Un año después de la fórmula Fernández-Fernández

Escribe Jorge Altamira

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Algunos diarios recordaron esta semana que se cumplía un año desde que CFK designó a Alberto Fernández como candidato a Presidente, abriendo el camino, según un consenso bastante generalizado, a la victoria electoral del FdeT en el siguiente mes de octubre. A partir de entonces muchos adversarios de la actual Vicepresidenta la entronizaron como una genia política. El recurso a lugares comunes de este tipo ha bloqueado hasta ahora una caracterización adecuada de una de las transiciones políticas más complicadas de la historia de un país que ha atravesado transiciones políticas muy complejas, al menos desde 1912, cuando la ley Sáenz Peña cerró el ciclo de gobiernos conservadores y abrió el camino a la UCR y a Hipólito Yrigoyen. Este señalamiento no debe entenderse como un relegamiento de la transición política posterior al rosismo, que pondrá fin al enfrentamiento entre unitarios y federales, o de la que se desenvolvió entre Mayo de 1810 y la consagración de Rosas. Una característica de las transiciones históricas de Argentina es que inauguran etapas políticas nuevas, aunque dejando la impresión de que siempre parecen volver hacia atrás.

La transición del macrismo al gobierno de los Fernández involucró a numerosos protagonistas y tentativas de diverso orden, incluso antes de que CFK sorprendiera con el anuncio de fin de semana. Ella incluso parecía la menos indicada para jugar un rol especial después de haber sufrido tres derrotas al hilo – 2013, 2015 y 2017. Las movilizaciones de diciembre de 2017, contra la reforma previsional ya estaban anunciando un giro en el proceso político, que se manifestó en el apoyo que ofrecieron diversos sectores de la burocracia sindical. En un tiempo breve fue eyectado Sturzenegger del Banco Central. Desde antes del derrumbe financiero y económico de marzo/abril de 2018, en el macrismo ya se debatía la necesidad de una transición política, sea bajo la forma de una coalición política con el pejotismo no kircherista, y enseguida después cuando se baraja una candidatura de María Eugenia Vidal, la gobernadora bonaerense. La espada de estas maniobras es Rodríguez Larreta, el mismo que hoy co-gobierna con AF – hasta nuevo aviso. La crisis llegó a su ápice un fin de semana de agosto de 2018, cuando se barajaron unas diez variantes de cambios de gabinete en Olivos, transmitido en directo por la televisión. La camarilla de Macri y Peña, el jefe de gabinete, impuso la continuidad de Macri, como representante único e intransferible de los fondos internacionales que manejaban la crisis financiera, en particular Templeton y BlackRock. Templeton había logrado meter a un hombre suyo en la vicepresidencia del Banco Central. Para la burguesía argentina, tomada en su conjunto, este resultado político implicaba una transferencia del poder a los acreedores principales de la deuda de Argentina.

La crisis política del gobierno de Macri, de JpC y del Pro mismo derivó en la formación de una coalición de gobernadores y políticos que se habían apartado del kirchnerismo – los Schiaretti, Urtubey, Pichetto, apoyados por Massa y sus seguidores; la ‘tercera vía’. Durante un tiempo dio la impresión de ser el canal de salida al agotamiento del macrismo sin necesidad de recurrir a una alianza con las huestes K. Más adelante, en marzo de 2019, el lobista financiero Miguel Ángel Broda, mientras confirmaba su apoyo a Macri, declaraba: “La clase empresaria está entusiasmada con Lavagna”. El ex ministro de Néstor Kirchner se había convertido en el fusible de reemplazo cuando se hundió aquella coalición ‘tercerista’. Las razones de ese fracaso se vieron más claros tiempo después cuando Pichetto se convirtió en el candidato a vice de Macri – no había coherencia acerca de cómo sacar a Argentina del desplome económico y del default. La salida que acabó imponiendo CFK fue el resultado del fracaso de una serie concreta de alternativas contradictorias, algo que no se puede sustituir apelando a la popularidad del peronismo, más dividido que nunca, o de CFK – derrotada tres veces en solo cuatro años. Los prejuicios ideológicos se dan de bruces con la realidad histórica concreta.

En 2013 y en 2015 el comodín de la transición política fue Sergio Massa. El llamado Frente Renovador fue el vehículo político que armó la burguesía para poner fin a la experiencia cristinista, en un cuadro de recesión creciente y una imparable crisis de financiamiento. El mismo gobierno de entonces intentó un arreglo de esta crisis, negociando en varias ocasiones con los buitres y con un acuerdo con el Club de París. Macri le robó a Massa el liderazgo de la transición por medio de una gran maniobra, como fue la cooptación de la UCR, algo que Massa había olvidado de hacer. Aun así, la tendencia que expresaba Massa convirtió la derrota de Macri en las primarias, en una victoria en segunda vuelta. En 2019, cuando los Schiaretti-Pichetto fracasaron como alternativa al macrismo, Massa quedó a disposición de CFK siempre y cuando ella hiciera la gran concesión de bajarse de la candidatura a Presidente. Alberto Fernández era en realidad un ‘massista’ vergonzante, que en 2015 había anunciado que votaba en blanco y denunciaba a CFK por el memorándum con Irán.

Uno de los aspectos más destacados de las transiciones son los acuerdos sin principio. Tres kirchneristas de primera hora se vuelven a aliar luego de haber cambiado de alianzas y políticas, para encarar de nuevo el rescate de un régimen quebrado. No hay principios ni estrategias – se avanza y se retrocede por medio de prueba y error. Los seis meses de gobierno de los Fernández han sido pura improvisación. El único pacto concreto entre CFK y AF es poner fin a los juicios de distinto tipo contra la vicepresidenta, su familia y sus amigos. Como el bíblico Esaú, ha vendido el prestigio político que cuenta por un plato de lentejas. Esta es la característica de la coalición que logró evitar el colapso político de un régimen completamente quebrado, no ya en lo financiero, sino en lo social y político.

Las activas operaciones de todos los sectores políticos de la burguesía, incluidos los insignificantes, como sería el caso de Espert, contrasta con el inmovilismo de la izquierda con presencia electoral, que en ningún momento disputó la transición política, sino que buscó, incluso en forma clara y explícita, acomodarse a lo que resulte de la que confabulaban sus enemigos de clase. Ese acomodamiento consistió en procurar un progreso electoral en las condiciones políticas de transición de la coalición que resulte triunfadora. Esta izquierda se negó, con una pasión digna de mejores causas, a plantear la caída de Macri y la convocatoria de una Constituyente Soberana, bajo la premisa de que el pasaje del macrismo a otra alternativa política tradicional era ‘cosa juzgada’. Esta demostración de “realismo” era todo lo contrario, porque se basaba en una caracterización que ignoraba el derrumbe político y las maniobras desesperadas de los políticos patronales para evitar una explosión. En las elecciones previstas, desde las provinciales por etapas hasta la final nacional, este ‘realismo’ quedó desnudado en un contundente retroceso.

El pasaje del macrismo al fernandecismo no agota la transición política, por la simple razón de que no ha resuelto ninguno de los problemas planteados – se han incluso agravados en escala colosal. No hay régimen político propiamente dicho, el centro de gravedad del gobierno cambia con frecuencia, tampoco está en el balcón sino en la trastienda. La economía, de un lado, está en manos del FMI, al cual el gobierno reconoce públicamente como su tutor. Para la prensa, por otro lado, los hilos del oficialismo los maneja la vicepresidenta. Covid-19 mediante, Argentina ha quedado envuelta en un desplome capitalista mundial, del cual el virus es, a lo sumo, un detonante, o el accidente imprevisto. La transición política se conjuga con una transición histórica – en todo el mundo se discute el capitalismo en nombre de la vida, en nombre de la humanidad. El capitalismo ha precipitado otra vez una “crisis de la humanidad”.

Muertes por falta de un sistema de salud, de imposible acceso a los medicamentos y de hacinamiento habitacional. Derrumbe de las economías; tendencia a la hiperinflación y a la deflación, condicionadas mutuamente. Defaults de estados, bancos y compañías. Guerras económicas que se acercan a las militares. Despidos masivos y reducción de salarios. Reducción a la nada del parlamento y sistema de poder ejecutivo, combinado con choques entre poderes ejecutivos y anarquía política. Tendencia a la rebelión popular.

Por un plan de acción en defensa de la salud y la vida de los trabajadores.

Por un gobierno socialista de trabajadores.