Escribe Jorge Altamira
Para que las discutan los trabajadores de Cuba y de todos los países.
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La conversión de Venezuela en un protectorado ‘de facto’ de Estados Unidos, abrió la oportunidad a Trump para acorralar a Cuba mediante una asfixia económica excepcional, incluso dentro de los parámetros del bloqueo contra la isla en casi setenta años. La orden de sancionar a cualquier país que trafique petróleo y gas licuado a Cuba ha sido acatada casi por unanimidad por la llamada “comunidad internacional”. La regresión económica e histórica de Cuba, que se acentuó, pero no se inauguró con el fin de la asistencia de la ex URSS, ha alcanzado niveles terminales. Trump ha explotado esta catástrofe para lanzar un ultimátum contra el régimen castrista para que acepte cumplir un rol de intermediario de la transformación de la isla grande del Caribe, que acunó la mayor revolución social que haya conocido América Latina, en un protectorado de nuevo tipo. Sería una regresión histórica superior al período de principios del siglo 20, cuando la llamada Enmienda Platt dio jerarquía constitucional al derecho de Estados Unidos de tutelar a Cuba, incluso mediante una intervención militar.
Luego de algunos zigzagueos, el gobierno de Díaz Canel, con la autorización de Raúl Castro, aceptó negociar con Trump, con la reserva de que lo hacía con total autonomía política, lo que no era otra cosa que una rendición incondicional. Esta suerte de ‘capitulación’ era, asimismo, una expresión de que los intereses de clase del Estado cubano, desde hace un cierto tiempo, tienen un carácter marcadamente capitalista. Miguel Díaz-Canel anunció que se está ‘dialogando’ con el presidente norteamericano para encontrar una solución a las diferencias entre ambas naciones (The New York Times, 15/03/26). El contenido de ese ‘diálogo’ se conoció poco después cuando, en primer lugar, Trump anunció que ofrecería petróleo al sector privado de la isla y las autoridades cubanas a su vez ofrecieron abrir la economía a los capitalistas cubanos que residen en Estados Unidos; lo declaró de un modo completamente oficial Oscar Pérez Oliva Fraga, viceprimer ministro y ministro de Comercio Exterior, a la cadena norteamericana NBC. En esta transa oscura, el gobierno cubano ha ofrecido colaborar con el FBI para investigar la muerte de un grupo de contrarrevolucionarios que había intentado iniciar acciones de terrorismo, por medio de un desembarco en la isla. La debacle de Cuba, es muy importante aclararlo, no afecta en forma uniforme a la población: quienes tienen ingresos en dólares son animados a gastarlos en consumos suntuarios que el gobierno cubano provee sin restricciones por diversos medios, entre ellos, por medio de la importación. La marcada devaluación del peso cubano, por otro lado, y el brutal ‘ajuste’ de ingresos priva a la mayoría de los trabajadores de la alimentación más básica.
Este desabastecimiento, socialmente desigual, provocado por el bloqueo imperialista, ha sumergido a las masas en una crisis energética y humanitaria. Los paneles solares, en los que el gobierno cubano ha invertido mucho, han tenido un destino también desigual. un pacto a puertas cerradas. No estamos siquiera ante una ‘restauración capitalista’ que promueva un desarrollo industrial parcial o deformado - estamos ante un remate de recursos estratégicos, incluso para la guerra, a cambio de un alivio temporal. La burocracia no oculta su aspiración a ser gerente del capital extranjero. El viceprimer ministro, Oscar Pérez-Oliva Fraga, declaró que “Cuba está abierta a tener una relación comercial fluida con compañías estadounidenses” (The New York Times, 16/03).
Trump, de todos modos, al igual que el ‘lobby’ cubano de Miami, ha rechazado la ‘oferta’ de Díaz-Canel, luego de haber declarado, un día antes, que “Cuba también quiere hacer un trato. Y creo que lo haremos muy pronto” (The New York Times, 16/03). Por un lado, el socio de Epstein pretende concesiones políticas estratégicas, tales como un control de la economía ‘a la Delcy Rodríguez’, o sea, gobernar el país; por el otro, la apertura del conjunto empresarial GAESA, que controlan las fuerzas armadas de Cuba, o sea, todo el negocio asociado al turismo internacional (inmobiliario, hotelero, aéreo) y la asociación eventual de Cuba al Escudo de las Américas. Para apretar a fondo por este asalto, Trump ha exigido la renuncia de Díaz-Canel a la Presidencia, o sea, designar, él mismo, a un “presidente encargado”. Díaz-Canel ha prometido una resistencia armada.
La posibilidad de una acción armada contra Cuba ha quedado planteada, no solamente como una extorsión. Para una mayoría de observadores sería por lo menos inoportuna, cuando la guerra norteamericano-sionista contra Irán es objeto de renuncias de primer nivel en el gobierno de Estados Unidos y fricciones y crisis con la Unión Europea.
El punto crucial que soslayan, por un lado, quienes denuncian la “capitulación” del castrismo, y por el otro, quienes la justifican como medio de defensa en condiciones insuperables, es que el gobierno de Cuba no tiene mandato, ni democrático, obviamente, ni tampoco revolucionario, o en nombre de la Revolución Cubana. No se trata de un punto formal, porque la ausencia de este mandato es el punto estratégico fundamental que explota Trump para intentar llevar a una mayoría popular al campo imperialista, forzada por el hundimiento terminal de sus condiciones de vida. Es inaceptable que las masas no deban ser protagonistas de este momento crucial, o que debería dejarse para mejores tiempos. El punto es muy simple: es necesario que se haga pública la oferta que negocia Cuba con Estados Unidos; no puede ser un secreto reservado para Trump y Marco Rubio. Es indudable que se plantea objetivamente un compromiso, pero no deber ser monopolizado por Trump, sino que deber ser instrumentado por una movilización internacional en todos los países, dirigidas a sus gobiernos, que asisten desde afuera al asalto imperialista contra Cuba. Es necesaria una campaña para que la burocracia de Cuba haga públicas las ‘ofertas’ y ‘contraofertas’ de unos y otros, y que sean sometidas a un debate popular. Un programa de transición votado por el pueblo cubano en los lugares de trabajo y en las barriadas impactaría enormemente en las masas norteamericanas, que se movilizan contra el ICE de Trump y contra la guerra contra Irán y Líbano. Sería una entrada política de las masas en la crisis mundial y en la guerra internacional. Bajo la forma de un programa de compromiso con el imperialismo, es necesario exigir un debate público, que involucre asambleas, mociones, votaciones y referendos. El ultimatismo imperialista de Trump tiene su correlato en el ultimatismo pasivo que ofrece la denuncia vacía de contenido contra el régimen de Cuba y la subordinación completamente contemplativa y capituladora del nacionalismo pequeñoburgués, que acepta la provocación imperialista como un hecho consumado.
Una reciente protesta estudiantil en La Habana muestra un camino. Los estudiantes cuestionan el método de la "gestión", señalando que “la comunidad universitaria debe ser parte activa” (comunistascuba.org, 9/03). Es claro que no se trata de que el PCC "gestione mal", sino que ha expropiado, hace mucho, el poder de decisión, pero agravado hoy porque carece de cualquier mandato histórico. La solución no vendrá de un trato entre Rubio y los generales de GAESA. Es necesario convocar asambleas para que sea el pueblo quien diga qué programa de salvamento necesita para salir de la oscuridad, sin que el destino de la isla se decida en las oficinas de Washington. Apertura de todos los términos de la negociación con EE. UU. La única "gestión" válida es la de los trabajadores tomando el control para que la luz y el pan no sean moneda de cambio de la colonización al pueblo cubano. Asambleas para decidir el plan de energía, abastecimiento y con qué países se hacen acuerdos.
Fuentes:
https://www.nytimes.com/2026/03/16/world/americas/cuba-us-foreign-investment-businesses.html
https://www.comunistascuba.org/2026/03/cuba-destruyen-sede-del-pcc-en-moron.html
https://www.comunistascuba.org/2026/03/protesta-estudiantil-en-la-universidad.html
