Los rebotes del sol coronaron su final

Escribe Jacyn

Murió el músico y poeta Roberto “Palo” Pandolfo, a los 56 años.

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“Se desvaneció en la calle” reza el parte de prensa que informó la sorpresiva muerte del músico y poeta Roberto “Palo” Pandolfo, este jueves, a los 56 años.

Pandolfo fue el líder y principal compositor de dos de las bandas más influyentes del rock argentino que atravesaron las décadas del 80 y 90, Don Cornelio y la Zona y Los Visitantes, y luego responsable de una prolífica carrera solista.

Habitante del barrio de Flores, este hijo de la Dictadura que durante la secundaria militó en la juventud del Partido Comunista, aún en los albores de la democracia, formó a mediados de los 80 Don Cornelio y la Zona, nombre que reunía al prócer de la Primera Junta con el título de la película del cineasta ruso Andrei Tarkovski. El grupo fue parte de la segunda camada de la eclosión punk y new wave que animó el mítico underground porteño de aquellos años, luego de Virus, Los Violadores, Sumo, Los Encargados y los redonditos de Patricio Rey.

La ola dark que cubrió Buenos Aires entre 1986 y 1988 los depositó a las puertas de su primer contrato discográfico con EMI, a través del sello Berlín Records, en la época que las compañías grandes todavía fichaban bandas del semillero del rock. Su primer álbum, homónimo, fue producido por Andrés Calamaro y les deparó un cierto éxito comercial de la mano de temas como “Ella vendrá”, “Un rosario en el muro” y “Tazas de té chino”. La producción de Calamaro -muy compenetrado con el disco, en el cual además aportó coros y teclados en varios tracks- pulió las aristas más filosas del grupo y le imprimió un sonido más compacto y radiable, que envolviera letras oscuras y, por momentos, incluso perturbadoras, del cantante. Palo se reveló entonces como uno de los mejores poetas de su generación, deudor de Roberto Arlt y Antonin Artaud, aunque alguna vez afirmó que empezó a escribir porque quería cantar. El éxito de su primer disco los llevó a las FM y a telonear a Iggy Pop en la primera de sus muchas visitas al país, en un recordado show en Obras, en 1987.

Lo que siguió en la carrera de Palo y sus compañeros fue, probablemente, el mayor gesto político y artístico de su vida y, asimismo, un suicidio en términos comerciales.

En 1988, la “primavera alfonsinista” había dado paso a un crudo invierno. De la embriaguez en los primeros años de “democracia”, de la bohemia porteña sólo quedaba la resaca. Los levantamientos carapintada y la capitulación de Alfonsín venían a recordar que la Casa Rosada no había cambiado de dueños. El Plan Austral naufragaba y asomaba en el horizonte la hecatombe que sobrevendría en 1989, la híper, los saqueos y el triunfo de Menem.

En ese contexto, Don Cornelio publica “Patria o muerte” (1988), su segundo y definitivo opus. La tapa del disco presentaba una pintura abstracta en negro y amarillo y una bandera argentina del otro lado, pintadas por el artista Nessy Cohen. Nacionalismo punk, misticismo lovecraftiano, el grupo presentaba un puñado de títulos agresivos (“Tarado y negro”, “Patearte hasta la muerte”), bajo los cuales Palo practicaba una poesía sin rimas ni metáforas, cruda, impiadosa, plagada de imágenes complejas, tortuosas y surrealistas. La banda ejecuta una música áspera, ansiosa, poderosa y, por momentos, dramática, como ocurre en la apertura con “Espirales” y en el tema de cierre, “Soy el visitante”. La batería de Claudio Fernández “pega mazas en el cráneo”, como reza el tema, y se complementa con el melódico bajo de Federico Ghazarossian -un poco al estilo de Peter Hook, de Joy Division y New Order. Las guitarras de Alejandro Varela y Palo se despliegan, abrasivas, rockeras, sobre esa base firme. La sección de vientos parece sostenida de un alambre, a punto de caerse de la nota; más que los ´brasses´ de una alegre comparsa, transmiten la sensación de haberse recién levantado del cementerio para acompañar a esa usina herrumbrosa que es el grupo. Y en el centro de la oscuridad, la voz de Palo brota de un agujero negro como la noche misma, combinando canto, grito y recitado. El disco produjo reacciones de rechazo, incluso en el mundillo punk, y sólo fue acogido, en ese momento, por un puñado de conversos.

La crisis económica, las nulas ventas del álbum y la cancelación de su contrato discográfico se engulleron al grupo tras algunas presentaciones. Con el correr de los años, sin embargo, ese disco intransigente e incomprendido -o inoportuno- que fue “Patria o muerte” se convertiría en una obra emblemática e influyente hasta el día de hoy.

La disolución de la banda llevó al artista a sobrevivir de la venta ambulante, luego de haber acariciado el éxito comercial. Desde el llano, formó un nuevo proyecto, Los Visitantes, junto al ex bajista de Don Cornelio y al baterista Jorge Albornoz. Si hubiera que definirla de alguna manera, podría decirse que el trío cultivó una música urbana -antes de que los reguetoneros se apropiaran del término- que alternó rock, hardcore y rockabilly con tango, vals y folklore, sin caer en el híbrido, muy en boga en los años 90. De a poco, de boca en boca al principio, en base a presentaciones de una intensidad inédita, con un Palo magnetizado al frente, la banda fue remontando la cuesta hasta alcanzar nuevamente cierta popularidad con canciones como “Estaré”.

En esa época la poesía y la música de Pandolfo -si bien nunca perdió el hilo que lo unía con el rock- comenzaron a evolucionar hacia composiciones más luminosas y de impronta popular, una transición que quedaría plasmada sobre todo en el acústico “Ritual criollo”. Tras la disolución de Los Visitantes, a partir de 2001 lo acompañaron diferentes músicos hasta volver a reencontrarse con el formato de una banda estable al cabo de diez años de carrera solista, que bautizó Palo y La Hermandad. Con ellos grabó sus últimos discos, los recomendables “Esto es un abrazo” y “La transformación”. El Argentinazo lo inspiró en varias de las canciones (“La revoluta”, “Argentina 2002”) incluidas en “Intuición” (2002), grabado junto a La Fuerza Suave. En el interín, no ocultó su simpatía por los gobiernos K y, asimismo, participó de “Cuerpo”, el disco-homenaje dedicado a nuestro compañero Mariano Ferreyra. Su último lanzamiento fue una colaboración con Santiago Mororizado, una canción pop llamada “Tu amor”.

Alguna vez, en un reportaje, un joven Pandolfo expresó, sin arrogancia, su deseo de concebir una obra “que trascendiera”. Probablemente nadie diera dos mangos por ese chico dark, medio psicobolche, todavía envuelto en los excesos y la nocturnidad nihilista del under de aquella época, pero finalmente hizo mucho más que eso. Casi sin proponérselo, este cantor le imprimió al rock local una nueva forma de abordar el sonido y la poesía de su ciudad.

Varias generaciones lamentan la partida de este artista que, un día soleado de invierno, se desvaneció en la calle como si no hubiera sido de este mundo.