El petróleo de Venezuela: un tesoro maldito para Trump

Escribe Silvia Jayo

Tiempo de lectura: 3 minutos

Con el loro en el hombro y un garfio en la mano, Trump usó la fuerza militar para reforzar la posición del imperialismo yanqui y amenazar a toda América Latina. No puede entenderse como un hecho aislado ni meramente ideológico. El propio Donald Trump afirmó que uno de los objetivos de su accionar fue el petróleo venezolano, nacionalizado en 1970, con compensación económica a las compañías extranjeras.

Convertir a Venezuela en un protectorado y disponer de sus recursos energéticos aparece como una salida desesperada de un régimen agotado. Lejos de estabilizar el sistema, esta política tiende a agravar los conflictos, no solo con potencias competidoras como China y Rusia, sino también al interior del propio capital estadounidense.

Según informó la agencia Reuters, Trump presentó un plan para permitir el retorno de compañías petroleras norteamericanas a Venezuela y asegurar el envío de entre 30 y 50 millones de barriles de crudo a Estados Unidos. En paralelo, la empresa estatal PDVSA (Delcy Rodríguez) confirmó que estaba negociando con el gobierno estadounidense la venta de petróleo bajo nuevas condiciones. No se trata de una liberalización plena, sino de un esquema de control directo, donde las ganancias serían canalizadas a cuentas supervisadas por Estados Unidos, bajo el argumento de destinarlas a las poblaciones venezolana y estadounidense. Colonialismo sin eufemismos.

Sin embargo, estos anuncios no provocaron un impacto significativo en el precio internacional del petróleo, que se mantiene en torno a los 60 dólares por barril. La razón es estructural: aunque Venezuela posee las mayores reservas probadas de petróleo del mundo, su producción efectiva ronda apenas el 1 % del total mundial. La falta de inversión, el deterioro de la infraestructura y las sanciones han reducido su capacidad productiva, obligando incluso a importar derivados y crudos livianos para mezclar, debido a su baja capacidad de refinación.

El mercado petrolero global atraviesa, además, una situación de exceso de oferta y demanda débil. La desaceleración de la economía china, la caída de la actividad industrial global y el aumento de la producción no OPEP —especialmente de Estados Unidos, Guyana y potencialmente Vaca Muerta— apuntan a un escenario de superabundancia a partir de 2026. En este contexto, el eventual ingreso gradual de mayores volúmenes de crudo venezolano al mercado mundial contribuiría a presionar aún más los precios a la baja.

Estados Unidos es hoy el primer productor de petróleo del mundo. Su producción es mayoritariamente de crudo liviano y dulce, con bajo contenido de azufre, y cerca del 67 % proviene del fracking. Venezuela, en cambio, produce crudos pesados y ácidos, con alto contenido de azufre, que requieren refinerías complejas con unidades de desulfuración y coquización. Este tipo de instalaciones se concentran principalmente en el Golfo de México, donde hoy se procesa petróleo pesado de Canadá, junto con crudos más livianos de Colombia, Brasil y el shale oil doméstico.

Estas refinerías operan cerca del 90 % de su capacidad. Por lo tanto, el ingreso de crudo venezolano no reemplaza un vacío, sino que compite directamente con el petróleo de esquisto estadounidense. Aquí aparece una contradicción central: una baja del precio internacional, impulsada por mayor oferta, perjudica especialmente al fracking, que tiene costos de extracción más altos. Las compañías que no operan —o no operarán— en Venezuela, como Devon Energy, Coterra Energy, Marathon Oil y gran parte del sector de servicios de fracking, serían las principales damnificadas.

China, por su parte, puede reemplazar sin grandes dificultades el crudo venezolano por petróleo ruso o iraní, lo que limita el impacto favorable para Estados Unidos. El resultado es claro: la ofensiva imperialista no resuelve las tensiones del sistema, sino que las profundiza, desplazando los conflictos hacia nuevas escalas y enfrentando capitales entre sí.

En definitiva, las acciones belicistas del imperialismo estadounidense no sólo son criminales y genocidas, sino también impotentes desde el punto de vista económico. El petróleo venezolano, lejos de ser una solución, se convierte en un factor más de inestabilidad para un sistema en crisis. El “pirata” Trump no ofrece una salida viable: apenas acelera el naufragio.

Revista EDM