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“Miles de personas marchan en Brasil contra un posible regreso de los Bolsonaro al poder”, titula Infobae su edición del jueves 8. La manifestación tuvo lugar en Río de Janeiro, la metrópoli operativa de las milicias parapoliciales del bolsonarismo. La demostración no es la única expresión de que la segunda vuelta electoral se pelea, hasta cierto punto, relativamente independiente de la primera. En los números, Flavio Bolsonaro tiene asegurado el balotaje, porque ha reunido junto a otros candidatos de derecha y centro derecha un 55% de los votos. La victoria de un golpista envuelto en varios escándalos de corrupción representa una imagen invertida del fracaso del gobierno de coalición de Lula, en cuanto a una mejora de las condiciones de vida y de trabajo de los trabajadores. Lula ha dado una pelea ‘geopolítica’ contra Trump en el plano de la disputa internacional, a espaldas de las propias masas. Un comentario frecuente, aunque no sustanciado, en las últimas horas, sostiene que parte de la abstención del primer turno corresponde al electorado petista en el nordeste brasileño. Bajo la inspiración de las luchas en Francia, Bélgica y España, podría comenzar una escalada de movilizaciones. Lula, sin embargo, está resueltamente opuesto a cualquier ‘radicalización’ de la situación presente y ha decidido poner en el primer plano al vicepresidente Gerardo Alckmin, para recuperar al electorado ‘moderado’.
Pero el segundo turno electoral tiene su propia pelea política. Flavio Bolsonaro pretende, por lo pronto, rodear un indulto a su padre, condenado a 27 años de cárcel, por golpismo fragante y agresión al “estado democrático de derecho”, con una amnistía generalizada a centenares de condenados por vandalizar el Planalto de Brasilia el 8 de enero de 2023, luego de un sostenido acampe ante los cuarteles del ejército para incitar a un golpe militar. Entre los condenados hay cinco jefes militares de alta patente. Es un tema que afecta las relaciones futuras entre un gobierno bolsonarista y las fuerzas armadas. No existen sondeos que hayan evaluado el interés por este asunto en el electorado. Bolsonaro ha anunciado también la intención de introducir enmiendas constitucionales en el Congreso, en especial en cuanto al Poder Judicial. El Superior Tribunal de Justicia ha protagonizado una serie de actos que lo han envuelto en una crisis mayúscula, incluso en ataques por parte de Donald Trump. La sospecha de que podría iniciar una serie de juicios políticos a los cortesanos ha desatado preocupación en el Congreso. Poner un énfasis en estos asuntos en una segunda vuelta ganada, en principio, de antemano, rodea al balotaje de incógnitas políticas. Lo que es claro, en todo caso, es la intención de alterar la Constitución votada en 1988, falsamente ponderada como democrática. Lula, en aquella ocasión, se abstuvo. La agenda de Bolsonaro promueve un cambio de régimen político, por medio de Propuestas de Enmiendas Constitucionales o PEC, sin el recurso a una Asamblea Constituyente. La derecha tiene una amplia mayoría en el Congreso. El programa de Bolsonaro es de una guerra de clases, especialmente en el campo, en la educación y en las grandes concentraciones obreras.
Otro tema en desarrollo es el proyecto de acortamiento de la semana laboral, de 6x1 a 5x2, respetando el asueto dominical. Cuenta ya con la media sanción de Diputados; el bolsonarismo, que reivindica el 6x1, quiere que el Senado lo trate después del balotaje del 25 de octubre. En cualquier caso, no será aprobado antes de esa fecha porque requiere hasta cinco sesiones para su votación final. Presentado como una conquista, el proyecto lulista es tramposo, porque admite convenios individuales o por empresa, y la prevalencia de los acuerdos entre privados sobre la ley. La polémica en torno a una cuestión laboral esencial seguramente afectará el voto, con independencia de que pueda alterar el resultado en su conjunto. Es claro, sin embargo, que una y otra coalición tienen decidida una política de ajuste, para mitigar el 8% de déficit fiscal sobre el PBI, y un cronograma de vencimientos de la deuda pública muy apretado y exigente. Brasil paga por ella la tasa de interés más alta del mercado internacional.
En la cuestión del endeudamiento de la población, Bolsonaro ha declarado que apoya el planteo de Lula – “Desenrola”. El punto es que absorbe las deudas largamente irrecuperables por un tope de 10.000 reales, o 2.000 dólares, o 2 millones y medio de pesos. Pero la carga relevante, para millones de familias, es del orden de los 200.000 millones de reales. El crédito al consumo ha sido un filón enorme de los beneficios de los bancos.
Más allá de la incidencia de esta crisis en el resultado del balotaje, es claro que marca una agenda de grandes contradicciones y conflictos en el mandato próximo. La incorporación de Brasil al Escudo de las Américas abre las fronteras del país al militarismo norteamericano. Convertiría a Brasil en un cómplice del intento de hacer de Cuba un protectorado del imperialismo norteamericano. No se puede cerrar esta reseña sin señalar la complicidad de la izquierda oficial de Brasil con el actual estado de situación. Juega a un parlamentarismo ficticio y a una critica retórica a Lula, sin la menor intención de preparar al inmenso proletariado de Brasil para una acción histórica independiente.

