Escribe Aldana González
Protestas contra los negociados inmobiliarios de los Trump, reclamos por mayor presupuesto de educación y contra la carestía.
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Albania vive una ola de protestas que tuvo su primer tiempo en mayo, cuando las movilizaciones diarias luchaban contra dos megaproyectos turísticos de lujo en la costa de Zvërnec –que linda con la laguna de Narta– y la isla de Sazan, en el mar Adriático, impulsados por Jared Kushner –yerno de Donald Trump–. La inversión de aproximadamente 1.400 millones de euros contempla construir villas exclusivas y complejos hoteleros con capacidad de hasta 10.000 unidades de alojamiento de ultralujo.
Los ambientalistas denuncian que afecta un humedal protegido cuya legislación fue modificada a la medida del proyecto de la familia Trump. La laguna de Narta y sus zonas protegidas colindantes son un ecosistema virgen crucial para la ruta migratoria del Adriático. Es el hogar y refugio de miles de flamencos rosados, pelícanos ceñudos (especie en peligro), tortugas marinas y focas monje del Mediterráneo. Por eso se la conoció como “Revolución de los Flamencos”.
En mayo y junio, las movilizaciones reunieron a miles de personas en Tirana y otras ciudades de Albania y ya se perfilaba que no se trataba de una lucha por una reivindicación parcial, sino que condensaba el descontento por el descalabro económico y 30 años de restauración capitalista en el país.
Este segundo tiempo de protestas, que comenzaron el 13 de octubre y se han intensificado en los últimos 15 días, sigue un pliego de reivindicaciones más amplio y reclama la renuncia del primer ministro Edi Rama, que va por su cuarto mandato. Los manifestantes denuncian altos niveles de inflación, salarios bajos, alquileres muy costosos, malas condiciones educativas y la falta de oportunidades que empuja a miles de jóvenes a emigrar. Uno de los focos de las denuncias es la corrupción, pero los manifestantes apuntan también al principal líder de oposición. En las protestas, la multitud corea “Rama en prisión” y “Berisha en prisión”, en referencia al primer ministro y al dirigente opositor Sali Berisha. Son los exponentes de los dos partidos que se alternan en el poder desde 1991: el socialista y el Partido Demócrata. Los manifestantes responsabilizan a ambos referentes y al resto de la dirigencia política por la situación del país. Es una suerte de “que se vayan todos”.
Los estudiantes, que exigen una reducción de las matrículas universitarias y mayor inversión pública en educación, son el motor de la lucha. Diariamente se convocan en las puertas de las universidades y de allí se movilizan hasta el Ministerio de Educación.
Los albaneses se están enfrentando cada día a la policía, que reprime con carros hidrantes, gases lacrimógenos y balas de goma. Hay más de 200 detenidos, libradas más de 60 órdenes de captura contra manifestantes y abiertos 344 procesos penales. A pesar de las graves denuncias contra la brutalidad policial, solo hay nueve policías investigados.
Edi Rama es del Partido Socialista, pero es afín a Trump. A tono con el fascista, atribuyó el levantamiento popular a “actores extranjeros” y acusó a Rusia e Irán de promover desinformación en internet. Declaró que se trata de una guerra “híbrida” y que el movimiento “antifa”, que “recorre Estados Unidos y Europa”, está detrás de los “disturbios”. Afirmó que promulgará una nueva ley que permita imponer multas de más de 550 dólares a “cualquiera que decida permanecer en una multitud” donde haya actos de violencia o saqueos, o a personas que “oculten su identidad” en el espacio público. El proyecto de Rama plantea ajustar las multas a diferentes niveles de participación en posibles protestas, incluso considerando la figura de “protesta ilegal”, intentando regimentar la participación política de las masas.
El país vive un boom turístico en la Riviera albanesa que contrasta con uno de los niveles de vida más bajos de Europa. El aumento de los alquileres que genera este boom empeora la situación de los inquilinos, como pasa en España y otras ciudades de Europa. A pesar de que el país tiene solo 2,4 millones de habitantes, el ingreso per cápita es de 12.900 dólares, uno de los seis más bajos de Europa. La carestía y la falta de combustible como consecuencia de la guerra, empeoran un lastre que viene de lejos.
Casi dos millones de personas emigraron desde la caída del estalinismo en 1991. La restauración capitalista de Albania fue la más brusca y caótica de Europa del Este. El país pasó de un aislamiento absoluto -incluso respecto de los demás países soviéticos- y de una economía super planificada a un capitalismo ultra desregulado que llevó al país a un colapso. El régimen burocrático de Enver Hoxha -que trascendió a su muerte hasta 1991- dejó al país en un aislamiento total, rompiendo relaciones sucesivamente también con la Yugoslavia de Tito, la URSS y China, restringiendo gravemente el comercio internacional. Cuando se habilitaron los partidos políticos para participar en las elecciones, el país dio un vuelco al capitalismo desregulado, a pesar de que la “nueva dirigencia” era parte de la vieja burocracia. La economía se abrió de golpe. El colapso en la producción contrajo el PBI a casi un tercio y generó un desempleo masivo. La disolución de las cooperativas agrícolas destruyó el suministro y provocó hambrunas y saqueos, lo que generó un éxodo en masa. El PBI se recuperó en los años siguientes, para volver a caer debido a una estafa nacional. En 1996 y 1997 muchas familias albanesas vendieron sus propiedades para meterse en un esquema Ponzi que llegó a cuantificar la mitad del PBI del país. Cuando las pirámides empezaron a caer, la población perdió sus ahorros y sus bienes y se desató un enfrentamiento armado, casi una guerra civil, que tumbó al gobierno demócrata y provocó la intervención de la ONU y tropas extranjeras.
Recién a comienzos de siglo Albania logró “estabilizarse”, impulsada por el turismo y los servicios -y las remesas de la diáspora-, pero la precarización laboral, la economía en negro y las condiciones de vida miserables persisten, azuzadas por la crisis capitalista mundial que solo empeora las cosas, promoviendo un canal de expresión en las protestas que se dan en todo el país y que deben encontrar un canal independiente para superar a todas las variantes empobrecedoras del capital.
Albania ha sido, desde la restauración capitalista de fines de los años 80, el escenario de grandes rebeliones populares.

