Escriben Carlos Suárez y Claudio Valle
De las luchas estudiantiles de los noventa al ascenso juvenil en Europa, Chile y Argentina, la juventud vuelve a ponerse de pie.
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El 28 de octubre de 2001, en los albores del Argentinazo, perdíamos a dos compañeros muy queridos: Lisandro y Elisa. Veinticinco años después, su historia adquiere una actualidad particular ante la irrupción de nuevas generaciones de jóvenes que vuelven a movilizarse en distintos puntos del mundo.
Ambos fueron parte de una generación que enfrentó la ofensiva privatizadora del menemismo contra la educación pública. Pero también protagonizaron una experiencia de organización y politización estudiantil que comprendió que no alcanzaba con protestar: era necesario construir una organización independiente y disputar la dirección del movimiento.
Lisandro se hizo conocido a fines de 1991, cuando los estudiantes secundarios del Gran Buenos Aires comenzaron a rebelarse contra la provincialización de la educación impulsada por Menem. El Estado nacional trasladaba a las provincias la responsabilidad de financiar el sistema educativo, en el marco del ajuste exigido por el FMI. La reforma era el primer intento de una serie de contrarreformas educativas que aún hoy continúan y también abría nuevas posibilidades de intervención de la Iglesia sobre los contenidos educativos.
En San Martín, las movilizaciones de los viernes en la Plaza San Martín reunían a estudiantes del Tomás Guido, el EE.UU., el Wilde, el Emilio Mitre, el Alemania, el Comercial de Ballester y la Escuela 14 de Santos Lugares, entre otros. La actividad callejera se complementaba con las reuniones de la Coordinadora de Estudiantes Secundarios.
Lisandro, delegado del Centro de Estudiantes del Tomás Guido, comenzó a ganar protagonismo en las discusiones y movilizaciones. Debía abrirse paso frente a una conducción peronista que pretendía despegarse de las protestas, aunque sus propios representados reclamaban continuar la lucha.
En 1992, aquella experiencia se profundizó con la lucha contra la Ley Federal de Educación, que fragmentaba el sistema, profundizaba el vaciamiento de contenidos y amenazaba la educación laica y científica.
En ese proceso, Lisandro comenzó a discutir con el Partido Obrero. Inicialmente se sentía más cercano al anarquismo de Bakunin y planteaba sus diferencias de manera fraternal, pero rigurosa. Las lecturas de Prensa Obrera y las reuniones en nuestro local de la calle San Lorenzo fueron parte de una discusión que permitió superar aquellas diferencias.
La conducción del centro del Guido, que buscaba evitar el compromiso del colegio con las movilizaciones, terminó nombrándolo «secretario de marchas». Junto con Angie, Lisandro impulsó un agrupamiento que se convertiría en una referencia del estudiantado de San Martín: El Agite.
En 1993, la agrupación disputó la dirección del centro de estudiantes. Aunque perdió las elecciones, dejó una importante experiencia política y organizativa. Al año siguiente, otros compañeros, entre ellos Angie, Pablo Viñas, Paula, Paola, María José, Sabrina y Gabriel Campa, entre otros, continuaron aquella tarea.
Elisa, desde el colegio EE.UU., intentaba desarrollar una experiencia similar junto con Laura. Sin embargo, las autoridades de ese establecimiento y del Wilde pusieron obstáculos para impedir que se reprodujera lo ocurrido en el Guido. Contaron con la colaboración de sectores de la izquierda democratizante, los restos de Franja Morada y agrupamientos como Patria Libre, caracterizada entonces por Prensa Obrera como «Patria Boba».
En 1995, El Agite sufrió una dura represión. La Policía Bonaerense reprimió una sentada estudiantil y la dirección del colegio, encabezada por Di Gregorio, intentó proscribir a la agrupación, impidiéndole incluso hacer campaña electoral. Se perdieron aquellas elecciones, pero la experiencia había formado a una camada de militantes que luego se incorporaría al Partido Obrero.
Lisandro, entretanto, había asumido responsabilidades de dirección nacional y desarrollaba una destacada labor en la UBA.
El 28 de octubre de 2001, un accidente vial en una ruta en pésimas condiciones, bajo el régimen de concesiones privatizadas impulsado por Menem y Cavallo y mantenido por la Alianza, se llevó a nuestros compañeros.
A Lisandro y Elisa no los recordamos desde una memoria individual, sino como parte de una experiencia colectiva que sigue viva en quienes compartimos aquellos años. Recordamos, entre todos, su paciencia para explicar los problemas políticos, su humildad e inteligencia, su amor por Divididos y Hermética y su pasión para encarar cada actividad. También los libros de la biblioteca del Guido, con los globitos de su querido Huracán dibujados en su interior. De Elisa, su empeño y tenacidad para abrirse camino en las discusiones políticas con sus compañeros. Esos recuerdos no pertenecen a nadie en particular: son parte del acervo común de una generación que aprendió a organizarse y a discutir colectivamente.
No recordamos a Lisandro y Elisa desde una juventud idealizada, sino recuperando una experiencia concreta de lucha, discusión y militancia. Fueron parte de una generación que comenzó a cuestionar el régimen político y social que terminaría estallando en diciembre de 2001.
Hoy, otra generación vuelve a salir a las calles. La tarea de los socialistas de Política Obrera es contribuir a que esa rebelión encuentre una organización, un programa y una perspectiva capaz de unir las luchas juveniles con las de la clase trabajadora.
El recuerdo de nuestros compañeros vive en la continuidad de la lucha por la que entregaron su esfuerzo y militancia: la lucha por el socialismo, por terminar con la explotación y la opresión del hombre por el hombre.
La mejor manera de recordar colectivamente a Lisandro y Elisa es continuar esa lucha.

