75 aniversario de Auschwitz: una memoria de Roman Rosdolsky

Escribe Roman Rosdolsky

Tiempo de lectura: 9 minutos

Hace 75 años Auschwitz fue liberado – el primero en entrar al campo fue un batallón liderado por el Mayor Anatolly Shapiro, un judío ucraniano miembro del Ejército Rojo, Primer Frente Ucraniano. Para conmemorar el aniversario republicamos la memoria del respetado académico Roman Rodolsky publicada por primera vez en el periódico socialista de los emigrados ucranianos, Oborona, en 1956.

Desde 1915 Rodolsky había sido un activo joven socialista en Ucrania occidental y miembro de los círculos Drahomanov, luego se convirtió en líder del Partido Comunista de Ucrania occidental posteriormente clausurado por Stalin. Rodolsky fue un defensor de la Oposición de Izquierda al estalinismo y durante toda su vida defensor de los derechos nacionales ucranianos.

En 1942 Rodolsky fue arrestado por la Gestapo en Cracovia por ayudar a los judíos y llevado a Auschwitz, pasó allí la guerra y sobrevivió para publicar su testimonio. La memoria de Rosdolsky no es solamente un testamento escrito luego de aquel horror sino también algo que puede servir de inspiración a nuestra generación.

La traducción al inglés fue hecha por el historiador John-Paul Himka

Chris Ford

Publicado en https://ukrainesolidaritycampaign.org/2020/01/27/auschwitz-70th-anniversary-a-memoir-by-roman-rosdolsky/

UNA MEMORIA DE AUSCHWITZ Y BIRKENAU

Estimado Editor de Oborona:

Muchas gracias por mencionar en su periódico el “museo de la muerte de Auschwitz”. Permítaseme utilizar la oportunidad de su comentario para compartir con los lectores de Oborona algunas memorias concernientes a mi propia estadía en el campo de Auschwitz.

El corresponsal estadounidense cuyas palabras usted parafrasea se equivocó en un punto: Auschwitz no era solo un “campo de muerte” sino también un enorme campo de trabajo forzado, con numerosos campos subsidiarios desparramados en un considerable territorio, en promedio tenía alrededor de 80.000 esclavos del Reich germano. Era un “Estado dentro del Estado” sui generis, con toda serie de empresas industriales, mineras e incluso agrícolas. Su objetivo era extraer tanto trabajo como fuera posible de los prisioneros que trabajaban allí y a la vez gastar lo menos posible para alimentarlos. En este sentido todo el campo también era una enorme “fábrica de muerte” en la cual –especialmente en sus primeros años de existencia (1940-42)- el prisionero promedio no permanecía vivo más allá de 3 o 4 meses.

Afortunadamente para mí, no fui llevado a Auschwitz hasta principios de 1943, en la época en que el régimen del campo central, el propio Auschwitz, donde había en promedio 15.000 prisioneros, había comenzado a relajarse. Esta relajación se mostraba, sobre todo, en que luego de mayo de 1943, lo llamados Kapos, Blockaltester y Stubendienste no tenían más el derecho de matar con impunidad a los prisioneros a ellos subordinados. Con anterioridad, estos asesinatos eran una cuestión diaria. Los Kapos, etc. eran prisioneros, generalmente delincuentes profesionales, nombrados por las autoridades del campo para encabezar grupos de trabajo y estar a cargo de las barracas en las cual vivíamos. Esta “reforma” fue motivada principalmente por la falta de mano de obra que estaba empezando a sufrir el Tercer Reich: los hitlerianos decidieron “economizar” en material humano que todavía era apto para el trabajo. Es verdad que incluso en los primeros meses de 1943 todavía enviaban a todos los lisiados, ancianos, convalecientes de tifus y personas con piernas hinchadas o sin dientes al crematorio.

Yo mismo estuve en el campo “hospital” y pasé a través de dos “clasificaciones” en las cuales los médicos hitlerianos revisaban a los pacientes, enviando varios cientos a la cámara de gas. Pero a mediados de 1943 este horror en particular había pasado para nosotros y, por ejemplo, los llamados arios (no judíos) pudimos reportarnos enfermos e ir al hospital sin arriesgarnos a morir. Sin embargo, a los infortunados judíos -y sólo a ellos- esta reforma no se aplicó. Todavía, algunos meses después fuimos testigos del horroroso espectáculo de decenas de camiones entrando en el campo y sacando cientos de personas del hospital vestidos solamente en sus camisas y llevándolos a la cámara de gas.

Por lo tanto, el campo central de Auschwitz l –repito- durante 1943-44 comenzó a convertirse cada vez más en un campo de trabajo nazi común como Dachau, Oranienburg y Buchenwald. Pero a 3 km de nosotros estaba un gran campo subsidiario, Birkenau (en polaco Brzezinki) donde las condiciones de vida y de trabajo eran un cien por ciento peores que las nuestras; tenía cámaras de gas y 6 crematorios en los cuales la gente era asesinada con gas venenoso y los cuerpos quemados día y noche. Aquí las puertas del infierno de Hitler estaban completamente abiertas.

Incluso antes de que yo hubiera llegado a Auschwitz, Birkenau había “acabado” con 16.000 prisioneros de guerra soviéticos seleccionados: oficiales del Ejército Rojo, comisarios políticos, comunistas, intelectuales. De todo ese transporte tan solo sobrevivieron 50 personas. Aquí, también varias decenas de miles de polacos “recalcitrantes” encontraron su Gólgota. Y este fue un cementerio gigante para la población judía de casi toda la Europa continental.

Durante 1943 y 1944 los transportes arribaron a Birkenau con miles de judíos de Polonia, Eslovaquia, Bohemia, Noruega, los Países Bajos, Bélgica, Francia y Grecia. Solo una pequeña porción de ellos –especialistas de todo tipo- fueron elegidos para trabajar en nuestro campo y Birkenau. El resto y todas las mujeres y niños fueron despachados inmediatamente al gas. Ocurría cada día y nos acostumbramos tanto que comenzamos a notar como extraordinarios aquellos días en los cuales no había transportes de judíos y en los cuales no salían llamas de las chimeneas del crematorio.

El lector se preguntará como sé todo esto. Desafortunadamente no solo por las conversaciones con otros prisioneros en Auschwitz y Birkenau. Fui un testigo forzado. Desde la primavera de 1943 hasta el otoño de 1944 trabajé como carpintero en el segundo piso de una gran fábrica, Deutsche Ausrusfungwerke, que estaba a mitad de camino entre el campo principal y Birkenau. Las grandes ventanas de la fábrica miraban a Birkenau. Desde ellas vimos, a cientos de pasos de nosotros, el final de la vía de tren que llevaba también a Birkenau y sobre todo las chimeneas del crematorio. No podíamos tener duda acerca de lo que sucedía más allá de las puertas del infierno de Birkenau.

No tiene sentido seguir con todo lo que experimentamos y cómo envejecimos ese año y medio. Solo describiré el período más terrible, la llamada “acción húngara” en el verano de 1944.

Comenzó el 4 de mayo de aquel año. Día por medio, cuatro o cinco largos trenes cargados de judíos húngaros se detenían frente a nuestras ventanas. Eran descargados a prisa y cualquier atado con sus pertenencias que tuvieran les era quitado. Luego los hombres de la SS llegaban y dividían a los recién llegados en dos grupos, separando los hombres de las mujeres y niños. Los llevaban a las “duchas” es decir, las cámaras de gas. Inmediatamente después un grupo de trabajo especial tomaba los atados, sacaba la comida y la ropa y buscaba dinero y oro. Las barracas de este grupo de tareas estaban separadas de nuestra fábrica por un vallado de madera. El grupo estaba compuesto de varias decenas de prisioneras jóvenes que vestían un pañuelo rojo en la cabeza. Se les permitían comer cualquier alimento perecedero que encontraran en los atados. A este espantoso grupo de trabajo se lo conocía generalmente como “Canadá”.

Ya en la primera semana el patio de Canadá tenía pilas altas con atados. Nosotros siempre estábamos atormentados por el hambre y los prisioneros más audaces de entre nosotros comenzaron a robar esos atados del otro lado del vallado. Al mismo tiempo, el humo comenzó a elevarse en ondas de los 6 crematorios. Y esto no fue todo. Justo al lado de Birkenau, a la derecha de nosotros había un bosque de abedules (de allí el nombre de Brzezinki/Birkenau). Un importante fuego comenzó a hacer arder las maderas, las llamas alternando con un humo espeso de color amarillo grisáceo. Días más tarde descubrimos lo que había sucedido: el crematorio no era capaz de procesar miles de cuerpos, entonces se cavó un gran pozo en los bosques de Birkenau para quemar a las desafortunadas víctimas. En algún momento a fines de mayo nuestra fábrica recibió una orden de suministrar a Birkenau alrededor de una decena de ganchos con punta de hierro de cuatro metros de largo. Como membrete de la orden, la cual leí con mis propios ojos, debía: Ungarische Aktion (“Acción húngara”). Es verdad que hoy en día a ambos lados de la “cortina de hierro” se diseñan y producen bombas que pueden destruir y pulverizar la misma cantidad de personas en un minuto. Pero el Tercer Reich todavía no conocía las bendiciones de la tecnología moderna.

¿Cómo afectaban todos estos horrores la vida de nuestro equipo de trabajo? Imagine filas de mesas ante las cuales estaban nuestros carpinteros tan tristes como se es posible estar y “más negros que la tierra negra” – la mayoría judíos franceses y polacos. Nadie hablaba. Todos los ojos estaban puestos en los bosques de Birkenau y los crematorios. Solo de vez en cuando alguno se reía amargamente, histéricamente y luego se secaba las lágrimas de las mejillas. Era imposible abrir la ventana, dado que el aire estaba completamente permeado por el olor intolerable, asfixiante de la carne quemada. “Ich rieche, rieche Menschenfleisch” (“huelo, huelo carne humana”), me decía mi amigo Ludwig, un austríaco, utilizando las palabras de la bruja de uno de los cuentos de hadas de Grimm. Solo que la bruja olía en el aire la esencia de dos niños y nosotros olíamos el olor de cadáveres quemados, miles de cadáveres.

Pero la naturaleza humana es dura, sorprendentemente dura. Día tras día íbamos a la fábrica, contemplábamos la sangrienta incandescencia de los bosques de Birkenau y ninguno de nosotros se volvió loco, ninguno de nosotros se suicidó. ¿Pero teníamos alguna esperanza de evadir la muerte en la cámara de gas? Después de todo, ¡éramos testigos de uno de los más grandes crímenes en la historia humana! Uno de nuestros carpinteros me dijo: “hoy son ellos (los judíos húngaros) mañana nosotros (los judíos especialistas del campo) y pasado son ustedes (todos los no judíos)”. Y esta resolución del asunto nos golpeó como la única racional desde el punto de vista de los hitlerianos, el único posible. ¿De qué otra manera se libraría de los testigos de su crimen? Solamente una débil esperanza titilaba en algunos de nuestros corazones: que el colapso del Tercer Reich atrapara por sorpresa a estas bestias antes de que pudieran completar sus planes y que a último minuto el miedo a la punición pudiera retener sus manos. Pero durante todo el mes de agosto, nosotros mismos tuvimos que cavar un gran pozo en el campo central, igual al que había sido cavado en los bosques de Birkenau. Oficialmente se lo llamó Luftschutzkeller (sótano anti aéreo), pero no había ningún prisionero en todo el campo que fuera engañado por este nombre.

Para mí personalmente, el infierno de Auschwitz llegó a su fin de forma inesperada. En los primeros días de septiembre, fui incluido en un transporte de prisioneros polacos y soviéticos para ser enviado desde Auschwitz a Ravensbruck, cerca de Berlín. Cuando nos agrupaban como ganado en los vagones, todavía seguíamos pensando que nos iban a transportar a Birkenau, a las cámaras de gas. Pero nuestro tren se movió hacia el oeste y el resplandor de los crematorios desapareció de vista. Comenzamos a respirar un aire fresco, sin veneno. Y si bien sabíamos que la muerte esperaba a todos los prisioneros en los campos de Hitler, no estuvimos menos felices que niños porque habíamos sido arrancados del infierno de Auschwitz. ¿Por qué escribo esto? ¿Por qué reabrir las heridas? Permítanme recordar un pequeño episodio. Fue en el campo, un domingo luego del almuerzo. Un grupo de prisioneros estaba yaciendo en sus literas, hablando del fin de la guerra, que esperaban se estuviera aproximando. Un joven polaco, Kazik, se dirigió a un prisionero mayor, a quienes todos llamaban “el profesor” y le preguntó: “Profesor, que sucederá con Auschwitz luego de la guerra’”

“¿Qué piensas tú que sucederá?”, respondió el Profesor. “Nos iremos a casa”.

“No diga tonterías, profesor”, dijo Kazik, “ninguno aquí saldrá vivo”.

“Es verdad”, dijo el profesor. “¡Pero aun así los vivos no deberían abandonar la esperanza! (palabras del poeta polaco Juliusz Stowack). Y con respecto al propio Auschwitz, la nueva Polonia construirá un gran museo y por años delegaciones de toda Europa lo visitarán. En cada piedra, en cada sendero, dejarán una corona de flores: porque cada pulgada de esta tierra está empapada de sangre. Y luego, cuando las barracas colapsen, cuando los caminos desaparezcan cubiertos por la hierba y cuando se hayan olvidado de nosotros, habrá nuevas e incluso peores guerras e incluso peores brutalidades. Porque la humanidad se enfrenta a dos posibilidades: o emerge con un mejor orden social o perece en la barbarie y el canibalismo”. Este desdichado profesor solo estaba repitiendo las palabras ya dichas por el pensador socialista Friedrich Engels 80 años atrás. Las había escuchado muchas veces antes de la guerra. Pero en las literas de Auschwitz sonaron más reales y más correctas que nunca en el pasado. ¿Y quién hoy, luego los Auschwitz, Kolymas y bombas atómicas puede dudar de la verdad de esas palabras?

Traducción: Olga Stutz

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