El cascabel a la pobreza

Escribe Jorge Altamira

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El nivel que ha alcanzado la pobreza y la indigencia en Argentina es el indicador fundamental del completo impasse histórico en que se encuentra la organización capitalista del país. Señalada en raras ocasiones, el aumento de la pobreza representa una tendencia mundial de larga data, que a veces es reconocida como un crecimiento de la desigualdad. La gestión capitalista de la pandemia, o sea el subsidio sin precedentes al capital y el desahuciamiento de la fuerza de trabajo, ha acentuado el flagelo, en primer lugar como consecuencia del incremento superlativo de la desocupación. La necesidad de poner los datos del Indec en este contexto es casi obvio, pues de lo contrario el llamado granero del mundo pasaría a ser una anomalía indescifrable. Apenas consumado el golpe militar de 1955, el fallecido ingeniero Alsogaray dejó establecida una hoja de ruta al capital cuando señaló que no podía haber un desarrollo capitalista sin una tasa elevada de desempleo. Bajo el primer gobierno de Perón, al menos hasta 1952, había ocurrido lo contrario – la tasa de desocupación era negativa, lo que significa que la demanda de fuerza de trabajo debía completarse con horas extras y la admisión de migrantes de países vecinos. La meta señalada por Alsogaray fue alcanzada recién cuarenta años más tarde, significativamente por parte de un gobierno peronista, el de Carlos Menem - una década después de la dictadura genocida. Los Cordobazos y todos los levantamientos posteriores inmediatos, más los Santiageñazos y los Argentinazos y las huelgas generales relativamente frecuentes fueron la expresión de la lucha de la clase obrera contra este diseño de desarrollo capitalista, en la época de la decadencia histórica del capitalismo.

Las justificaciones que ofrecen de la pobreza los funcionarios, periodistas y opositores, coinciden en ignorar el contexto histórico concreto que provoca semejante calamidad social. Responsabilizan por la pobreza a “la inflación”, a la inoperancia “fiscal”, a la exportación de alimentos, a “la restricción externa” – en una palabra, a una u otra ‘variable’. Nunca al capitalismo, y a sus mutaciones temporales y territoriales. Quienes no cometen semejante torpeza son los infectólogos, que estudian las variantes del Covid como mutaciones concretas de un sujeto real, o sea el virus.

Para cualquiera es claro que si los salarios reales decrecen en forma constante y aun más en la masa creciente de trabajadores en negro y monotributistas, la pobreza es una resultante directa. Peor aún es el crecimiento de la miseria social, que es la suma a esa pobreza de la flexibilidad laboral y el hacinamiento habitacional y del transporte. La plenitud de las personas no depende sólo de la canasta de consumos – por sobre todo importa el tiempo libre y las posibilidades de convivencia social, que el capitalismo ha suprimido por completo para masas enormes del pueblo.

La pobreza no se puede superar por medio de “políticas públicas”, ni ha logrado ese propósito nunca. Después de todo, el Tesoro depende del giro comercial, financiero e industrial del capital. Esto lo saben los ‘populistas’ y sus adversarios, pero evitan admitirlo para no poner el dedo acusador donde corresponde. Ahí está para probarlo la supresión del mezquino IFE y el compromiso de los Fernández de que no será restablecido, así el corona venga degollando. El mezquino “impuesto a la riqueza”, por el contrario, ha conquistado su “ahorro 12” – los ricachones podrán pagarlo en cuotas, como ocurre con los evasores fiscales que se acogen a moratorias.

Los ministros Arroyo y Guzmán responsabilizan por la pobreza a la inflación. Lo curioso de esto es que proponen un plan ‘antiinflacionario’ cuya base es el retraso de los salarios y de las jubilaciones. Para poner fin a la inflación causante de la pobreza, plantean un aumento ‘antiinflacionario’ de la pobreza. En cambio, la deuda del Tesoro con los capitalistas se indexa, sea por dólar, inflación o tasas de interés elevadas. Para servir el pago de este endeudamiento habrá que seguir dando con un hacha al salario, y así de seguido. Algunos economistas internacionales advierten que por este camino la sobreproducción mundial provocará crecientes cataclismos. Que el capitalismo se estrangule con su propia soga es la premisa última de todo su desarrollo.

En resumen, para atacar la pobreza es necesario un aumento general de salarios y jubilaciones, cuyo mínimo debe cubrir el costo de la canasta familiar en su integralidad. Una cuestión fundamental es el reparto de las horas de trabajo entre los trabajadores desocupados. A pesar de que caracteriza a la inflación, en Argentina, como “multicausal”, el ministro Guzmán y los Fernández que lo apadrinan, solamente ataca el salario. Argumentan que el aumento de salarios es inflacionario, lo cual en principio no tiene sentido cuando la capacidad de producción ociosa es importante y los recursos para nuevas inversiones están apilados en cuentas del exterior, por cuatrocientos mil millones de dólares. El capital responde con aumento de precios, incluso cuando no hay aumentos salariales, para ampliar su torta en el Ingreso Nacional. Es decir que hay que atacar a fondo al capital. El capital tiene su moneda cuenta internacional, el dólar, y mide su expectativa de rentabilidad de acuerdo a los precios internacionales, que son más altos que en Argentina, como consecuencia de la enorme devaluación que ha sufrido el peso. Esta internacionacionalización de los precios es un resultado natural de la deuda externa: hay que cobrar en moneda dolarizada lo que se debe pagar en dólares. A los Fernández les resulta imposible alcanzar esta conclusión elemental. En definitiva, el conflicto entre la pobreza, de un lado, y la acumulación de capital, del otro, sólo puede resolverse por medio de la lucha. Al final de cuentas, la única ‘responsabilidad social’ que se puede reclamar a una clase explotadora, es que retribuya la alimentación, vivienda, educación y recreación de la clase que explota, para hacer viable su reproducción como clase explotada.

En la cadena de responsabilidades por la pobreza, ocupa un lugar ‘insigne’ la burocracia sindical. La pobreza plantea, como nunca, el desarrollo de una dirección obrera revolucionaria.