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Para la Cancillería de Brasil, “Milei es un capanga de Trump”, según informa la prensa del país vecino. La caracterización es harto justificada. Pero el dueño del chancho, Trump, quiere tomar por asalto a Brasil por medio de una injerencia militar contra el pretexto del “terrorismo”, o sea una usurpación de la soberanía estatal de Brasil, así como por medio de una guerra comercial y sanciones financieras, y la intromisión en el proceso electoral del país vecino y el apoyo sin restricciones a la ultraderecha y al fascismo brasileño. El gobierno brasileño se ha visto obligado a negar la visa a tres funcionarios de Washington, que se habían arrogado la tarea de ‘supervisar’ a los organismos electorales de Brasil. Itamaraty, por otro lado, entiende que Lula es “un peso pesado de la política mundial”, que no debe cruzarse con “un peso pluma”. Pero si lo que importa, por cierto, no es el chancho sino quien le da de comer, el patrón de la estancia, Donald Trump, está empeñado en restablecer la hegemonía internacional del imperialismo norteamericano por medio de la guerra – y en especial en su patio trasero. No caben, entonces, rehuir una confrontación sino desarrollarla en forma consecuente y apuntar a la cabeza mediante la movilización de masas.
Los sarcasmos de la diplomacia brasileña no constituyen una respuesta política a lo que es una ofensiva continental del imperialismo. Milei tiene agendado hacerse presente en la ceremonia de traspaso del mando presidencial a Keiko Fujimori, en Perú, y al de Adalberto Espriella, en Colombia, junto a toda la tropa fascista latinoamericana. Las reacciones diplomáticas de las cancillerías no alcanzan para derrotar esta ofensiva. Lula rehúsa apoyarse en una movilización popular debido a sus propios lazos con la burguesía local, que puebla el gabinete del Planalto. Esa movilización sólo partirá de una iniciativa independiente; el colombiano Gustavo Petro pagó caro su inmovilismo en cuanto a un llamado a la intervención de las masas.
Que Milei sea un capanga de Trump tiene otra implicancia, a saber, que Argentina ha caído al status de un protectorado de hecho. La coalición libertaria, compuesta por las fracciones internas de LLA, el PRO y numerosos gobernadores, no ha denunciado la provocación fascista de su candidato a la reelección. Tampoco ha habido un pronunciamiento ni tentativa de pronunciamiento en el Congreso; la agenda se establece en la Comisión de Labor Parlamentaria, que integran todos los partidos. Aunque no celebren los disparates del loco de atar, nadie tiene la intención de ponerle un chaleco de fuerza. El ‘flamante’ Jefe de Gabinete, Diego Santilli, aplaudió los insultos de Milei a Lula y a los miembros de la Suprema Corte de Brasil. El gobierno de Argentina se reduce a una banda de ‘hooligans’.
Pero la histeria fascista de Milei, sobre todo, se encuentra motivada por la necesidad de que el Tesoro norteamericano salga, por tercera o cuarta vez, al rescate de las finanzas libertarias. Para el FMI, sólo una devaluación del peso (a 1.800 por dólar, según el nuevo portavoz oficial) permitiría recaudar los dólares y los pesos para cubrir los vencimientos de deuda hasta finales de 2027. El FMI quiere divisas del saldo comercial para esos pagos y frenar la caída de la recaudación para conseguir los pesos; Luis Caputo quiere, por el contrario, que la cuenta la paguen mayores préstamos del FMI, el BID y el Banco Mundial, muy expuestos a la deuda pública de Argentina. El Tesoro de Argentina depende de socorros o swaps del Tesoro norteamericano y del Banco Central de China. Mientras que la línea de crédito de China financia el comercio de ese país con Argentina, los swaps del Tesoro norteamericano sólo sirven para financiar una salida de capitales.
El capanga argentino teme haber perdido el respaldo del Norte y tener que devaluar. Así como Donald Trump no consigue imponer sus exigencias en las guerras criminales en las que ha empeñado a Estados Unidos, Milei está llevando a Argentina a una bancarrota industrial y financiera, cuando comienza su cuarto año de gobierno.
