabajadora\" con el capital","seccion":"politicas","date":"2026-06-11T00:00:00.000Z","author":["Jorge Altamira","Marcelo Ramal"],"subhead":"Una estrategia de atomización política de la clase obrera. 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