Coronavirus, la verdadera "pandemia"

Escribe Marcelo Ramal

En cuestión de horas, la cuestión del coronavirus ha superado todos los anuncios pretendidamente “tranquilizadores”, para poner de manifiesto un desastre sanitario, social y económico de alcance mundial. La Organización Mundial de la Salud (OMS) convoca ahora a prepararse para una pandemia, esto es, la propagación del virus de un modo perdurable e internacionalmente extendido. En China, ya se han producido más de 2.500 muertes, mientras que se registran 80.000 casos en el mundo. El virus ya se ha alojado en Italia y, por lo tanto, en Europa, mientras que los casos y la alarma se extiende a Irán y Corea del Sur, entre otros 37 países.

La tesis de la baja tasa de mortalidad del virus -del 3 al 4% en China- , que alimentaba los mensajes apaciguadores de las primeras semanas, comienza a mostrar sus falacias. Ocurre que el bajo porcentual de muertes debe contraponerse con la muy fácil propagación, debido a que el contagio tiene lugar antes incluso que las personas evidencien síntoma alguno. A término, esta difusión fulminante debe llevar a un aumento absoluto de personas muertas. Al mismo tiempo, la velocidad de contagio desborda las medidas de atención que apuntan a morigerar la enfermedad, lo que conduce a un mayor número de casos fatales.

La paralización económica que acompaña a la epidemia en China -y las medidas similares que comienzan a tomarse en otros países- han desatado un derrumbe de las bolsas mundiales, que se extiende hasta infectar a los títulos de la deuda pública norteamericana. El valor bursátil de las sociedades que cotizan en las bolsas europeas sufrió una pérdida de 400.000 millones de dólares en los últimos días. Lo mismo ocurre con los precios del comercio internacional, comenzando por el petróleo. Los especuladores descuentan un agravamiento de la catástrofe y de sus consecuencias. Pero el pulgar hacia abajo es, en este caso, un veredicto respecto de todo un régimen social.

El virus está adentro

Un artículo publicado por el New York Times días atrás, con la firma del Dr. Michael Osterholm, infectólogo de la Universidad de Minessota, pone de manifiesto los límites de las medidas adoptadas hasta hoy. Por empezar, caracteriza a los bloqueos y cuarentenas como “tácticas dilatorias” de la propagación de la enfermedad. La dilación, señala, puede ser valiosa, a condición de que exista “un sólido sistema de salud”. Pero en su valoración, la propagación del virus terminará desbordando “rápidamente todos los recursos, tanto en China como en Estados Unidos”. La explicación del autor no admite ambigüedades: estamos “en un mundo mal preparado para enfermedades potencialmente mortales y de fácil transmisión”. Y señala luego que la primera ausencia de preparación se relaciona con el mundo del trabajo: “la prioridad número uno de todos los países debería ser proteger a sus trabajadores de la salud”. En el corazón de la epidemia, en la provincia china de Hubei, se han registrado 1.500 casos de médicos infectados.

Los autores recomiendan el desarrollo de “instalaciones ad hoc de emergencia” -carpas en grandes playas de estacionamiento- ante el evidente desborde de los hospitales públicos. En efecto: los dispositivos de emergencia que se han adoptado en diferentes países están centrados en los hospitales estatales. Pero tropiezan con los límites crecientes de este tipo de atención, en el marco de un progreso general de la privatización de la salud. Un reciente informe de la OMS señala que “en los países de ingresos bajos y medianos, los nuevos datos sugieren que más de la mitad del gasto sanitario se dedica a la atención primaria de la salud. Sin embargo, menos del 40% de todo el gasto… proviene de los gobiernos”.

El Dr. Osterholm añade luego que los implementos sanitarios de protección –barbijos y otros- se están “agotando rápidamente” en los hospitales norteamericanos, lo que coloca a enfermeras y médicos en la desprotección. Recomiendan entonces que “las cadenas de fabricación y distribución de medicamentos y otros productos vitales, como agujas y jeringas, no deben interrumpirse y, dada la naturaleza global de esa industria, para eso es necesaria la cooperación internacional”. Sugieren, en definitiva, una gigantesca articulación mundial que, claramente, es antagónica con el lucro privado y la competencia entre monopolios capitalistas. “Los países no deberían ser aislados”, señala el autor, y alude, sin mencionarlo, a los choques relacionados con la guerra comercial y la crisis mundial.

En su paneo sobre este desastre “sanitario”, el especialista termina abordando un punto neurálgico: anticipa una crisis “farmacológica”, relacionada con la posible escasez mundial de medicamentos genéricos, que tiene como principal productor a la paralizada industria china. Tanto para superar esa penuria, como para producir los medicamentos necesarios para enfrentar el coronavirus, la sociedad choca con las barreras impuestas por las patentes farmacéuticas, el derecho de propiedad sobre un conocimiento que, sin embargo, suele originarse en universidades y centros de investigación de carácter público.

El revelador diagnóstico de Osterholm conduce a una conclusión de fondo: un abordaje integral de la pandemia del coronavirus colisiona con el orden social existente. Al socializar la producción e integrar en conjuntos gigantescos y multitudinarios a la humanidad, el capitalismo ha facilitado las condiciones para una recreación y multiplicación de las dolencias virales o contagiosas. Pero la lucha por el beneficio privado, a escala planetaria, es un bloqueo definitivo para la resolución de esos males. Incluso cuando el trabajo humano -en la cabeza de científicos e investigadores- ha creado los principios activos para su tratamiento.

El desastre del coronavirus nos exige un programa, que debemos “propagar” y debatir, con los trabajadores de la salud de todo el mundo:

-Protección integral sanitaria –con implementos y medidas de prevención adecuadas, para médicos, enfermeras y demás trabajadores. Control obrero de las condiciones sanitarias, en hospitales y todo lugar de trabajo.

-Expropiación de predios vacantes para la instalación de predios sanitarios de emergencia.

-Nacionalización de la industria farmaceútica y abolición del régimen de patentes, para asegurar la provisión de medicamentos al conjunto de los afectados.

-Gobierno de trabajadores, para planificar y coordinar una acción sanitaria que exige la solidaridad universal, no la rapiña capitalista.