Escribe Joaquín Antúnez
Trump y Netanyahu impulsan la fragmentación del mundo musulmán en una escala no vista desde la disolución del Imperio Otomano.
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La guerra desatada entre Afganistán y Pakistán ha reportado una cantidad de muertes militares y civiles, fundamentalmente afganas. Las cifras hablan de más de medio millar los muertos y cerca de mil heridos. Más de 20.000 familias han sido desplazadas de sus hogares, lo que se suma a la situación ya crítica en territorio afgano. Según informes del Programa Mundial de Alimentos (PMA) “una de cada tres personas (aproximadamente 17,4 millones de afganos) necesita asistencia alimentaria urgente, mientras que 3,7 millones de niños menores de cinco años sufren desnutrición aguda. Los combates han obligado a las agencias humanitarias a suspender temporalmente algunas actividades de emergencia, dejando a aproximadamente 160.000 personas sin distribución de alimentos” (Vatican news, 2/3).
El conflicto que involucra a estos dos viejos aliados se disputa en una frontera terrestre de más de 2400 kilómetros. Los intercambios de fuego comenzaron tras una serie de atentados en territorio pakistaní, reclamados como propios por un grupo de talibanes paquistaníes (TTP), tanto en zonas rurales como urbanas. El gobierno de Pakistán ha denunciado que dicho grupo opera con la benevolencia del gobierno de Kabul. Los bombardeos de la Fuerza Aérea paquistaní fueron respondidos por la toma de puestos de avanzada y soldados paquistaníes.
La propia frontera es una herencia del viejo sistema colonial británico, conocida como “Línea Durand”. Distintos gobiernos afganos, pero más decididamente los talibanes, la rechazan por quiebra la unidad tribal de dichos territorios. Los gobiernos pakistaníes rechazan una cesión de territorio. Las escaramuzas por “infiltración” se han vuelto frecuentes en el último tiempo.
El gobierno de Islamabad ha procedido a una serie de bombardeos en las provincias afganas de Paktia, Paktika, Nangarhar, Kunar y Khost, así como de ciudades importantes, no solo su capital Kabul, centrándose en los principales centros de mando talibán cercanos a la frontera terrestre. Las fuerzas en presencia no tienen comparación en armamento y cantidad de tropas disponibles. Pakistán es una potencia nuclear. Sin embargo, los talibanes tienen a su favor una extensa red de influencias tribales que se adentran hasta las profundidades del territorio paquistaní. La metodología de la guerra de guerrillas podría alcanzar zonas rurales y urbanas de Pakistán.
Los choques entre ambos están fundados en un conjunto de diferencias. El gobierno de Pakistán ha declarado a los talibanes "funcionales a la India", enemigo acérrimo de Pakistán. El conjunto del Medio Oriente musulmán, así como China y Rusia, han declarado su oposición a las hostilidades. El gobierno talibán ha emitido un comunicado aceptando las propuestas, pero Pakistán ha decidido profundizar sus bombardeos e incursiones militares en el terreno.
El gobierno de Pakistán ha prohibido las manifestaciones públicas, incluidas aquellas que se realizan en rechazo a las agresiones de Estados Unidos e Israel contra Irán. Una manifestación, en la capital Islamabad, para repudiar el asesinato del Ayatollah Alí Jamenei, dejó como saldo muertos y heridos. En otras importantes ciudades, como Karachi, la represión también fue brutal.
Ambos países poseen una frontera con Irán. La asociación de Pakistán con Irán se ha ido enfriando; Pakistán ha firmado acuerdos de defensa mutua con Arabia Saudita y mantenido reuniones con altos mandos militares estadounidenses. El imperialismo norteamericano fomenta separatismos nacionales en Irán, que están presentes en otros estados del Medio Oriente (Turquía, Irak, Siria Pakistán y Afganistán). Netanyahu y el sionismo tienen inscripta en su estrategia la fragmentación nacional del mundo musulmán. La guerra imperialista internacional contra Irán anuncia una serie de conflictos explosivos como los que siguieron a la desintegración del Imperio Otomano en la Primera Guerra Mundial.
