Duhalde parió un pronóstico

Escribe Jorge Altamira

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Existe por lo menos una razón para atender a la advertencia de Duhalde acerca de la posibilidad de “un golpe” el año que viene: es el único golpista vivo. El “argentinazo” fue la combinación de un golpe de estado preparado por él y Alfonsín, y un levantamiento popular. En 2001, cuando De la Rúa advirtió que su gobierno estaba jaqueado de mate, ofreció una coalición al peronismo dirigido por Duhalde, posiblemente delegando el poder a un jefe de gabinete peronista. Las paredes del país anunciaron este desenlace en la campaña para las elecciones de octubre de ese año, con afiches que anuciaban la aspiración del peronismo y el radicalismo bonaerense de deshacerse del gobierno de la Alianza – que ya había dejado de ser tal cuando perdió a su vice, el guitarrista político Chacho Álvarez. La revista The Economist, cuyo suplemento Intelligence Unit había advertido, en diciembre de 1975, que Martínez de Hoz era el ministro de Economía designado por la futura Junta Militar, había caracterizado que la candidatura de Duhalde, en las elecciones de 1999, respondía al propósito de poner fin a la convertibilidad. El intento de Rodriguez Saa de conservar el tipo de cambio 1 a 1, para lo cual declaró el default de una deuda que no podía pagar en esas condiciones, llevó a completar el golpe inicial con una segunda asonada, que convirtió a Duhalde en Presidente y dio pasó a la devaluación reclamada por los bancos y por Techint.

Duhalde no reveló nada, esta vez, que induzca a pensar que sabe algo que el resto de los mortales no. Se limitó a decir que Argentina se encuentra en “un desastre” - un juicio que renguea por prudente. Los desequilibrios económicos y sociales de Argentina no admiten una recomposición, sea 'pacífica' o 'gradual', como piensa Martín Guzmán. Lo prueba el hecho de que el dificultoso acuerdo de deuda extranjera con 'el macho man' de BlackRock, ha acentuado, lejos de atenuar, esos desequilibrios. La crisis social es catastrófica, algo que no va a remediar un acuerdo con el FMI. El horizonte internacional no resulta amigable tampoco, ni en economía ni en salud. La disputa China-USA, en Argentina, no va a desaparecer con Biden, sino incluso acentuarse. Si Duhalde, como suponemos, imagina que las dos coaliciones en disputa en la actualidad fracasarán en el intento de un co-gobierno, y por el contrario podrían convertirse en cuatro (o más), con la división de JxC, de un lado, y de FdT, del otro, suena lógico que deduzca que los comicios de 2021 no vayan a tener lugar. Duhalde sabe de esto, porque presidió elecciones con seis competidores y dejó a Argentina con un presidente que obtuvo menos votos que Illia en 1963. Alguien ilustró al ex presidente de que a nivel regional, el destino político de los regímenes en presencia no es mejor; hay una cabronada seria acerca de quién será el presidente del BID. Por nuestra parte, hemos advertido acerca del “tufillo golpista”, antes de que arribara la pandemia. Los “medios hegemónicos” están re-ejercitando el “periodismo de guerra”, que el fallecido Julio Blanck, de la cúpula de Clarín, dejara estampado en Izquierda Diario.

De este lado de la trinchera, llamamos a los trabajadores a prestar atención a lo que ventilan nuestros enemigos de clase. En primer lugar, porque estas pláticas de golpismo son la punta de un témpano de lo que se trama en las fuerzas de seguridad, que en muchos países son el banquillo de suplentes de lo que en el pasado eran las fuerzas armadas, y en todo caso compañeras de entrenamiento. No hay que olvidar tampoco a los directores técnicos de la reacción – los Macri, Bullrich, Sáenz, de un lado, y los Berni, gobernadores e intendentes del otro. El mismo Duhalde intentó salvar al gobierno interino con la masacre de Puente Pueyrredón, acompañado de ilustres demócratas como Aníbal Fernández, un pirómano del ferrocarril Sarmiento y un cómplice institucional del asesinato de nuestro compañero Mariano Ferreyra. O sea, hay que defender las libertades democráticas, lo que sólo puede hacerse por medio de la organización y la lucha. El derrumbe capitalista está castigando sin piedad a los trabajadores; es necesario organizar una respuesta. La pandemia misma y la crisis de salud que ha puesto en evidencia son una expresión mayor de ese derrumbe capitalista.

En Argentina, tenemos una vanguardia establecida en la clase obrera, desde antes de la crisis de 2001, pero especialmente después. Es necesario que esta vanguardia encare una discusión sobre la situación política y las tareas que surgen de ella. Hay activistas que oscilan entre el kirchnerismo o una neutralidad política, de un lado, y la izquierda y el socialismo, del otro; deben participar en esta discusión política. El electoralismo de la izquierda oficial se ha levantado como una pared que bloquea la fusión de la izquierda y la clase obrera. Ese electoralismo acentúa la auto-proclamación y la disputa de aparato. La acumulación de fuerzas de la izquierda debe desarrollarse en la clase obrera y sus luchas, y en despertar la atención de los trabajadores hacia la crisis del capital y las crisis de poder que resultan de ella, para organizar una vanguardia socialista. La acumulación de fuerzas electoral o parlamentaria debe ser un derivado de una lucha obrera estratégica, y debe estar al servicio de ésta.