Lula está en la “pole position” en medio de una pelea de Bolsonaro con la Iglesia Católica

Escribe Jorge Altamira

La libertad de credos en cuestión, mientras Trump sobrevuela el espacio aéreo de Brasil.

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Durante la campaña electoral que lo llevó al gobierno en 2017, Jair Bolsonaro popularizó la consigna “Brasil por encima de todos, Dios por encima de todo”. La primera parte del planteo nacionalista es un plagio del himno nacional de Alemania (Deustchland Überalles) y un slogan preferido del hitlerismo. El segundo tramo es diferente, en tanto tiene el propósito de movilizar a la ultraderecha evangélica. En este caso, no apunta solamente contra la democracia política sino contra el mismo Vaticano, al que disputa un control de las masas. Este conflicto ha estallado en los últimos días de la campaña electoral con ataques bolsonaristas para destronar a la patrona de Brasil, Nuestra Señora Aparecida, y minar la autoridad de la Iglesia católica; para los evangélicos, los santos son un invento del catolicismo. Por bizarro que parezca este choque, el fascismo ha sido siempre consecuente en el propósito de liquidar la pluralidad religiosa.

Este desborde de la campaña electoral ha terminado por convencer a la derecha que controla los estados y el Congreso brasileño, de establecer una tregua con el gobierno de Lula y favorecer su victoria electoral. Esa derecha, conocida como el ‘Centrão’, una amalgama de grupos parlamentarios, se quedará con una parte fundamental del botín electoral, como son los estados más relevantes de Brasil - São Paulo, Minas Gerais y la periferia sur y centro-este del país. Los amigos de la continuidad del gobierno pseudo democrático que encabeza Lula descuidan este señalamiento. El aislamiento del Ejecutivo en el Congreso lo ha obligado a gobernar por medio de “medidas provisorias”, la versión brasileña de los DNU que supimos conseguir. La gran prensa brasileña ya ha anunciado su preferencia por un cuarto mandato de Lula.

Sea como fuere, la decisión del electorado no se tomará el domingo próximo, sino en el balotaje de fin de mes. La tensión política recién empieza; las fuerzas en pugna se preparan para las tres semanas siguientes. Entre ellas, Trump y Marco Rubio. Ayer circuló la versión de que cazas F35 de Argentina, acompañados por aviones de reabastecimiento de Estados Unidos, habrían cruzado el centro sur de Brasil en una suerte de acción intimidatoria. La militarización de América Latina se está manifestando a fondo. La camarilla trumpista, sin embargo, no está convencida de que el bolsonarismo residual tenga la capacidad de encabezar un cambio de régimen político, que debería contar con el apoyo del Alto Mando de Brasil. Las FFAA no estarían dispuestas a jugar de segundo o tercer violín en el Escudo de las Américas que integran dieciséis mini gobiernos de destino incierto. El capital norteamericano quiere integrar a Brasil a su cadena de valor, a partir de la abundancia de tierras raras que posee el país – en definitiva, a la industria de semiconductores y a la Inteligencia Artificial. Los emprendimientos conjuntos entre firmas chinas, brasileñas e internacionales, para expandir la producción de vehículos eléctricos, lo tienen sin cuidado. El ensamble de la burguesía sojera con el mercado de China es invulnerable, aunque integra el bloque de la derecha anti-liberal en el Congreso. Es lo que cabe esperar de una patronal en guerra civil con los obreros del campo, los campesinos y las comunidades indígenas.

Brasil atraviesa una crisis financiera importante y un declive de la producción industrial. La deuda pública es de alrededor de los 2 billones de dólares con vencimientos promedio de cuatro años. El déficit fiscal, un 8% del PBI, comporta el equivalente a 160.000 millones. La estrechez financiera lo ha forzado a sostener una tasa de interés de referencia muy elevada, que retroalimenta la espiral. El cuarto mandato será de ajuste, como el que marcó la caída del gobierno de Dilma Roussef en 2016. El capital financiero internacional usará esta vulnerabilidad para condicionar la gestión de un cuarto mandato lulista. Incluso si Lula ratifica la continuidad política, su partido, el PT, obtendría victorias reducidas en los estados, bajo la forma de coaliciones con los caciques regionales.

La izquierda brasileña, con alguna excepción, se agrupa como minoría en el PSOL, una muy antigua escisión del PT. El apoyo al gobierno de coalición patronal de Lula es incondicional; lo mismo el apoyo electoral a su reelección. Por medio de esta adaptación procura obtener parlamentarios, incluso en el Senado. Es un peso muerto para la clase obrera, cuando toda la crisis de dominación internacional del imperialismo, la guerra y el desarrollo de una crisis financiera sin antecedentes de la actual magnitud, abre un período de agudización de la lucha de clases.

Este escenario indica que Lula obtendrá la “pole position” en la carrera al balotaje.

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