Escribe Jorge Altamira
La reprivatización de la Isla y sus consecuencias internacionales.
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Las sanciones de Trump contra cualquier estado que provea de petróleo a Cuba es un acto de bandidaje internacional. El atropello ha venido acompañado con el abordaje a cualquier navío sospechoso de ejercer un tráfico clandestino con ese propósito. La llamada “comunidad internacional”, encargada por nadie para vigilar el cumplimiento de las normas de derecho, ha mirado para otro lado. Los proveedores internacionales de petróleo (Venezuela, México, Rusia e Irán) han acatado, no obstante, las órdenes de Trump. Han rendido su soberanía al déspota de Washington sin levantar la voz. Cuba ya no sufre el bloqueo de Estados Unidos, sino del mundo entero. Los gobiernos más sensibles o más hipócritas se han reservado la posibilidad de asistir a Cuba por medio de la “ayuda humanitaria”. Sin combustible, las centrales eléctricas no tienen cómo funcionar. Pero el bloqueo de Trump, lejos de descabellado, sigue un método.
El bloqueo ha acentuado la diferenciación de clases en Cuba, ofreciendo al imperialismo norteamericano una vía interior para imponer la reprivatización de la Isla; es la agenda de discusión que Trump y Rubio quieren imponer al gobierno castrista. La situación social de Cuba está lejos de ser uniforme. Los que tienen recursos, relata el Financial Times, “disfrutan de alimentos importados de Estados Unidos y manejan vehículos eléctricos cargados por paneles solares; quienes carecen de todo subsisten con raciones escasas de los almacenes estatales y se acurrucan en la oscuridad de sus hogares”. El bloqueo no es ecuménico, tiene un método: sigue la línea de la división de clases. En Cuba operan once mil compañías privadas, con derecho a contratar hasta cien trabajadores. Importan los alimentos que comprarán aquellos con acceso a transferencias de dinero de familiares en el exterior, quienes conservan un empleo mejor remunerado, así como la burocracia estatal y aquellos que trabajan en el sector privado. “Estados Unidos ha exportado 444 millones de dólares de mercancías a Cuba en los once primeros meses de 2025, un 13 % superior al del año precedente; los productos agrícolas, los alimentos y las medicinas están exceptuadas del embargo”. FT señala que “Almacenes del exterior, como Supermarket23, permiten ordenar compras en el exterior con entrega en La Habana en un tiempo tan breve como cuatro horas”. Estas conexiones no están ausentes para los conglomerados paraestatales, como GAESA (Grupo de Administración Empresarial Sociedad Anónima), que manejan las Fuerzas Armadas como una entidad privada. El bloqueo petrolero de Trump contra Cuba apunta a forzar al gobierno castrista a acelerar el tránsito hacia una economía privada de mercado. La carestía de la vida, en esta transición, sería sencillamente explosiva. Quienes aún pueden comprar nafta en los surtidores pagan 1,30 dólares el litro, cuando el salario mensual, a valor de mercado negro, es casi del mismo valor. Aun en estas condiciones se pueden encontrar “comensales sentados en mesas iluminadas por velas en la terraza del renombrado restaurant La Guarida en La Habana”. No hay nada original en esta fotografía, se repite en todas las catástrofes capitalistas, en este caso impuesta por el bloqueo y la guerra.
Marco Rubio, en una entrevista concedida a la agencia Bloomberg, en los márgenes de la reciente Conferencia de Seguridad en Múnich, declaró que “los líderes comunistas de Cuba deberían dar al sector privado más espacio para operar como parte de un acuerdo más amplio con Washington”. La famosa “vía china” al capitalismo vendría de la mano, no de una asistencia de China, sino del imperialismo norteamericano. Ese “acuerdo más amplio” no podría tener la forma de un tratado comercial o de inversiones, como ocurre entre Estados soberanos, sino mediante una injerencia directa de Trump – a la venezolana. El propósito del jefe del ICE norteamericano es anexar el mercado inmobiliario de Cuba en función del desarrollo del turismo. Las transferencias inmobiliarias podrían tener lugar incluso en Estados Unidos, por ejemplo, en el estado de La Florida. Una reciente ley, difundida por el portal “Comunistas de Cuba”, una oposición de izquierda al castrismo, que establece que las propiedades de la emigración cubana siguen bajo la titularidad de sus dueños, podría permitir un mercado hipotecario fuera de Cuba. Semejante salida, que también figura en la agenda de Trump-Rubio, no atendería al déficit de 900.000 viviendas que registra la Isla.
Trump opera en el terreno restauracionista que ha desarrollado la burocracia castrista en la última década por lo menos; por eso podría servir para un ‘entendimiento’, naturalmente colonial. Pone de manifiesto también que, para el imperialismo norteamericano que domina por entero el escenario mundial, la restauración del capitalismo en China o Rusia sería incompleta, porque ha dado paso a Estados independientes, no coloniales ni semicoloniales. La distinción es fundamental para un capitalismo en estado de desmoronamiento, por una sobreproducción insoluble, un retroceso de la tasa de beneficio y una clase obrera que no renuncia a entregar las conquistas que ha arrancado en una dura lucha histórica. El rol dominante y hegemónico del imperialismo norteamericano se proyecta como una pesadilla para el resto de los imperialismos menores, porque este diseño los pone en la condición de Estados cautivos del imperialismo mayor. Esta contradicción histórica no puede ser resuelta por el capitalismo en forma pacífica.
