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La movilización del Día Internacional de la Mujer en la ciudad de Campana dejó planteado un hecho político de gran alcance. No se trató solamente de una marcha conmemorativa. Fue la expresión de un proceso de reorganización y deliberación que vuelve a abrirse paso en una ciudad atravesada por profundas contradicciones sociales y políticas.
La convocatoria, impulsada por la Asamblea Permanente de Mujeres y Disidencias que funciona desde aproximadamente 2017, reunió este año una movilización masiva de cuatro cuadras. En la cabecera marcharon los familiares de víctimas de la violencia contra las mujeres, recordando que la lucha contra el femicidio y la desaparición de mujeres continúa siendo una herida abierta en la ciudad.
Entre las causas que han sacudido a Campana en los últimos años se encuentra el brutal asesinato de María Alejandra Abondanza, ocurrido en 2022, cuando fue asesinada, descuartizada e incinerada por un vecino. Este crimen provocó una enorme conmoción social que desembocó en un proceso judicial desarrollado en 2025. A su vez, la movilización volvió a colocar en el centro el reclamo por la aparición de Nadia Páez, desaparecida hace veinte años, cuya causa fue archivada en 2009 y reabierta en 2019 gracias a la presión de su familia y de la propia asamblea.
La marcha fue acompañada por los cánticos que se han convertido en una bandera internacional del movimiento de mujeres -como “Ni una menos, vivas nos queremos”- pero también por una consigna que traduce el carácter político de la etapa: el repudio al gobierno de Javier Milei, expresado en el grito de “Milei basura, vos sos la dictadura”.
Este desarrollo no surgió de la nada. La asamblea que organiza la movilización nació al calor de la lucha por el aborto legal, cuando se desarrollaba en todo el país la pelea que culminaría con la aprobación de la Ley de Interrupción Voluntaria del Embarazo. En aquel período, la deliberación política dentro de la asamblea tuvo una amplitud particular: desde el peronismo hasta el anarquismo, pasando por distintas corrientes de izquierda.
En ese escenario, el activismo clasista colocó un planteo estratégico: que la lucha por los derechos de las mujeres no podía separarse de la lucha contra el régimen social que reproduce esa opresión. En particular, se planteó la contradicción entre los discursos oficiales de los gobiernos kirchneristas y su política real de subordinación al pago de la deuda externa, que drenaba los recursos que deberían destinarse a enfrentar la violencia de género y garantizar condiciones materiales de independencia para las mujeres trabajadoras.
La posterior dilución de esa delimitación política produjo un reflujo en el movimiento, que quedó en gran medida bajo la influencia de corrientes kirchneristas. Sin embargo, lejos de desaparecer, la asamblea en la ciudad de Campana continuó funcionando -muchas veces en condiciones adversas e incluso de forma virtual- sostenida fundamentalmente por un núcleo de mujeres independientes, anarquistas y de izquierda.
El resultado es el que se vio este 8 de marzo: una movilización masiva que vuelve a colocar en pie un ámbito de deliberación y lucha en la ciudad.
Pero el dato más importante es otro. En la marcha participaron docentes autoconvocadas que vienen protagonizando un proceso de organización propio frente a la crisis salarial y educativa. Este hecho establece un puente entre la lucha del movimiento de mujeres y la reorganización de la docencia, un sector clave de la clase trabajadora.
La importancia de esta confluencia no puede ser subestimada. Cuando los reclamos democráticos -como la lucha contra la violencia hacia las mujeres- comienzan a conectarse con la movilización de sectores de trabajadores que enfrentan el ajuste, se crea la base de un movimiento social de alcance superior.
Campana ofrece hoy un anticipo de esa tendencia. Allí donde el régimen político pretende fragmentar las luchas y confinarlas a reclamos parciales, la realidad vuelve a empujar hacia su unificación.
La conclusión es clara: la movilización del 8M en Campana no fue simplemente una jornada reivindicativa. Fue la manifestación de un proceso político en desarrollo. Un proceso que plantea la necesidad de que el movimiento de mujeres y la clase trabajadora avancen hacia una organización independiente de todos los bloques del régimen y hacia una perspectiva de transformación social de conjunto.
En esa perspectiva reside el verdadero alcance de la movilización que acaba de recorrer las calles de la ciudad. Si logra profundizarse y organizarse, puede transformarse en un factor activo de la reorganización política de la clase obrera.
