Escribe Jorge Altamira
Una avalancha a lo largo y ancho del país.
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“Acabamos de recibir una lección sobre la democracia de Brasil con el voto del pueblo brasileño”, capituló Lula da Silvia al conocer los resultados de la primera vuelta disputada el domingo reciente. Para The Wall Street Journal, por el contrario, “La campaña electoral ha sido una de las más viciosas de la historia democrática de Brasil”. No solamente estuvo marcada por una ola de denuncias de corrupción que involucraron, por sobre todo, al candidato de la ultraderecha, sino que quebraron políticamente al Superior Tribunal de Justicia, envuelto en la mega estafa que llevó a la disolución del bancos Master y al arresto de su dueño, Daniel Vorcaro. Donald Trump sometió a Brasil a sanciones tarifarias por motivaciones de todo orden, desde el reclamo de la supresión del sistema público de pago inmediato, conocido como Pix, a la exigencia de que fuera liberado el expresidente Jair Bolsonaro, condenado a 27 años de prisión por golpismo. La reivindicación electoral del elenco golpista de enero de 2023 es una manifestación de la quiebra de la democracia política.
Los dos puntos de diferencia que ha conseguido Flavio Bolsonaro contra Lula en el primer turno, es una expresión infiel del derrumbe sufrido por el gobierno del Frente Brasil Popular. Sumado a los otros tres candidatos con relevancia electoral, la ultraderecha reúne, con matices, al 56% del electorado. Pero cuando se la coteja con las elecciones a las gobernaciones estatales y al Congreso, el panorama es aplastante. Desde Minas Gerais y Pernambuco hacia el sudeste, los ocho estados que concentran el PBI de Brasil, la derecha gana en el primer turno; en el caso del Estado de São Paulo, el derechista Tarciso de Freitas se impone con más del 60% de los sufragios a Fernando Haddad, el ministro de Economía de Lula. El partido Liberal de Bolsonaro duplica su representación parlamentaria; el PT crece el 12%. El PT consagra solamente dos gobernadores, en Bahía y en Fortaleza; el resto del nordeste se reparte entre la derecha oficial y la coaligada al Frente Brasil Popular. Están reunidas las condiciones para que la derecha ocupe las vacantes que dejarán los jueces de los tribunales superiores. La derechización del aparato estatal no podría ser más completa. Si Lula revirtiera en el balotaje el resultado del primer turno, su cuarto mandato lo tendría como rehén político, sujeto a cualquier iniciativa de juicio político.
A la vista de los resultados, las medidas adoptadas por Lula en la última semana de la campaña no le han aportado ninguna ganancia. La supresión del juego en línea, al que se adjudica el endeudamiento incontrolado de la llamada población vulnerable, es probable que haya suscitado una contraofensiva de los negocios de apuestas y de los clubes de fútbol, que recogen parte de esos recursos. En cuanto a la compra de la cartera insolvente de los bancos por el 10% de su anotación contable, seguramente sufrirá cambios mayores, si no es que se abandona para favorecer las llamadas negociaciones privadas.
El endeudamiento personal en Brasil es simplemente descomunal, que funciona como palanca del consumo frente a los bajos ingresos personales. Tampoco el aumento de la Bolsa Familia y el salario, escasamente por encima de la inflación, han apuntalado al gobierno presente. Brasil enfrenta una tormenta financiera perfecta, pues tiene una deuda pública de dos billones de dólares, un 90% del PBI, concentrada en el corto plazo, más otra deuda internacional privada enorme, aplicada al mercado accionario y a obligaciones privadas. Para contener una fuga de capitales y corridas cambiarias, tiene uno de los mayores "carry trades" del mundo, con una tasa de interés anual (Selic) del 15%, que ya ha tenido picos prolongados por encima del 25 %. Una carga explosiva para la economía y la población. Las consecuencias son visibles para el Tesoro: el déficit primario de menos del 1%, como consecuencia de una política de ajuste ‘ortodoxa’, se ha convertido en un déficit fiscal del 8%, luego del pago de los intereses. La ultraderecha, de ratificar los resultados en las próximas semanas, gobernará sentada en un volcán.
El resultado del primer turno ha vuelto a ser descripto como “un voto castigo” al gobierno, que, bien mirado, es una frase de circunstancias que no explica nada. La coalición gubernamental presidida por Lula ha gobernado en función de los intereses de clase que representa, como no podía ser de otro modo. Esos intereses de clase son, sin embargo, contradictorios, no homogéneos, competitivos con una realidad capitalista mundial sumida en la anarquía. El giro político del aparato de Estado hacia la derecha sin resistencia, que arranca con el golpe de Estado contra la expresidenta Dilma Roussef, es la expresión de la ausencia del proletariado en este escenario, en calidad de fuerza histórica independiente. La pequeña burguesía petista ha sido políticamente instrumental a favor de este desarrollo. Es precisamente la razón por la que tiende a desaparecer del escenario político brasileño y dejar un legado nefasto. En condiciones desfavorables de atomización política, una parte de las masas, en especial la pequeña burguesía, desarrolla una tendencia reaccionaria y busca la protección represiva del Estado para defender sus ‘derechos adquiridos’.
Una consagración de Flavio Bolsonaro llevaría a Brasil a integrar el Escudo de las Américas, el instrumento político-militar de Donald Trump. Esto abriría, probablemente, un estado de deliberación en las fuerzas armadas de Brasil, tironeadas entre la dependencia del Pentágono y una insistencia retórica en su autonomía. Sumiría a Brasil en una cuasi guerra civil, dada la penetración social de las grandes organizaciones del narcotráfico – el Comando Uno de la Capital y el Comando Vermelho. Brasil no tendrá de aquí en más ni Orden ni Progresso, las dos consignas instaladas por la Vieja República.
Los BRICS, China y Rusia han sufrido una derrota. Una presidencia Bolsonaro no desalojaría a China de la condición de primera inversora extranjera, dados los lazos que guarda con el agronegocio y la asociación con el capital internacional para producir Vehículos Eléctricos. En cuanto a la disputa con Donald Trump por el control de la cadena de producción para explotar los minerales raros, el pronóstico es reservado. China habría ofrecido instalar en Brasil la refinación de la materia prima, que es la cuestión central de la cadena; Silicon Valley, el conglomerado de firmas de semiconductores e Inteligencia Artificial, quiere ese monopolio para sí. Pero incluso un gobierno brasileño trumpista podría resistir esa pretensión. Es un conflicto que se dirimirá en el escenario internacional.
Lula dará la pelea por el balotaje con todos los recursos de una presidencia en funciones. Buscará achicar la masa de abstenciones (20%) y pelear un punto de los votos del médico Cury, el menos derechista de los tres candidatos excluidos. Podría poner en práctica, como está previsto, la compra de carteras de los bancos para reducir en forma drástica las deudas insolventes. Intentará ganar la participación de algunos gobernadores de posición intermedia y derrotar a Bolsonaro, por supuesto, en el debate entre candidatos a la presidencia.
Las circunstancias políticas inmediatas son, sin embargo, secundarias. Bolsonaro es la incorporación de Brasil a la guerra imperialista – gastos para el rearme, serrucho social. En una situación de default potencial, enfrenta una crisis financiera internacional que aumenta el costo de la refinanciación, aunque no lo refleje aún el llamado riesgo-país (pero puede ser contagiado por la endémica Argentina). Circunstancias análogas han sacado a la juventud estudiantil de Francia a la calle y a una masa policlasista en España contra los monopolios inmobiliarios; podría declararse un paro general de las centrales sindicales. A través de estas experiencias históricas se irá desarrollando una consciencia de clase proletaria, luego de las derrotas propiciadas por la socialdemocracia y el stalinismo, que llevaron a la disolución de la URSS y a la conversión de China en una enorme plataforma de acumulación internacional de capitales.

