Escribe Iara Bogado
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Este 1 de abril, 53 años después de que la misión Apolo 17 pisara la Luna, Estados Unidos lanzó la misión Artemis II. Con un presupuesto de 93.000 millones de dólares, la cápsula Orion despegó de Cabo Cañaveral para orbitar la cara oculta del satélite natural (La Nación, 01/04/2026). Sin embargo, detrás del despliegue tecnológico, lo que asoma es la crisis terminal de un sistema agotado. El espacio es el escenario donde el último imperialismo intenta reafirmar una hegemonía que ya solo puede sostenerse por la fuerza.
A diferencia de las guerras mundiales del siglo XX, que fueron carnicerías por un nuevo reparto del mundo entre potencias en ascenso, la guerra actual tiene un carácter distinto. Hoy nadie puede disputarle a Estados Unidos el dominio del mundo. China, a pesar de sus avances con las sondas Chang'e y su sistema de navegación Beidou que busca competir con el GPS yanqui (MDZ, 01/04/2026), no tiene la iniciativa de la guerra ni la capacidad de suplantar al gigante del norte.
La iniciativa bélica es patrimonio exclusivo de Washington. Lo vimos en Ucrania, donde la Unión Europea solo se animó a la anexión bajo el ala de la OTAN, y lo vemos hoy con la masacre militar contra Irán. El lanzamiento del Artemis II es la cara espacial de esa misma iniciativa. El imperialismo yanqui está intentando anexar cada recurso, cada órbita y cada mercado estratégico para evitar su propio desmoronamiento. El cohete SLS es, en última instancia, un recurso desesperado para demostrar que el dueño del mundo sigue siendo el mismo.
Donald Trump fue explícito en su red Truth Social: vinculó el éxito de Artemis II con la "dominación militar" y la guerra en curso contra el régimen iraní. Para el imperialismo, el espacio es una extensión del campo de batalla terrestre. Si China proyecta una base lunar para 2030, Estados Unidos responde acelerando el Artemis para dejar claro que no tolerará ninguna isla de independencia tecnológica que escape a su control. “Estamos ganando: en el espacio, en la Tierra y en todas partes, económica, militarmente y ahora, más allá de las estrellas [...] Nadie puede competir! Estados Unidos no solo compite, domina, y el mundo entero nos observa”, dijo Trump.

La contradicción es absoluta: las fuerzas productivas ya son mundiales y exigen una organización humana superior, pero el carácter nacionalista del Estado norteamericano —el último imperialismo— necesita militarizar hasta los asteroides para asegurar la acumulación de capital. En este esquema, los países del “sur global”, como Argentina con su satélite Atenea, solo participan como furgón de cola de un plan de dominio que no les pertenece.
Este despliegue de fuerza no solo es un crimen social, sino también ambiental. Mientras la propaganda oficial nos vende el "progreso" de la humanidad, los lanzamientos de cohetes como el Artemis II o el Starship de SpaceX liberan toneladas de gases de efecto invernadero y partículas de aluminio que degradan la capa de ozono y contaminan ecosistemas críticos (Infobae, 01/07/2024). La explosión del cohete de Elon Musk en Texas, que sembró escombros y metales pesados en reservas naturales, es el ejemplo perfecto de una ciencia que no sirve a la vida, sino a la acumulación. En el último imperialismo, la tecnología espacial es una fuerza destructiva: se contamina el aire y el agua de las comunidades para poner en órbita una capacidad militar de vigilancia y ataque. Mientras la burguesía busca salidas fuera de la atmósfera, deja tras de sí suelos envenenados con combustible cancerígeno y plataformas de lanzamiento que son, en realidad, monumentos a la barbarie ambiental. No hay equilibrio posible entre la conservación del planeta y una industria espacial diseñada para la guerra que busca impedir que cualquier otro respire para poder mantener el dominio planetario.
El "lado oscuro" que la misión Artemis II pretende indagar no está en la Luna, sino en el corazón de un sistema que prefiere llevar la guerra a las estrellas antes que permitir que la tecnología sirva para las necesidades de la humanidad. La única conquista real será la derrota del imperialismo mundial, para que la ciencia deje de ser un arma de guerra y se convierta en una herramienta de liberación. Por el derrocamiento de los gobiernos de la guerra y el poder en manos de la clase obrera.
