Elecciones en Brasil: un episodio político de alcance internacional

Escribe Jorge Altamira

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El domingo próximo tendrán lugar las elecciones generales en Brasil. No tienen un carácter doméstico sino un alcance internacional. Son un episodio político dentro de una guerra imperialista que se libra en el terreno económico, geopolítico y militar. La ultraderecha de Brasil pretende retornar al gobierno, con el apoyo de la ultraderecha extranjera, luego de haber intentado desconocer las elecciones de 2022 por medio de una tentativa de golpe de estado, con el apoyo de altos militares en retiro y oficiales de rango inferior en actividad. La clase obrera de Brasil no tendrá una presencia de política independiente; será arrastrada a las opciones en disputa. El PT, en cuanto tal, es una fuerza en extinción, que gobierna coaligada a la fracción de la derecha liberal de la burguesía, con el apoyo de la izquierda de colaboración de clases, en el Congreso y en los sindicatos, y en las universidades y colegios. Luego de extorsionar al gobierno, involucrado en la corrupción del Tribunal Superior de Justicia, los dos principales diarios de la patronal de São Paulo-Río de Janeiro, Folha y O Globo, han anunciado su apoyo a Lula. Lo mismo ha hecho la cúpula de la Iglesia católica.

Desafiado por una estrecha diferencia electoral con su rival, Flavio Bolsonaro, Lula ha anunciado medidas de impacto social y financiero en la semana final de los comicios. La interdicción de las apuestas ‘on-line’ es una de ellas. Se trata de un negocio financiero extraordinario, que es responsable de un importante endeudamiento de una parte de la población carente de recursos. De acuerdo a una mayoría encuestas y al cálculo del mismo gobierno, su impacto electoral sería favorable para el gobierno; los corresponsales del Financial Times han opinado lo contrario. El juego de apuestas de la población vulnerable es una expresión del crecimiento de la miseria social. La política de ‘redistribución de ingresos’ ha fracasado. Las “políticas públicas” son impotentes para modificar la distribución del valor agregado que tiene lugar en el proceso de la producción. Cada mercancía sale de ahí con etiqueta indeleble que anuncia la amortización del capital, el pago de la fuerza de trabajo y la ganancia empresaria. El mercado luego valida ese resultado a través de las oscilaciones de la oferta y la demanda. Las centrales empresarias brasileñas reclaman un duro plan de ajuste para bajar el déficit fiscal del 8% del PBI – de ningún modo un aumento del gasto social.

La otra medida está relacionada con la elevada deuda personal que se encuentra impaga o en mora. Representa unos 300 mil millones de reales, que equivalen a 60 mil millones de dólares. El gobierno ha anunciado una subasta o licitación de los créditos correspondientes, para comprar la mitad esa cartera de los bancos, unos 150 mil millones de reales, con un descuento del 90 al 95% del valor, y reducir en una proporción igual las deudas de contrapartida, por medio de cuotas. Es un arreglo que los bancos ya han venido haciendo con los impagos más prolongados. El arreglo le permitiría llegar a acuerdos privados con los deudores en mora por la otra mitad. Las elevadas tasas de interés que guían la política monetaria del Banco Central de Brasil desde hace décadas ya han resarcido a los bancos por esos préstamos que se ha convertido en incobrables. El sistema bancario, por otra parte, tiene su filón de negocios en la inversión en la deuda del Tesoro brasileño y en la financiación del comercio exterior.

En la reciente Asamblea de las Naciones Unidas, Lula dio su versión del contenido internacional de las elecciones brasileñas. Dijo que Brasil no será el patio trasero de nadie, ni tiene necesidad de portaviones extranjeros en sus costas, en referencia a la doctrina Donroe, el Escudo de las Américas y las reiteradas amenazas de Trump. Denunció el genocidio en Palestina. Reiteró un planteo de acuerdo para cesar la guerra en Ucrania, que presentó hace dos años con China. Hecha esa delimitación diplomática, convocó a la ONU a restablecer un arbitraje mundial que nunca tuvo y que hoy está superado, y a reformar el Consejo de Seguridad para incorporar al “Sur Global”.

Donald Trump ha emprendido una guerra política para favorecer una victoria de Bolsonaro. Ha iniciado una guerra tarifaria de la que ha excluido al café y a los aviones de Embraer. La cuestión central es la pretensión de colocar un cordón sanitario político y militar a China, al cual no podría desalojar de su condición de principal inversor en América Latina y supremo en Brasil. Las automotrices de China, agobiadas por la competencia en su propio país, están construyendo fábricas de Vehículos Eléctricos en asociación con los monopolios norteamericanos y europeos como Ford y Stellatlantis, y evadir los impuestos a la importación desde China. El propósito estratégico del imperialismo norteamericano es desbaratar los intentos de des-dolarizar la economía internacional y mantener la supremacía financiera de la economía mundial.

Trump ha intentado en vano contrarrestar el alcance del sistema de pagos instantáneo, Pix, bajo control del Banco Central, que ha procesado transacciones por el equivalente a siete billones de dólares el año pasado, a un costo mínimo, quebrando la primacía de Visa y Mastercard. Denunció un abuso de mercado por parte del Estado, una queja que fue rechazada en sede judicial. En cuanto al servicio de transacciones con el exterior, tanto Brasil como la India, que tiene un sistema similar, procuran acuerdos con otros mercados. La posibilidad de arribar a un acuerdo con el Banco Central Europeo, como ha señalado el Financial Times, introduciría en la disputa internacional por la penetración financiera en América Latina al euro y a la Unión Europea, más allá de los Brics, como Brasil, China y Rusia. Brasil se encuentra en retroceso industrial relativo, con escasa integración a las cadenas de valor internacionales. La decisión de Lula de autorizar a Petrobras a explotar en el Amazonas es un crimen ambiental que se explica por esta relativa re-primarización de la economía.

El vigor discursivo de la reacción de Lula contra la ofensiva política de Trump se distingue de los hechos. El presidente de Brasil ha apoyado el planteo de Santiago Peña, de Paraguay, socio de Taiwan, de re-introducir a Venezuela en el Mercosur, bajo el régimen trumpista del chavismo residual. Itamaraty, la cancillería de Brasil, plantea distinguir a Trump, un “dialogista” que se ha reunido con Lula en la Casa Blanca, de Marco Rubio, un ‘gusano’ que presiona a favor de un asalto militar a Cuba. En la guerra política contra la ofensiva de Trump, Lula nunca ha llamado a una movilización política a los trabajadores. Es su propio cordón sanitario. Un cuarto gobierno de Lula, de coalición, será de mayor ‘ajuste’. El involucramiento del Superior Tribunal de Justicia con el banquero Vacaro, condenado por estafa, ha dejado ver a las terminales de los dos bloques políticos en disputa.

El resultado más positivo de una derrota de Bolsonaro sería el golpe que asestaría al desestabilizado gobierno de Milei, abusado discursivamente por los jefes financieros que denunciaron su mitomanía multidireccional en las recientes reuniones en Nueva York. Trump, en cuanto a él, ya ha descontado ese resultado para las elecciones de noviembre en Estados Unidos. Político golpista, ya ha asumido que gobernará por decreto, con el apoyo del Ejército, cuyo alto mando ha sido copado, mediante purgas, por el ministro de Defensa, Pete Hegshet. La OTAN trabaja 24x7 para reforzar la guerra contra Rusia y contra Irán. En Europa, los gobiernos existentes sufrirán el destino del alemán Merz, en tiempos y con características propias. La creación de situaciones pre-revolucionarias, de un lado, y contrarrevolucionarias, del otro, se pondrán a la orden día. Hay que preparar políticamente la intervención histórica independiente de la clase obrera.

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