Escribe Sara Vera
A 16 años de su asesinato: memoria, lucha y compromiso.
Tiempo de lectura: 5 minutos
Buenos Aires, 20 de octubre de 2026
Hoy se cumplen dieciséis años del asesinato de Mariano Ferreyra, y siento que recordarlo es mucho más que mirar hacia el pasado. Es volver a preguntarnos qué país estamos construyendo, qué derechos estamos dispuestos a defender y qué lugar ocupan los trabajadores, los estudiantes y los sectores más vulnerables en nuestra sociedad.
El 20 de octubre de 2010, Mariano, con apenas 23 años, militante del Partido Obrero y estudiante de la UBA, fue asesinado en Barracas mientras acompañaba a los trabajadores tercerizados del ferrocarril Roca, que reclamaban su pase a planta permanente. Reclamaban algo tan básico como justo: igualdad de condiciones laborales, estabilidad y el derecho a trabajar con dignidad.
Aquel día, una patota vinculada a la Unión Ferroviaria atacó a los manifestantes. La Justicia condenó a José Ángel Pedraza y Juan Carlos Fernández por su responsabilidad en el crimen, y a Cristian Favale y Gabriel Sánchez como autores materiales de los disparos que terminaron con la vida de Mariano. También fueron condenados integrantes de la patota y efectivos policiales por su participación en los hechos. No podemos olvidar que detrás de aquel asesinato hubo intereses, responsabilidades y una violencia dirigida contra quienes luchaban por sus derechos.
La muerte de Mariano quedó como símbolo de lo que sucede cuando se pretende disciplinar a los trabajadores, frenar la organización independiente y defender privilegios a costa de la vida de quienes se atreven a luchar. Su historia nos dejó una herida profunda, pero también una responsabilidad: no permitir que el olvido se convierta en impunidad.
Y hoy, dieciséis años después, en una Argentina gobernada por Javier Milei, siento que su legado cobra una importancia especial.
Estamos atravesando una realidad difícil para millones de argentinos. Mientras desde el Gobierno se habla de equilibrio fiscal, libertad económica y recuperación, muchas familias siguen haciendo malabares para llegar a fin de mes. Los salarios no alcanzan, los gastos de alquiler, los alimentos, los servicios y los medicamentos pesan cada vez más sobre los bolsillos, y la incertidumbre golpea a quienes viven de su trabajo. La inflación continúa afectando la vida cotidiana y la actividad económica muestra dificultades en sectores fundamentales, como la industria y la construcción.
Porque la economía no puede medirse solamente con números, gráficos o anuncios oficiales. También debe medirse en la mesa de cada familia, en el sueldo que se termina antes de fin de mes, en el trabajador que pierde su empleo, en el jubilado que tiene que elegir qué medicamento comprar y en el joven que no sabe si va a poder construir un futuro en su propio país.
¿De qué sirve hablar de crecimiento si ese crecimiento no se traduce en una vida más digna para la mayoría de la población?
La educación pública es otro de los temas que no podemos dejar afuera. Las universidades nacionales atraviesan un conflicto profundo por su financiamiento, los salarios docentes y las condiciones necesarias para garantizar su funcionamiento. En octubre de este año, miles de estudiantes, docentes y trabajadores volvieron a movilizarse en defensa de la universidad pública y de su futuro.
Me pregunto qué habría pensado Mariano al ver a tantos jóvenes salir a la calle para defender el derecho a estudiar. Porque la educación no debe ser un privilegio reservado para quienes pueden pagarla. Debe ser una herramienta de igualdad, de formación y de transformación social.
Defender la universidad pública es defender a los hijos de los trabajadores, a quienes estudian mientras trabajan, a quienes viajan horas para llegar a una facultad y a quienes ven en la educación la posibilidad de cambiar su realidad. No podemos hablar de libertad si cada vez resulta más difícil acceder a las herramientas necesarias para construir un futuro.
También me preocupa profundamente la situación de la salud pública. Los hospitales necesitan recursos, los profesionales merecen salarios dignos y los pacientes tienen derecho a recibir atención sin que su situación económica determine si pueden tratarse o no. Las dificultades de financiamiento que atraviesan hospitales universitarios y las restricciones en programas de acceso a medicamentos esenciales ponen sobre la mesa una discusión fundamental: la salud debe ser un derecho garantizado, no un lujo para quienes pueden pagarla.
No podemos naturalizar que una persona postergue una consulta médica porque no tiene dinero, que una familia no pueda comprar los medicamentos que necesita o que los trabajadores de la salud deban sostener sus tareas en condiciones cada vez más difíciles.
La educación y la salud no son gastos que deban recortarse sin consecuencias. Son pilares de cualquier sociedad que aspire a ser justa. Detrás de cada presupuesto hay personas, familias, estudiantes, docentes, médicos, enfermeros y trabajadores que sostienen todos los días instituciones indispensables para nuestro pueblo.
Y cuando hablamos de trabajo, la historia de Mariano vuelve a interpelarnos. La precarización laboral, la inestabilidad, los salarios insuficientes y la pérdida de derechos siguen siendo preocupaciones centrales para quienes dependen de su trabajo para vivir. En este contexto, las políticas de ajuste y las reformas impulsadas por el Gobierno nacional abren una discusión sobre el modelo de país que queremos y sobre quiénes terminan pagando sus costos.
No creo que defender los derechos de los trabajadores signifique negarse a discutir los problemas económicos del país. Significa, precisamente, preguntarnos quién paga las consecuencias de cada decisión y si el esfuerzo se distribuye de manera justa. No puede recaer siempre sobre los mismos: los trabajadores, los jubilados, los estudiantes y quienes necesitan del Estado para acceder a la salud, la educación y una vida digna.
Por eso, recordar a Mariano no es solamente recordar a un joven que perdió la vida hace dieciséis años. Es también defender el derecho a organizarse, a reclamar, a estudiar, a trabajar y a vivir con dignidad. Es rechazar la violencia contra quienes piensan distinto y contra quienes se movilizan para defender sus derechos.
Yo no quiero una Argentina en la que haya que resignarse a vivir peor, en la que estudiar sea cada vez más difícil, en la que enfermarse se convierta en una preocupación económica o en la que reclamar por un salario digno implique exponerse a la violencia.
Quiero una Argentina en la que el trabajo tenga valor, la educación pública sea una oportunidad real, la salud esté al alcance de todos y ningún joven tenga que renunciar a sus sueños por falta de recursos. Una Argentina en la que las diferencias políticas no se resuelvan con violencia y en la que ningún interés económico, sindical o político esté por encima de la vida humana.
A dieciséis años de su asesinato, Mariano sigue presente en cada trabajador que se organiza, en cada estudiante que defiende su universidad, en cada profesional de la salud que sostiene la atención pública y en cada persona que se niega a aceptar la injusticia como algo inevitable.
Su memoria nos recuerda que los derechos que hoy tenemos fueron conquistados con años de lucha y que ninguno está garantizado para siempre. También nos recuerda que la solidaridad no debe quedarse en palabras: se demuestra acompañando a quienes más lo necesitan y defendiendo, incluso en los momentos difíciles, aquello que consideramos justo.
No quiero que el recuerdo de Mariano sea solamente una consigna pronunciada una vez al año. Quiero que sea una convicción que nos acompañe todos los días. Que nos impulse a participar, a organizarnos, a pensar críticamente y a no mirar hacia otro lado cuando los derechos de otros están en peligro.
Porque la memoria también es una forma de compromiso. Porque la justicia no termina con una sentencia: se construye todos los días, en cada lucha por una sociedad más igualitaria.
Mariano Ferreyra, a dieciséis años de tu asesinato, tu nombre sigue siendo una bandera para quienes creemos que la dignidad de los trabajadores, la educación pública, la salud y la justicia social no deben negociarse.
Porque los que luchan no mueren en la memoria de su pueblo.
Porque el silencio no puede ser más fuerte que la justicia.
Porque una Argentina más justa sigue siendo una causa por la que vale la pena luchar.
Mariano Ferreyra, presente.
¡Ahora y siempre!

