Escribe Redacción
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Donald Trump ha lanzado contra Irán una guerra “à la Netanyahu”, una guerra de aniquilamiento. Bombardea centenares de blancos civiles y militares cada día, ha impuesto un completo bloqueo naval al país y ha declarado la intención de ocupar la isla de Kharg, de donde sale el petróleo iraní, y tomar por la fuerza el Estrecho de Ormuz. El asalto genocida del Estado sionista contra Gaza es aplicado ahora a una nación de 90 millones de habitantes, luego del fracaso sucesivo del propósito de extraer una rendición incondicional del régimen iraní y proceder a un cambio del mismo. Irán enfrenta una crisis humanitaria de proporciones bíblicas, porque a la crisis del agua que avanza en Teherán, Trump ha sumado la orden de destruir las plantas de desalinización existentes. De acuerdo al siempre muy bien informado periodista norteamericano Seumour Hersh, el régimen de Trump se encuentra deliberando acerca de la conveniencia de utilizar armas atómicas “tácticas” para destruir los misiles e industrias que el gobierno de Irán ha guardado bajo tierra para evitar su destrucción a cielo abierto. Nada de esto es desconocido por los estados de la OTAN que acaban de reunirse en Ankara, Turquía. Ayer mismo, en París, en las vísperas del aniversario de la Revolución Francesa, la Unión Europea estableció la llamada “Coalición Antibalística (sic)”, para dotar de misiles antiaéreos a Zelensky para profundizar la guerra contra Rusia y reformar la sucesión política de la coalición neo-nazi en Ucrania. El desencadenamiento de una guerra genocida contra Iran no ha suscitado ninguna reacción relevante de los estados del Brics (Brasil, Rusia, India, China, Sudáfrica), ni la reacción del partido Demócrata de Estados Unidos. A la cabeza demencial de Trump se le ha ocurrido declarar el control militar del Estrecho de Ormuz y a cobrar un 20% de la carga total transportada como una prima de seguro por el pasaje de los navíos. Sólo la clase obrera internacional puede parar esta guerra de aniquilamiento. Quienes saludaron el acuerdo del cese del fuego por sesenta días sobre la base de un Memorando de Entendimiento, tendrán que aplacar sus ilusiones pacifistas, que ya se tornan, a esta altura de los acontecimientos, una complicidad con el imperialismo mundial. Cuando caracterizamos desde estas páginas el comienzo de una guerra mundial, no nos estábamos “comiendo ningún amague” como los tantos que han sufrido las selecciones nacionales en el Mundial.
Trunp ha relanzado el propósito de ocupar militarmente Irán – una ‘idea’ que había desechado por el costo de vidas norteamericanas que habría representado el intento. Un intento de este tipo plantearía la necesidad de un operativo de la OTAN, algo inviable en un cuadro de desintegración del régimen de dominación capitalista internacional. Una ocupación de Irán rivalizaría con Ucrania como amenaza “existencial” declarada para Rusia, lo mismo que para China. Trump se ha entrampado, a cien días de las elecciones norteamericanas, en la necesidad de una demagogia electoral acerca del “excepcionalismo norteamericano”, frente a una población contraria a la guerra. La guerra de aniquilamiento de Irán redundará en una campaña política violenta en el interior. Trump ha mantenido, en este escenario, la posibilidad de negociaciones sin deponer la agresión criminal y la mediación de Pakistán, que recoge las posiciones de China, y de Qatar, blanco de las represalias de Irán contra el nuevo asalto de Trump. Pero Irán no está más cerca de una rendición que antes, ni tampoco la población iraní. De nuevo, la lucha para poner fin a la guerra mundial recae cada vez más en una movilización independiente de la masas. En Alemania, Volkswagen ha anunciado 100.000 despidos y una parcial reconversión a la industria de guerra para no caer en una quiebra. Toda la fábrica del capitalismo se encuentre efectivamente cuestionada.
