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Las elecciones brasileñas constituyen un episodio en la guerra imperialista para someter a América Latina en un protectorado político de Estados Unidos. Por si mismas no resuelven ningún aspecto de esta crisis histórica, como lo pretenden quienes elevan al voto popular a la categoría de manifestación inquebrantable de soberanía política. El resultado del primer turno, el domingo 4 de octubre, dará paso a cuatro semanas de disputas y provocaciones aún más acentuadas, que podrían desatar, en sus variantes más extremas, una intervención militar. En Brasil se encuentra instalada una tendencia paraestatal, relativamente fuerte, que se manifestó, al año pasado, en el asalto a las favelas de Río de Janeiro por parte de milicias movilizadas por gobernadores de ultraderecha al margen de las autoridades federales y de las Fuerzas Armadas.
El cuadro electoral señala un hecho incontrastable –el futuro Poder Ejecutivo no contará con una mayoría federal de estados ni del Congreso Nacional. Es lo que ocurre con el gobierno actual del Frente Amplio (confundido como Gobierno del PT), pero también, de modo diverso, si ganara el agente de Trump, Flavio Bolsonaro. Una primera minoría de gobernadores de ultraderecha seguirá pivotando en torno a sus propios intereses; Bolsonaro no ha logrado un candidato a vicepresidente por fuera de su pseudo Partido Liberal; el nivel de la abstención electoral se anuncia elevado. Los patrocinadores internacionales de Bolsonaro, la camarilla de Trump, tienen también una agenda contradictoria. Para Marco Rubio, el secretario de Estado, una derrota o derrocamiento del Frente Amplio es necesaria para apuntalar su propósito de asalto militar a Cuba. Quienes ven a las elecciones brasileñas como una competencia de opciones, se equivocan a sus propias expensas.
La pertenencia a los BRICS no ofrece a Brasil ni al Frente Amplio una defensa internacional. China en particular pretende continuar su instalación inversora en América Latina a la sombra de la tutela político-militar del imperialismo norteamericano; lo prueba la concesión de su primacía en el canal de Panamá, la tolerancia con el asalto militar de Trump a Venezuela y la aceptación de una coexistencia inestable con Keiko Fujimori en Perú. Lo mismo ocurre con Rusia, que se ha visto desalojada sin resistencia de la cuenca petrolera venezolana del Orinoco. Lula ha acogido favorablemente el planteo de reincorporar al protectorado venezolano al Mercosur, efectuado por Santiago Peña, el presidente de Paraguay, ofreciendo un campo de operaciones políticas a Donald Trump. Pero con una deuda pública de corto plazo (cuatro años) de 1.8 billones de dólares, un déficit fiscal de 0.9 billones y un nivel enorme de insolvencia en cuanto a deudas bancarias personales, el Frente Amplio pagaría su victoria electoral con un ajuste de cuentas severo, que ofrecería un margen de acción elevado para el imperialismo estadounidense. La cúpula petista se encuentra dividida en cuanto al ajuste, que es apoyada por una mayoría. La agenda del ajuste afectaría fuertemente a una gestión Bolsonaro, quien no podría construir un base fascista en esas condiciones, más allá de la clase media carioca y los grandes patrones agrarios de la Amazonía o del interior de los estados de Río Grande do Sul, Santa Catarina y Mato Grosso do Sul. Las elecciones del mes de octubre son uno de los estadios preparatorios de grandes confrontaciones políticas ulteriores. La derrota del fascismo no es posible por medio de la herramienta electoral, ni la aleja como fuerza contrarrevolucionaria. Para que sea extirpado del cuerpo social y político, es necesario liberar a los trabajadores del chaleco de fuerza de la conciliación de clases y de la ilusión en el frentismo popular.
Pero la llamada izquierda brasileña se esmera en el seguidismo a la burguesía y al Frente Amplio con una consecuencia creciente a medida que la crisis se agrava. El PSOL, con funcionarios propios en el gobierno del Frente Popular, busca obtener legisladores colgado del apoyo al gobierno, al igual que lo hace el PT, que no disputa virtualmente ningún estado en forma independiente. Esto explica el raquitismo estructural del PSOL, luego de dos décadas. La clase obrera de Brasil, aunque no desempeña un lugar histórico independiente en este cuadro pre-revolucionario, no ha dejado de luchar por sus reivindicaciones, en especial en la gran industria y en la Educación Nacional. En la memoria histórica de los trabajadores de Brasil permanece viva la lucha que libró para desalojar a la última dictadura, mediante manifestaciones de masa y ocupaciones de los lugares de trabajo.
Mientras Brasil es un fulcro de contradicciones históricas explosivas, el cerco contrarrevolucionario a Brasil que Trump ha ordenado al fascista Milei ha agotado sus posibilidades. Argentina se encuentra en un estado de impasse catastrófico y el gobierno enfrenta episodios de default con su deuda pública. Las contradicciones de la organización capitalista se imponen en definitiva por encima de las ‘regulaciones’ del gobierno y del Estado. La continuidad de Milei está puesta en juego, de una forma u otra. Entre los trabajadores progresa la convicción de la necesidad de una huelga general. La llamada derechización de América Latina se encuentra socavada por todo el desarrollo de la guerra imperialista internacional.

