La convocatoria de los partidos “woke” cierra con la “marcha de la bronca”

Escribe Rita Marchesini

Una interesada maniobra política.

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El momento final de un acto, incluyendo las consignas y hasta su música, no es un detalle menor. Delata al contenido que preside su convocatoria y los horizontes políticos de sus organizadores.

La marcha y el acto de los partidos del FITU terminó de un modo singular. Desde el palco, donde se leía la “Bronca” sobre letras verdes y fondo blanco, se entonó masivamente “La Marcha de la Bronca”, el himno de la rebeldía juvenil (temprana) y el hippismo, ya en su fase declinante, de fines de los años 60.

La “Marcha” de Miguel Cantilo denuncia la represión del onganiato sobre la cultura y los jóvenes de entonces –“quieren que me corte el pelo sin razón”. Expresa un malestar confuso y despolitizado –“roba el asaltante, pero también roba el comerciante”. Repudia, finalmente, a un mundo “dividido en dos”, aludiendo a los Estados Unidos y al bloque soviético de entonces, y termina reivindicando a “una bronca sin fusiles y sin bombas”, es decir, al pacifismo. Los años 70 enterraron velozmente a aquella “Marcha” de la Bronca”: los que la cantaban a los catorce años dejaron de hacerlo a los dieciséis, y se aferraron a Víctor Jara, Violeta Parra, Viglietti, Zitarrosa o Chico Buarque. Los pelilargos se olvidaron de las señas exteriores y abrazaron la militancia política. Una minoría refugió su malestar en el hippismo tardío e hizo sus petates.

A despecho de esta historia, el acto convocado por cuatro partidos que invocan a la izquierda y al socialismo terminó con esta invocación anacrónica y olvidada, que confunde la lucha de clases con la guerra fría y a la explotación social con las picardías del comercio minorista. En una época histórica de derrumbes financieros, colapsos sociales y guerras imperialistas de exterminio, la izquierda del FITU culminó cantando su bronca por “cortarme el pelo sin razón”(sic) -con un presidente fascista “peluca’.

Lo notable de esta transmutación es que los dirigentes y partidos que la protagonizaron solían cerrar sus actos entonando, aunque no fuera más que un ritual, “La Internacional”, el himno mundial de los trabajadores. Esta vez, metieron ese violín el bolsa en una acción que no tuvo nada de casual o de espontánea. La excusa de que la masa de asistentes “no conoce a la Internacional” es infundada en este caso, porque la abrumadora mayoría de los asistentes a la “Bronca” eran militantes o ex militantes de partidos de izquierda que la han cantado infinidad de veces. De todos modos, y cuando un trabajador concurre por primera vez a un acto de la izquierda y el socialismo, es una larga tradición imprimir las cuartillas del himno de la clase obrera, para repartirlo en el público y difundir de ese modo su contenido. Pero la marcha de la bronca fue organizada para lo contrario – para exaltar el nacionalismo y la ‘cultura woke’. Si es prematuro cantar la Internacional, que no se cante lo opuesto. ¿O no se atrevieron a cantar el himno nacional, como lo hacen Messi, Enzo Fernádez y los jugadores que exhibieron los carteles en Mundial?

Los organizadores han decidido “enseñarle” al público un himno mucho menos conocido para la gran mayoría de ellos, es decir, para todos los menores de 50 o 60 años. Se tomaron el trabajo de hacer pedagogía para difundir una rebeldía sin programa ni propósito socialistas. La antigua “Marcha de la Bronca” fue la forma que encontraron para arrimar a su política actual, que es la disolución en el identitarismo, la neutralidad frente a la guerra imperialista (cuando no el apoyo al campo de la OTAN), el seguidismo a la burocracia en los sindicatos y al pejotakirchnerismo en el Congreso. En todo esto, sin embargo, no hay nada nuevo, sino una irremediable vetustez política. Los organizadores de la “Bronca” son como los adultos mayores que envuelven su apariencia con ropas o modales adolescentes para ocultar su edad. “Volver a los diecisiete” (o más bien a los catorce) no significa abrir un rumbo nuevo; es sólo la manifestación de una gigantesca regresión histórica y política. En el caso de los grupos morenistas, no han hecho más que abrevar en sus fuentes (el oportunismo sin escrúpulos). En el caso de los restos del PO oficial, es la confesión de una deriva imparable hacia la descomposición.

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