Escribe Jorge Altamira
El fracaso anunciado de la cumbre y la escalada de la guerra.
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La ‘cumbre’ Trump-Xi que tendrá lugar el 13 y 14 de mayo próximos en Pekín enfrenta una agenda ultracargada que exigiría una discusión de varias semanas, pero que carece, según los analistas, de una elemental planificación previa. El tema saliente de la reunión, la guerra no provocada de Estados Unidos e Israel contra Irán, se encuentra lejos de una salida. Trump ha amenazado con una escalada mayúscula de la guerra al rechazo de su oferta de acuerdo -en realidad, una rendición-, por parte de Irán. El denominado ‘cese del fuego’ no acordado entre Washington y Teherán no ha detenido en absoluto las hostilidades. El estrecho de Ormuz sigue bajo el control de la Guardia Revolucionaria iraní, del mismo modo que el bloqueo de los puertos de este país por la Marina de Guerra norteamericana. El Estado sionista, por su lado, parte activa de la guerra, continúa bombardeando el sur del Líbano y Beirut, así como también el sur de Siria, convertida en zona de ocupación a manos de Israel. Irán habría ofrecido, a último momento, trasladar su reserva de uranio enriquecido a un tercer país, que en el pasado estaba dispuesta a acoger Rusia, pero que ahora podría ser China. China habría ofrecido ´garantías de seguridad´ a Irán, si de ese modo reabría Ormuz a la navegación internacional, pero las autoridades iraníes han anticipado hace tiempo que pretende convertirlo en un puesto de inspección del tráfico por sus aguas.
La guerra imperialista internacional contra Irán no solamente es de naturaleza internacional, en cuanto afecta al régimen de poder en el Medio Oriente, sino porque apunta directamente a China en aspectos estratégicos: el flujo de petróleo a sus refinerías y las cadenas de producción en la región. También involucra la provisión de petróleo al conjunto del Sudeste asiático, o sea, a países costeños con el mar de China, el área más sensible de guerra mundial, que involucra a Estados Unidos, China y Japón. El hilo conductor de la guerra lanzada por el imperialismo norteamericano, como el asalto a Venezuela, el redoblamiento de las sanciones contra Cuba y la guerra contra Irán tiene un destinatario único: la República Popular China. La misma dirección tienen el arrebato de los puertos del canal de Panamá a un conglomerado de Hong Kong, por parte de Trump, o la feroz disputa desatada en las elecciones de Perú, que alberga el principal puerto de una firma China en el sur del Pacífico.
Trump se traslada a Pekín con un paquete de iniciativas que pretende convertir a la guerra internacional que ha desatado en forma unilateral, tanto económica como política, como un hecho consumado; es lo que los analistas han interpretado de la propuesta de Trump de establecer un G-2, una suerte de duopolio político internacional, con China de segundo violín. Además de esta torpeza, Trump tropieza con su incapacidad para derrotar a Irán, a pesar del desequilibrio de poder militar a su favor y con la crisis energética desatada por esta guerra. Esto lo convierte de ‘benefactor’ en mendigo. La crisis energética se ha transformado en un factor adicional de crisis en el régimen político de Estados Unidos. Un acuerdo, por ejemplo, que se limite al compromiso, por parte de China, de nivelar el comercio bilateral mediante la compra de soja y aviones Boeing, a cambio de que Estados Unidos no eleve los aranceles a la importación de bienes industriales, sería señalado como un fracaso monumental, que llevaría a una escalada militar en el Golfo Pérsico. En cuanto al acuerdo comercial mismo, no resolvería ninguno de los desequilibrios económicos internacionales.
Estados Unidos asiste a una escalada financiera en medio de una inflación empujada por los aranceles a la importación y a la suba del precio de los combustibles, una receta perfecta para un estallido. BlackRock, el principal fondo internacional, ha contraído deuda en yuanes, a una tasa de interés inferior a la de Estados Unidos, para quedarse con la diferencia (“carry trade’). Internacionaliza la divisa de China, que el Tesoro norteamericano combate, y encarece el dólar, lo que favorece a los competidores internacionales de Estados Unidos. China no puede celebrar, sin embargo, porque la demanda de su divisa obedece a la deflación de su economía y a la sobreproducción industrial y la depresión inmobiliaria. Tanto Estados Unidos como China enfrentan deudas públicas enormes. BlackRock y los fondos de crédito de Estados Unidos han establecido ‘corralitos’ financieros en perjuicio de sus depositantes, que temen una implosión financiera en cualquier momento. El sustrato de la guerra mundial es el impasse de sus dos potencias económicas y el conjunto de la economía mundial.
Trump arribará a Pekín para negociar una salida al impasse estratégico de Estados Unidos en Irán. Como aperitivo ha sancionado a grandes tecnológicas de China, acusándolas de ofrecer información satelital a Irán para alcanzar a objetivos militares norteamericanos. La “flotilla mosquito” de Irán (miles de barcazas cargadas de misiles) se ha servido de esas imágenes para infligir fuertes daños a los navíos militares estadounidenses. China se encuentra envuelta, si no directamente, en la guerra. Para varios analistas, existe el temor de que Trump ofrezca a Xi concesiones no conocidas acerca de Taiwán, con la finalidad de forzar a Irán a una capitulación. Pero Trump ha proveído a Taiwán de varias decenas de miles de millones de dólares en armamento sofisticado. La burocracia de China reivindica la integración de Taiwán al territorio continental como un asunto ‘existencial’, aunque las inversiones taiwanesas en China son significativas, porque la ve como la base política potencial, asistida por Estados Unidos, para un recambio de poder en caso de una crisis política de magnitud contra el partido comunista. Un G-2, como se la atribuye a Trump, iría contra los intereses, también existenciales, del imperialismo norteamericano.
La agenda de la reunión Trump-Xi es manifiestamente mundial. Un fracaso precipitaría un asalto contra Cuba, incluido un equivalente a Delcy Rodríguez. Las sanciones de Trump contra el Grupo de Empresas que dirige el alto mando de las FF. AA. de Cuba, podría apuntar, al igual que lo ocurrido con PDVSA, a que el gobierno norteamericano tome la supervisión del mismo, que cuenta con reservas de 14.000 millones de dólares. Lula se ha ido de la reunión que ha tenido con Trump la semana pasada, con la promesa, dijo, de que no habría una invasión de la Isla, lo que apenas disimula la intención de repetir un asalto armado a la cúpula del gobierno cubano. Pero es el otro frente de la guerra, Rusia, el que ha sufrido las mayores transformaciones, con la incorporación de los estados del Cáucaso sur al plan de convertir al corredor Zangezur, que atraviesa Armenia, bautizado como corredor Trump (Tripp por sus siglas), al norte de Irán, en una vía comercial y militar al Asia Central, hasta Kazakstán, al cual se incorporará la misma Ucrania. La prensa internacional se ha puesto de acuerdo en difundir versiones sobre “la debilidad de Putin”, en forma concertada, con el establecimiento de este cerco. “Trump está haciendo retroceder a Rusia”, se congratula una publicación norteamericana (Durden), que asegura el envío de misiles hipersónicos de Estados Unidos a Irán. En el bloque participa la totalidad de la Unión Europea, que también ha decidido formar una flota para asegurar la ‘libertad’ del estrecho de Ormuz, con posterioridad a la guerra.
Este es el contexto de la ´cumbre´ Xi Jinping-Donald Trump en la dinámica ascendente de la guerra imperialista mundial. La precariedad del evento y el carácter explosivo de un temario no acordado es una manifestación de la crisis internacional de la dominación política del imperialismo.
