Soledad Acuña, la educación en clave de barbarie

Escribe Marcelo Ramal

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Las definiciones que Soledad Acuña, ministra de educación porteña, vertió en un largo reportaje, han merecido la repulsa justificada de los sindicatos y luchadores de la docencia. Más allá del ataque a los gremios y a la carrera docente, las afirmaciones de la ministra ponen de manifiesto las tendencias de reacción política y barbarie que, en oposición a las respuestas de lucha de maestros, estudiantes y padres, tienen lugar en medio de una crisis social, sanitaria y educativa sin precedentes.

Docentes y trabajadores

La ministra se quejó por un plantel docente de edad elevada, proveniente “de las capas más bajas de la sociedad”, del fracaso “en otras carreras” y, por lo tanto, supuestos portadores de un pobre patrimonio cultural.

La ministra ignora que la proletarización de la función docente es un resultado de la polarización general de la sociedad, que da lugar a la expropiación de las capas medias, que arroja a la mujer al mercado de trabajo y que refuerza hasta niveles inusitados al ejército de reserva de trabajadores desempleados. Acuña repudia al metabolismo social engendrado por el sistema que ella sostiene -el capitalismo- pero no repara en sus implicancias revolucionarias: la masa de maestras y maestros trabajadores han implicado la fusión definitiva del educador con la clase obrera, y de la escuela con la lucha de clases. En términos pedagógicos, el maestro trabajador es un peldaño infinitivamente superior para los educandos, en términos de unidad entre sus vidas y el conocimiento, entre la teoría y la práctica. La masividad de los sindicatos docentes es el resultado de este proceso social, y no de una conspiración política – como supone la ministra bolsonarista. De cara a esta realidad, Acuña se plantea el camino inviable de constituir una nueva elite educativa, que surgiría de la cooptación de la docencia a través de “instancias de capacitación” que son, a su turno, un jugoso filón de la “industria de la educación”. La destrucción de los profesorados docentes está al servicio de ello. Para mal de la ministra, la ´excelencia educativa´ es arrasada todos los días por la miseria social de los educandos y de sus familias; por los salarios docentes que no cubren la canasta familiar, por el derrumbe de la infraestructura educativa. El diagnóstico de Acuña es fraudulento: presenta al docente como un desempleado oculto, sólo para legalizar las agresiones al salario y a las condiciones laborales. Como siempre, la alusión al “fracaso del docente” es la coartada de otro fracaso, el de un régimen social.

Virtualidad y vigilancia

Los dichos de Acuña son todavía más aberrantes cuando denuncia la ´politización´ de los docentes. Y a renglón siguiente, destaca a la enseñanza virtual como una oportunidad para que los padres vigilen las clases que sus hijos toman vía Zoom, denunciando a los maestros o profesores que bajen línea. Como se ve, para la ministra de la barbarie las “nuevas tecnologías” serían un recurso para la delación y la injerencia de la familia en el proceso educativo. La digitalización sería, para Acuña, un ariete de la destrucción del aula como factor de socialización del conocimiento, donde el contacto con la vida social y la ciencia tiene lugar superando al estrecho corset de los vínculos familiares, asociados al conservadurismo y a los prejuicios del pasado.

La ministra ni siquiera se ha percatado de que el fisgoneo que ella convoca a ejercer, por parte de los padres, es resultado de otro de los elementos de la actual catástrofe social: nos referimos al hacinamiento habitacional, que obliga a muchos alumnos (y a veces también a los docentes) a compartir sus aulas involuntariamente con el resto de su familia, y sin ningún tipo de intimidad. El mismo régimen social que ha empujado a varias generaciones a vivir en una pieza, alienta ahora a los mayores al fisgoneo de sus hijos. ¿No es un síntoma inconfundible de decadencia política y moral? Naturalmente, la campaña de delación tropieza con otra dificultad – la de los miles de alumnos y familias sin condiciones para acceder a una conectividad estable, y mucho menos gratuita.

Escuela y revolución

La descomposición capitalista ha penetrado por todos los poros a la escuela. Pero de ese fermento, ha emergido una masa docente cada vez más soliviantada y politizada; sindicatos que enfrentan al Estado y a las burocracias; una juventud que absorbe todos los conocimientos que puedan servir para transformar ese orden social en derrumbe; y por esa vía, la escuela solivianta también a los hogares, a los esposos de las maestras trabajadoras, a los alumnos y sus padres, que soportan el peso de la desocupación la miseria salarial y, ahora, la incertidumbre sanitaria. La fascista Acuña le ha declarado la guerra a ese vendaval social, pero es más probable que el vendaval se la termine llevando puesta.

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