Tiempo de lectura: 5 minutos
En la noche de hoy, 30 de julio, Javier Milei utilizará la cadena nacional para anunciar, de acuerdo a los titulares, un proyecto de reforma de la Carta Orgánica del Banco Central y de la elección de sus autoridades. Las autoridades políticas de todo el mundo han venido persiguiendo, desde los albores del capitalismo, el objetivo de prevenir las crisis capitalistas por medio de reformas de la institucionalidad bancaria, se trate de bancarrotas o hiperinflaciones, sin mayores resultados. Desde la gran crisis de 2007/8, por ejemplo, cuyas secuelas siguen presentes, se han introducido decenas de reglas en cuanto a la conformación de los activos de los bancos centrales, para contener la emergencia de nuevas bancarrotas. El mismo Alan Greenspan, por años presidente de la Reserva Federal de Estados Unidos, reconoció, en las vísperas de aquella crisis, la inutilidad de esos propósitos cuando expresó el temor, a la revista The Economist, de que una medida preventiva e la Reserva pudiera convertirse, por el contrario, en el detonante que precipitara esa crisis.
Milei quiere introducir en la nueva carta orgánica la cláusula de que el mandato exclusivo del Banco Central debe ser asegurar la estabilidad de la moneda, esencialmente mediante la prohibición, incluso penal, de adelantar dinero para sufragar gastos del Tesoro Nacional. Ha declarado su intención de prohibir la emisión de “letras intransferibles” del Tesoro, o sea aquellas que no pueden ser negociadas en el mercado y eran renovables, en los mismos términos, al cabo de una década. El Banco Central, sin embargo, no tendría inconvenientes, bajo la misma reforma, en violar esa prohibición para emitir, mediante la compra de títulos del Tesoro (una emisión de monedas) a los bancos del sistema dispuestos a venderlos (“mercado secundario”). Domingo Cavallo hizo exactamente eso en la crisis del ‘tequila’ (1994/5), por medio del Banco Nación, cuando ya había usado el tope de emisión que estaba asignado al Central en esos años. Lo mismo ocurre ahora, bajo el mileísmo, porque desde principios de 2026, el Banco Central ha emitido 18 billones de pesos, para comprar 13.000 millones de dólares para las reservas, equivalente al 11% de la base monetaria amplia. Esa emisión enorme ha sido absorbida mediante la emisión de bonos del Tesoro, que han sido comprados por los bancos del sistema. La inflación monetaria ha sido reemplazada por una inflación de títulos públicos que tienen una tasa de retorno positiva, debido a los altos intereses; es lo que Caputo saluda cuando afirma que se está creando “un mercado de capitales”. La reforma de Milei convertiría al Banco Central en un operador de títulos públicos, como ocurre con la Reserva Federal norteamericana con la deuda pública de Estados Unidos, que es del orden de los 38 billones de dólares. La intención de todo esto es permitir al Central operar como rescatista de última instancia en caso de derrumbe de la deuda pública, en ‘coordinación’ con el FMI, con sus consecuencias hiperinflacionarias.
El palabrerío acerca de la Reforma de la Carta Orgánica del BCRA esconde varias cosas adicionales. Caputo se ha comprometido a pagar el próximo vencimiento de deuda con el FMI, por arriba de 5.000 millones de dólares, no a postergarlo otra vez más. Georgieva, de visita por Argentina, encomendó aumentar las reservas internacionales, esto para asegurarse el cobro de ese vencimiento. Para efectuar el pago es necesario ‘coordinar’ con el Tesoro y con los bancos locales para que compren títulos públicos que aseguren la absorción de los casi 8 billones de pesos que se emitan para comprar los dólares. O sea que el ‘desendeudamiento’ parcial con el FMI se obtiene por medio de más endeudamiento con los bancos; la deuda sigue igual. Algo similar vale para la exportación de petróleo de Vaca Muerta, cuyo monto de ingresos va a las petroleras, no al Estado. Para que vengan al Tesoro es necesario emitir deuda pública, de modo que las deudas que se paguen con esas exportaciones generan una deuda pública equivalente. El círculo es vicioso. Con los RIGI, que convierten a una inversión extranjera en un enclave solamente comunicado con sus financistas internacionales, el círculo se hace más vicioso aún. Que Vaca Muerta sea reivindicada, incluso más por el kirchnerismo de paladar negro que por mileísmo de corte fascista, es evidencia de una contradicción de la organización capitalista, insuperable a corto y mediano plazo. El nivel de endeudamiento alcanzado por el conjunto de los estados capitalistas demuestra que el impago de la deuda es una cuestión mundial. La otra trampa de la ‘reforma’, aunque menos sofisticada, no tiene menos importancia. Milei pretende que el mandato del actual directorio del Banco Central se perpetúe mucho máa allá de las elecciones de 2027. Las autoridades del Central son completamente ilegítimas, al menos en los últimos treinta años. Ninguna ha ejercido el cargo con acuerdo del Senado, como lo establece la Constitución; todas han sido puestas en calidad de ‘comisión’ violando los tiempos de emergencia concedidos para hacerlo de ese modo. Milei quiere obtener el acuerdo del Senado para ratificar el directorio provisorio actual, con un ‘adendo’ de que no puede ser removido sin una mayoría especial en ambas cámaras del Congreso. En Perú, donde en tres décadas han caído siete presidentes en funciones (uno se suicidó), el presidente del Banco Central ha sido siempre el mismo, impuesto por los bancos y la gran minería. El asunto de la Reforma de la Carta es el caballo de Troya del copamiento del Banco Central por los agentes de Trump y de la gran banca.
Javier Milei ha intentado fundamentar el proyecto en cuestión con un libelo, que publicó Clarín, que pretende resumir en una página 90 años de historia monetaria desde la creación del Banco Central, ocurrido en 1935. Hace recaer en este último, no en las crisis mundiales y la organización social de Argentina, la persistencia de una tendencia inflacionaria elevada.
Pero no ha sido el ‘comunismo’ quien creó el Banco en esa fecha, sino la oligarquía vacuna que gobernaba el país con su próceres a la cabeza, Federico Pinedo o Raúl Prebisch. El propósito de tener un banco central respondió a la necesidad de contrarrestar la deflación internacional de los años 30 del siglo pasado. Milei se profesa, en cambio, deflacionasionista, con un argumento de leso parasitismo, que heredó de sus maestros de aquellos años: la deflación aumenta el valor de los activos financieros, sin la necesidad de que medie el trabajo. Naturalmente, reduce la capacidad de pago de los pasivos y aumenta las quiebras y bancarrotas. El Banco Central, con todo, no logró derribar la deflación en esos años, que solamente fue abatida por la demanda de armamentos de la segunda guerra mundial.
La historia de la moneda es la historia del capitalismo y sus ciclos económicos, y no, como pretende Milei, que la historia del capitalismo ha sido determinada por la manipulación de la moneda.
El ignorante interesado también repite que Perón estatizó o expropió a los bancos. No es cierto, hizo a medias lo que reclama Milei: les puso un encaje del ciento por ciento a los depósitos. Los bancos dejaron de operar como tales, como es el deseo de Milei. Perón suprimió, con el asesoramiento en la Diputados del jovenísimo John William Cooke, el sistema de “banca fraccionada” (que crea moneda con un encaje mínimo), al que Milei también rechaza casi como una cuestión de principios morales; prefiere los fondos de inversión y las billeteras virtuales. Argentina importaba inflación del mercado mundial; no compró reservas, que le sobraban, lo que hubiera sido inflacionario sino que entregó el oro y los activos externos acumulados durante la guerra a cambio de activos amortizados, como los ferrocarriles y los teléfonos. La inflación con origen en Argentina arranca con los subsidios de Perón a los terratenientes y productores agrarios, a través del IAPI, para compensar la caída de los precios internacionales de la exportación. Durante más de sesenta ańos, el sistema agrario de Argentina fue el peso muerto número uno de la economía nacional, lo que forzó a la burguesía local y al capital extranjero a unirse en una política ‘desarrollista’. Milei, ahora mismo, se encuentra en el pantano de un larga crisis de deuda internacional de Argentina, que lo desafía a pagar deuda con mayor endeudamiento, y lo ha obligado a mandar al sótano sus ideas extravagantes (liquidar el estado y suprimir el sistema bancario de crédito). El gobierno actual ejerce un estatismo brutal para aplicar lo único que sabe hacer - el ‘ajuste’ a los trabajadores y el remate de los activos del Estado.
