Kristalina, el día después

Escribe Jorge Altamira

Cuando se raspa bien el comunicado del FMI, en el fondo del tarro lo único que se encuentra es, por un lado, un ultimátum al gobierno para que no demore el inicio de la negociación de la deuda externa con los llamados bonistas y, por el otro lado, que la alternativa es el default. Los Fernández se habían puesto remolones en iniciar las negociaciones, y buscaban medir la temperatura del agua antes de zambullirse en la pileta.

Los intentos de ‘reperfilar’ el bono bonaerense, por parte de Kicillof, y de canjear con quita el ‘bono dual’, como se animó Guzmán, dejaron la conclusión de que la única quita que admiten los bonistas debe pasar antes por el default. Lo que el Fondo ‘comunicó’ ahora a esos bonistas es que hay en marcha un ajuste cuyas dimensiones no son despreciables. Al día siguiente de lo que se ha calificado como una ‘argentinización’ del FMI, el gobierno ratificó aumentos de tarifas del orden del 40 y 60% para junio, y la derogación de la movilidad salarial y previsional. Habría que saldar impagos de las eléctricas con la distribuidora Cammesa, por $100 mil millones. El impasse es completo. ‘Habemus’ despojo del salario y las jubilaciones para rato.

¿Cómo recibieron el comunicado los acreedores? Desde Nueva York, la corresponsal de Clarín cita al presidente del fondo Greylock Capital, para quien “los acreedores privados están dispuestos a hacer concesiones de la misma manera que el FMI”. Clarito: Kristalina quiere que Argentina pague al Fondo, los fondos también quieren cobrar - “de la misma manera”. Más cerca, en Buenos Aires, los bonistas desertaron de una colocación de títulos Lebad, por un lado, y de una nueva oferta de canje por el bono dual (AF20), por el otro. Se repite el escenario del bono bonaerense y del dual: los fondos no aceptan quitas unilaterales, vienen a imponer sus condiciones. El presidente del Banco Central, Miguel Pesce, se animó a sacar una conclusión: “el default es posible”. El relato de un entendimiento con el FMI se transforma en un paso hacia la cesación de pagos

Mientras el gobierno espera una propuesta canje de deuda de los bonistas, y estos una propuesta de canje del gobierno, Marcelo Bonelli revela, en Clarín, “un pacto secreto”, ni más ni menos. El gobierno y el FMI habrían acordado “hacer anuncios” que produzcan una baja la cotización de los bonos, con el dudoso argumento de que ello fortalecería la posición negociadora de Argentina. A Bonelli, el “secreto” se lo contó un bonista, que se enteró seguramente por medio del propio FMI. Hasta ahora se había hecho circular la versión opuesta, a saber, que una mayor caída de los títulos de deuda haría entrar en el negocio a los fondos buitres – o sea al default y al litigio en Nueva York.

Los Fernández están confundiendo el sainete, un género teatral, con la farsa. Lo cierto es lo siguiente: la deuda la paga el pueblo. “En Washington -de nuevo Clarín- ponderaron el ajustazo que ya aplicó la Casa Rosada en diciembre. Fue mayúsculo: del 2.4% del PBI, incluyendo la rebanada a los jubilados”. Se trata de u$s1.3 mil millones o, en pesos, 90/100 mil millones. ¡Viva la redistribución del ingreso! La dramatización de la deuda externa ‘insostenible’ es una operación publicitaria para golpear a los trabajadores con el pretexto de que enfrentamos una ‘causa nacional’. Cuando la clase obrera perciba la perfidia, más allá del sacrificio del propio ajuste, sonará el escarmiento.

¿Cómo piensan salir de este impasse los Fernández, Kristalina, BlackRock e tutti quanti? La corresponsal de Clarín en Estados Unidos cita a otro ‘CEO’, que se declara dispuesto a aceptar una quita del 50 por ciento. ¿Quiere decir que Argentina pagaría solamente la mitad de los u$s170 mil millones que debe a ‘privados’?

Pasado, presente, futuro

La propuesta no es, precisamente, una quita, sino un alargamiento del plazo de pago de la deuda, y a veces también de los intereses, que afectarían lo que se llama el “valor presente” de esa deuda. Este valor es, sin embargo, una ficción contable, porque al final el deudor deberá pagar la totalidad de su monto, e incluso los intereses que se van sumando al capital. No representa una quita del valor nominal de la deuda. El valor absoluto de la deuda, a su vencimiento, sigue siendo el mismo. Con un agravante para el deudor: que el acreedor se asegura una tasa de interés, la de la deuda de Argentina, que es varias veces superior a la del mercado internacional.

El ‘valor presente’ es una determinación especulativa que depende de variables hipotéticas, como la evaluación del ‘riesgo-país’, o sea la tasa de riesgo que los especuladores adjudican a determinada deuda. También depende del estado del mercado financiero internacional, que se caracteriza, sin embargo, por su inestabilidad y su volatilidad. Con el argumento de que la deuda de Argentina es de “alto riesgo”, el descuento que se hace sobre el valor total es elevado, y reduce su “valor” en las transacciones diarias. A esta reducción de valor contable, porque nadie está obligado a vender, los especuladores la presentan como una quita, sin que haya habido quita. Si, por el contrario, aquella tasa de descuento disminuye, porque sube la ‘confianza’ en el pago de la deuda en cuestión, también se reduce la quita, sube el título y el especulador se queda con una diferencia si compró ese título a un precio anterior más bajo. Como un diferimiento de plazos de pagos de capital e intereses no sería suficiente para sacar a Argentina del default, se necesitaría, además de un alargamiento de plazos de pago, una quita sobre el valor real de la deuda, no una quita ficticia que solamente altere su valor contable “presente”.

Es ilustrativo de la manipulación que se hace con el “valor presente” lo que un bonista le cuenta a la corresponsal de Clarín: “En el caso de Grecia aceptamos una quita del 53.5%”, en referencia al ‘valor presente’ de la deuda, no a una quita nominal. Lo no dice el bonista es que la deuda de Grecia cotiza ahora al 90 por ciento – en medio de la mayor miseria social que haya conocido Grecia desde la última guerra. La tasa de retorno para quien la contabilizó al 46.7%, en su momento, es ahora de más del ciento por ciento. A los principales acreedores de Grecia, la banca de Alemania, se le autorizó a contabilizar la deuda griega a valor nominal, no a “valor presente”, de modo que nunca presentó una pérdida. Para pagar los dividendos a los accionistas con una plata que todavía no había cobrado, recurrió al endeudamiento. La cadena de la felicidad. En la actualidad, la banca alemana, Deustche, Commerzbank y Landesbanken, está en ruinas. No alcanzó el hambre de los griegos para el rescate.

También para Bonelli, en Clarín, “el FMI propone una quita del 30%”, pero enseguida aclara, debajo de ese título, que se trata de un 15% efectivo, sumado a otro 15% de “valor presente”. Una quita del 15% llevaría la deuda de Argentina de 100 a 85, cuando hoy cotiza por debajo de 45 – una ganancia fulminante para quienes la han comprado a ese último precio a lo largo de los doce meses últimos. El comunicado ‘cayetano’ de Kristalina (“la deuda es con el pueblo”) sería un negoción para los fondos internacionales, mientras la deuda real de Argentina sólo bajaría un 15 por ciento – u$s7.500 millones sobre u$s150 mil millones, aunque en el total habría que computar los intereses, o sea que sería menos del 10 por ciento. Una migaja frente a las ganancias que obtuvieron con Lebacs y Leliqs, que convirtieron en dólares y sacaron del país.

La novela de una quita ficticia, basada en la construcción de un ‘valor presente’, demuestra que el comunicado del Fondo no ha cambiado nada y que estamos en el casillero uno de una crisis que se arrastra desde hace dos años. Es claro, entonces, que los Fernández se encaminan al default, con la venia de Kristalina. El ‘shock’ del default permitiría, como en 2002, producir un ajuste de enormes proporciones, que no lograría ninguna negociación de deuda. Hace veinte años, otra directora, Annie Krueger, trabajó para imponer ese default durante nueve meses al hilo.

Gobernabilidad

Todo el cuento armado por el comunicado de la misión técnica de Kristalina apunta a disimular la cuestión de fondo: la crisis de gobernabilidad que han comenzado a transitar los Fernández. No es solamente una crisis de gobierno – es de régimen. En primer lugar, porque el default es de por sí suficiente para desatar una bancarrota política. Los Fernández enfrentan desde ya el desafío de imponer el ajuste en marcha a los trabajadores. También deberán ajustar el orden jurídico a las necesidades del ajuste. No es casual que la Corte no acepte el recurso a la acción colectiva y obligue a cada jubilado a hacer su propia presentación en todas las instancias, y luego volver a litigar cuando Anses demore la ejecución de las sentencias.

Tenemos, asimismo, las crisis fiscales en las provincias y en las intendencias, al punto que en algunos lugares (Chubut) se menciona la emisión de cuasi-monedas. Kristalina, por su lado, todavía tiene que subir al carro de su posición ‘amigable’ a los directores del FMI que responden a Trump – quien, a su vez, no quiere ver, por de pronto, a Evo Morales, un amigo de los Fernández, de senador ni al MAS en la presidencia de Bolivia. Alberto Fernández, que ha demostrado no temer los viajes de larga distancia, no se anima a ir a la asunción de Lacalle Pou, en Montevideo, para no toparse con la presencia ‘tapada’ de Guaidó. La negociación de la deuda externa de Argentina se ha convertido en un ‘affaire’ geopolítico.

Una gran deuda fiscal y de financiamiento nacional e internacional pone en evidencia el agotamiento de la estructura histórico-social de un país – lo que se reafirma por su repetición cada diez años, y una decadencia de un siglo. Esa crisis no se limita a las fronteras nacionales; los bonos del Tesoro de Estados Unidos, nada menos, han visto disminuir su valor de garantía para operaciones financieras.

Un default en Argentina será el principio del fin del FMI. Las referencias de Kristalina a que la institución está considerando nuevos métodos de acción y el uso de instrumentos ‘heterodoxos’, es equivalente al canto del cisne. Admitir la adopción de controles de cambio es un golpe a la globalización y expresión de una tendencia a la disgregación del mercado mundial. Es una admisión de la guerra económica. En resumen, los efectos ‘restauradores’ de la disolución de la Unión Soviética y la integración capitalista de China, sobre el capitalismo mundial, se han agotado.

Larga vida a una época de nuevas revoluciones.