[Correo de lectores] Solano, el aparato en toda su grosería

Escribe Julio G.

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En el Correo de Lectores de Política Obrera el compañero Nahuel BA (10/12/19) aborda, muy agudamente, el discurso de Solano en el cierre del picnic en Parque Sarmiento. Solano habla todo el tiempo “del gran debate en el 26° congreso” pero jamás señala en que consistió y, menos aún dice que, para silenciar “el gran debate”, el aparato del PO excluyó de los plenarios a Altamira y a Ramal, los llenó con sus alcahuetes, que procedieron en forma autoritaria; cuotificó los debates para que situación política se aprobara en treinta días o menos, y boicoteó el documento en disidencia de Altamira.

El mérito del compañero Nahuel consiste en hacer visibles las cuestiones fundamentales que hacen a la crisis del PO, y que Solano oculta, a saber: la caracterización de la etapa histórica y del agotamiento capitalista, la crisis mundial y los períodos de guerras y revoluciones que esta abre, la cuestión del método de análisis, etc. Sin embargo, hay un punto que el compañero Nahuel no desarrolla y este constituye, según mi punto de vista, el núcleo de la intervención política de Solano.

Partido de combate vs Partido de Propaganda

Solano, en el discurso de cierre del picnic, afirma una y otra vez que más vale la acción de lucha que mil programas como si la cantidad de luchas en las que participa el partido sea como dirección o apoyándolas desde abajo, hacen al partido más o menos revolucionario. Esta posición fue patentada en 2017 por JP Rodríguez, para quien los programas, como dijo, carecen de importancia. La cosa viene de lejos y de más atrás también

Es decir, si estamos en todas las luchas somos revolucionarios, si estamos en algunas luchas somos algo revolucionarios y si estamos en pocas luchas no somos revolucionarios. La brutalidad no ya metodológica sino teórica es asombrosa porque en una sociedad donde la lucha de clases ha alcanzado una extensión sin precedentes, no hay partido que no intervenga en las luchas, desde la fascista Le Pen, las bandas de Salvini, el peronismo por supuesto y la burocracia sindical, y la izquierda en ocasiones, dada su escasa estatura organizativa. Lo que distingue a este panorama variopinto es la orientación de unos y otros y de unos contra otras. El imperialismo ha impulsado luchas ‘coloridas’ de masas contra los regímenes burocráticos que sobrevivieron al derrumbe, y de regímenes árabes, como en el caso de Siria. En estos menesteres contaron con el apoyo de la izquierda que ignora el carácter de las fuerzas en pugna y apoyo la democracia imperialista cuando choca con la barbarie que gobierna las semi-colonias. Como Solano y su precursor desprecian el programa, corren en riesgo de ponerse del lado equivocado, como cuando se negaron a pelear contra Macri, para no favorecer, dijeron, electoralmente al peronismo.

Marx tuvo una participación destacada en la revolución alemana de 1848, pero al lado de la burguesía liberal, algo que luego criticó en la Circular de 1850. De esta crítica salió un programa histórico: la revolución permanente y la organización del proletariado en partido. Incluso para aprender de los errores es necesario cometerlos en función de un programa. Una lucha sin programa es de descerebrados.

El programa es la guía que orienta la acción y dota a la acción de una perspectiva histórica que se inscribe en la dinámica social regida por leyes sociales objetivas e independientes de la voluntad de los sujetos sociales. El Manifiesto del Partido Comunista, primer programa del movimiento obrero, fue la traducción científica de la lucha de clases protagonizada por el proletariado puesta en programa. Marx no inventó nada desde la especulación misma, y menos aún se hecho a dormir una siesta, sino que analizó con el método científico el movimiento real de la sociedad moderna y a partir de allí extrajo conclusiones provisorias que guían la acción revolucionaria de la clase obrera. Esas conclusiones provisorias se llaman programa y este no se opone a la acción directa como ser huelgas, ocupaciones de fábricas, piquetes, del mismo modo que el cerebro de un operario no se opone al producto que fabrica. Cortar una ruta per se no es revolucionario como afirma Solano. Lo que transforma las acciones de lucha en revolucionarias es si están inscriptas o guiadas por un programa revolucionario que es el germen del partido revolucionario y que debe culminar necesariamente en la dictadura del proletariado.

Sin retroceder tanto en la historia de la teoría marxista, Altamira, en el informe político del congreso de 2003 planteó este problema afirmando que “lo que distingue a la acción de un partido marxista, de la política de los partidos pequeñoburgueses, es la capacidad para oponer, en todas las circunstancias, los intereses históricos del proletariado a la burguesía y su Estado”. Para superar este economicismo berreta los militantes del partido debemos adoptar un “método político fundamental que exige, antes que nada, una agitación política de carácter revolucionario que sea independiente de esta o aquella lucha, y que tiene que ver con el conjunto del período histórico y con la totalidad de la lucha de clases, o sea con el Estado capitalista y el conjunto de las clases sociales. Solamente mediante la confrontación política con el Estado capitalista y con los partidos patronales puede un partido revolucionario delimitar a la masa de la burguesía, oponerlas como clase en su conjunto al régimen y a la sociedad burguesa, organizar a su vanguardia sobre una base de principios y de militancia, y abrir la ruta hacia el poder”. Finalmente, Altamira plantea adoptar este MÉTODO como el alimento diario que ingerimos para poder subsistir.

De todos modos, Solano se apropia de un luchismo sin programa, que tampoco practica porque la crisis del PO lo ha destacado como un maniobrero de bambalinas, que incluso ha armado un congreso judicial trucho.

Sin teoría revolucionaria no hay movimiento revolucionario y el movimiento revolucionario es la síntesis en un momento dado de la teoría y la acción, del programa y de la lucha que se condensa en ese programa.

El Partido, un fin en sí mismo

La perla del desvarío democratizante de Solano lo tenemos en el minuto 7 de su discurso. Dice Solano “(…) el debate fundamental es transformar al partido obrero en EL partido obrero de argentina” porque “la continuidad histórica del partido obrero es ser un partido de combate (…) este es el punto crucial y por eso somos un partido revolucionario”. Esto lo dice un activo protagonista electoral durante dos años al hilo.

O sea, la tarea central es hacer grande al PO y participar de todas las luchas porque esto hace revolucionario al partido. Según la interpretación de Solano, sin partido de combate nadie guiará a las masas a la toma del poder, por eso en “Chile hay que construir un partido revolucionario”. Sin embargo, en Chile las masas no esperaron al partido de combate para salir al combate, lo que les falta es un programa y una organización basada en un programa. Es más, la acción revolucionaria de las masas parió una orientación política que ningún partido chileno impulsó: fuera Piñera, asamblea constituyente – reformulando la consigna que en el pasado levantó, en ocasiones, el partido comunista. Es falso que sin partido revolucionario no pueden producirse procesos revolucionarios o situaciones revolucionarias, porque en América Latina se abrió un proceso revolucionario y en Chile o en Ecuador no existen partidos revolucionarios. Esta idiotez anti empírica e insostenible es la consecuencia del razonamiento de aparato: si no está mi partido de combate, no pasa nada.

En la revolución rusa, el partido bolchevique, el más preparado de todos los partidos desde el punto de vista del programa, tuvo hasta el mes de abril una orientación política no revolucionaria a pesar de que participaba enérgicamente en la lucha de clases. Lenin de regreso a Rusia analizó la situación política a la luz del método de análisis marxista y propuso un cambio de orientación radical a su partido: las Tesis de Abril. Había que dejar de pensar como “viejo bolchevique” decía. En resumidas cuentas: el proceso revolucionario ruso se desarrolló a pesar de la orientación política conservadora de la mayoría de la izquierda rusa. Las masas iban hacia adelante y establecieron un doble poder y lo fortalecieron. Un marxista y luchador interpretó el proceso vivo de la lucha de clases y lo puso en programa en las Tesis de Abril, contribuyendo de ese modo al desarrollo del partido revolucionario no como un fin en sí mismo (“hacer grande al POSR”) sino como un medio para la conquista del poder.

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