A un año de las PASO de 2019

Escribe Jorge Altamira

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El aniversario de las PASO del 11 de agosto del año pasado ha sido tratado con descuido por la mayor parte de los medios de comunicación y las publicaciones políticas. El hecho no deja de ser curioso cuando se tiene en cuenta el lugar neurálgico que ocupó en el realineamiento político en el país. La distancia infranqueable que el FdT consiguió frente al macrismo había sido precedida por tres derrotas al hilo del kirchnerismo – en las de 2013, las presidenciales de 2015 y las de 2017.

“Cristina eterna”

La victoria abrumadora del kirchnerismo en las elecciones de 2011 había alimentado la ilusión de una reforma constitucional que habilitara un tercer mandado para CFK (“Cristina eterna”), precisamente cuando el proceso económico en curso había entrado en la fase de un agotamiento irreversible (lo bautizamos un “bonapartismo tardío”). La fantasía había arrancado en 2010, cuando los observadores de ocasión vieron en los festejos del Bicentenario la inauguración de una “Argentina kirchnerista” – impuesta por una victoria en la “batalla cultural”. En 2011, sin embargo, comenzó a tomar forma la recesión industrial, una acentuación de la inflación y el crecimiento de los índices de pobreza. Los capitanes de la industria y la banca que no dejaban de asistir a ninguna de las peroratas que tenían lugar en los salones de la Casa Rosada, advertían de una “crisis de financiamiento”, justo cuando la liquidez internacional abundaba y las tasas de interés disminuían. La consigna capitalista era aprovechar el ´desendeudamiento´ para reiniciar un ciclo de endeudamiento internacional. Ese ´desendeudamiento´ no era, por cierto, tal, sino el atiborramiento de títulos públicos en el Fondo de Garantías de Anses, el Banco Central y el Nación (que en ese entonces tenía por deudor principal al estado, no a Vicentín). La deuda pública de Argentina había subido a más de 200 mil millones de dólares, y penalizaba al sistema previsional y a la banca pública con una desvalorización abismal.

Esta reversión del crecimiento económico “a tasas chinas”, cristalizó un proceso político previo de deserciones en el gobierno, que había visto la partida sucesiva de Lavagna, Alberto Fernández y Sergio Massa. Según decían los mentideros políticos, la Presidenta se replegaba a un régimen de gobierno de “la Cámpora”. Quienes desprecian los realineamientos de las clases, que tienen lugar en función de las crisis capitalistas, para explicar los cambios y virajes políticos, caracterizaron este proceso como un choque entre el “autoritarismo” y “la república”. Se trataba de otra cosa: del empastamiento de la acumulación capitalista.

Agotamiento

El ´período macrista´ comenzó en 2013, porque tradujo en las urnas el agotamiento del kirchnerismo y el final de la ilusión reeleccionista. Seguro de capitanear la sucesión de CFK, Massa le dio a Macri apenas dos lugares secundarios en las listas bonaerenses del Frente Renovador. El macrismo contragolpeó mediante la alianza con la UCR, que le dio aparato nacional, y con la Coalición Cívica. Se desvanecía de este modo otra coalición, que hoy pocos quieren recordar: la de Carrió con Pino Solanas, quien luce hoy como embajador del gobierno de los Fernández. El frente anti-kirchnerista llegó, de todos modos, peligrosamente dividido a las elecciones de 2015, que ganó en segunda vuelta por un cuarto de cabeza. El macrismo ganó nada menos que la provincia de Buenos Aires, mostrando, otra vez, la inconsistencia de la interpretación de la política en términos ideológicos – en este caso el peronismo “de las masas”. Les había ocurrido lo mismo a Ítalo Luder y Herminio Iglesias en 1983.

La tendencia política prevaleciente se manifestó enseguida en el nuevo gobierno, que armó una coalición parlamentaria con el peronismo no kirchnerista. El endeudamiento internacional acelerado que siguió al arreglo con los fondos buitres fue apadrinado por más de la mitad de los que gobiernan ahora. Macri y Massa fueron de la mano a Davos, la cumbre del capital financiero. Ese endeudamiento y el blanqueo de dinero fugado o evadido que votó el Congreso, fue premiado en las elecciones de octubre de 2017 – una especie de espejismo de bienestar financiero. (En las polémicas en el Partido Obrero, el Comité nacional de ese momento caracterizó la situación prevaleciente como “una crisis de poder”, algo que modificó a partir de 2018, cuando rechazó que el derrumbe estrepitoso de la economía que disgregó el frente de apoyo al gobierno macrista, hubiera abierto “una crisis de poder”).

“Es el capitalismo” y sus políticos

La catástrofe económica que arrancó a principios de 2018 no ha sido caracterizada debidamente todavía. Es cierto que hubo un endeudamiento ´incontrolado´, pero este era el mandato que había recibido el macrismo, en primer lugar, de la gran burguesía local, en segundo lugar, por parte del electorado. De otro modo no se hubiera podido facilitar las remesas de dividendos e intereses al exterior – una condición para recibir financiamiento internacional. Más dislocador que el endeudamiento fue el llamado “carry trade”, que consiste en tomar dinero a tasa baja en el exterior para invertirlo a tasas elevadas en el país, mientras se mantiene una cotización estable del dólar. Es un punto central, porque el planteo de recuperar financiación internacional escondía las tendencias desintegradoras del capital financiero, que no se reducen a adelantar crédito para proyectos productivos, sino que consisten, principalmente, en un aprovechamiento sistemático de los desniveles que se desarrollan en la economía mundial, para arrancar ganancias especulativas. En Argentina, la fuga del capital recién ingresado para operaciones financieras provocó una cadena de devaluaciones – que es lo que llevó efectivamente al default. Más allá de las responsabilidades políticas de los protagonistas, en este caso la coalición del macrismo y el peronismo no kirchnerista en el Congreso y con los gobernadores, el factor disolvente más poderoso de la crisis política que se desató a principios de 2018, fue el elevado peso del parasitismo capitalista en la economía mundial, bajo la forma de fondos que canalizan capitales ficticios, y del otro lado, los sacudimientos cada vez mayores que sufre toda la acumulación capitalista internacional. Este factor dislocador se hace más evidente cuando se tiene en cuenta el macizo apoyo político internacional que recibió el macrismo desde el primer día. El descalabro de Argentina representó un golpe político severo para los gobiernos que apadrinaron al macrismo – en primer lugar, el de Donald Trump.

En este cuadro, los partidos patronales no dudaron, ni un momento, de la necesidad de un cambio político. Ello se manifestó de inmediato en el oficialismo, donde un sector planteó un gobierno de coalición con el peronismo ´amigo´, el mismo que hoy gobierna con los Fernández, planteado por el sector del PRO que hoy integra el trío de la pandemia. Larreta, Vidal, Monzó, Massot, Santilli y Ritondo, incluso Prat Gay, se destacaron en este intento, además de un sector de la UCR. Se supone que este intento fracasó por la desconfianza que suscitó en los fondos internacionales más ligados al macrismo, por ejemplo, Templeton o Pimco, que temían por pérdidas siderales de sus inversiones si Macri no conservaba el monopolio de las decisiones oficiales. El fracaso de un realineamiento en el campo oficial dio nacimiento al bloque de Schiaretti, Pichetto, Urtubey y Massa – es decir que el bloque de los Fernández no nació de un vacío político sino de la inviabilidad de diversas alternativas de alianzas con que la burguesía buscó resolver la crisis política y, a través de ellas, su propia quiebra. Ese bloque de cuatro, luego con Lavagna, se desintegró como consecuencia de su carácter artificial, lo que los llevó a integrarse luego en alternativas antagónicas.

Recurso último y el FIT

A la luz de este desarrollo, la reconciliación política de AF, Massa y CFK (más los gobernadores con elecciones provinciales separadas) aparece como un recurso último para evitar la caída estrepitosa del macrismo y la formación de un gobierno de emergencia que recordaría al 2001. No representa ninguna clase de ´modelo´, porque simplemente se adapta a cada circunstancia de la crisis – por momentos pretende convertir a Argentina en potencia exportadora a través de Vaca Muerta; luego reivindica el mercado internismo, para pasar más tarde a vislumbrar un poder agro-industrial de la mano de una alianza comercial y financiera con China. Representa una salida inestable, que en estos ocho meses de gobierno ha inaugurado alianzas de hecho con todos aquellos que fracasaron por sí mismos para viabilizar una salida política con anterioridad. Se asienta sobre un derrumbe económico más acentuado, incluso después del arreglo de la deuda internacional con el fondo BlackRock, afectado también por la pandemia, como todo el mundo capitalista. Es caracterizado como tal régimen de emergencia, o sea transitorio, por las grandes potencias que apoyaron a Macri, como se ve en las disputas con Bolsonaro y Trump, en temas como el Banco Interamericano o la crisis en Bolivia.

El Frente de Izquierda simplemente ignoró la crisis política; esta es la razón de que no tuviera ninguna consigna política para el periodo que va de principios de 2018 hasta entrado 2019. La ausencia explica que fuera ignorado a su vez por los trabajadores, en primer lugar, con caídas fuertes en las elecciones provinciales separadas que tuvieron lugar a lo largo del año. Luego en las presidenciales. El ofrecimiento de un ángulo propio a las masas -Fuera Macri, Constituyente soberana-, habría servido, como mínimo, para ilustrar y clarificar a los trabajadores acerca de lo que es una ley de este período: crisis de poder de magnitud. La pasividad frente a la crisis política está vinculada a una caracterización por completo interesada de la etapa, en que las crisis políticas y de régimen de los estados capitalistas son presentadas como inocuos para la lucha de clases, y la preparación política socialista sistemática es reemplazada por el oportunismo electoral y parlamentario.

Un período de crisis y rebeliones

El kirchnerismo ha abandonado las diatribas contra el capital financiero y su ambición se reduce, en primer lugar, a encontrarle futuro a Máximo, y en segundo lugar a impulsar todas las ´reformas´ que exige la burguesía, acompañadas de un régimen de asistencia social, más deteriorado que en el pasado. Pretende incluso acentuar la superexplotación social mediante la creación de ´módulos productivos´ de trabajadores desocupados, a cambio de ingresos de miseria. La tela de la demagogia social ha quedado muy corta.

Aún más que en el pasado reciente y menos reciente, Argentina será arrastrada por una crisis capitalista de envergadura histórica sin precedentes, con espaldas más débiles que otras naciones. Esta perspectiva determina el futuro del gobierno de los Fernández – una coalición improvisada de última instancia para evitar situaciones revolucionarias.

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