El FMI en la pandemia financiera

Escribe Jorge Altamira

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Quien siga la variedad de informes y ‘papers’ del FMI, la palabra ‘ajuste’ se encuentra prohibida. La novedad no deja de ser curiosa, porque la institución fue instaurada en 1945, precisamente para imponer ajustes fiscales para corregir la insolvencia de los estados, pero también los llamados “macroeconómicos”, que reducen el valor patrimonial de las naciones endeudadas, abaratan activos empresarios y favorecen la absorción de empresas en falencias por grupos capitalistas más poderosos. El diseño estratégico que inspiró la creación del FMI fue forzar la integración a la economía mundial de las naciones que mantenían algún nivel de autarquía y romper el cordón proteccionista que las naciones imperialistas más antiguas mantenían en torno a sus colonias y ex colonias. La llamada “descolonización” no fue otra cosa que alinear al mundo colonizado con los intereses internacionales del capital estadounidense.

La pandemia, sin embargo, ha detonado un nivel de gastos públicos desconocidos en el pasado en monto y tiempo. Multiplicó varias veces el déficit fiscal de todos los estados, en una economía mundial en la que el equilibrio presupuestario ha desaparecido hace algunas décadas, con la finalidad de dar salida al capital en exceso en la adquisición de deuda pública. No es el gasto el que lleva a la deuda, sino la necesidad de comprar deuda, por parte del capital financiero, lo que lleva al gasto y al déficit, por parte del estado y sus gobiernos. Debido a este endeudamiento sin paralelo en la historia, que es financiado con emisión monetaria, el sistema monetario internacional y los locales se encuentran en crisis, que es disfrazada bajo el eufemismo de la “volatilidad”. Esta “volatilidad” tiene, sin embargo, un costo, pues obliga a los capitalistas a contratar seguros para sus operaciones industriales, comerciales e incluso financieras. No hace falta agregar que los contratos de seguros, denominados “derivados” en la jerga de las bolsas, se han convertido en un nuevo mercado, donde se venden y se compran contratos de seguros, y así de seguido.

El FMI no solamente no exhorta a cortar los gastos de pandemia, sino que invita a aumentarlos, como lo hace su directora general, Kristalina Georgieva, que invoca para eso su profesión católica en compañía del Papa. Kristalina ha adherido a la corriente de “la teoría monetaria moderna”, que sostiene que las deudas no representan ningún inconveniente, mientras se las pueda financiar a tasas de interés bajas. El porcentaje de deuda de un estado con relación al PBI de la nación que representa, ha dejado de ser un indicador negativo a la hora de financiar el Tesoro – lo que importa es la tasa de interés que se ve obligado a pagar. Como la tasa internacional de referencia, la del Tesoro norteamericana, oscila en torno al 1%, la funcionaria invita a tirar manteca al techo. Esta tasa es considerada, sin embargo, alta, dada la deflación de precios que rige la economía mundial. En efecto, los Tesoros de EEUU, la UE y Japón, y sus bancos centrales han creado deuda, en 2020, por unos 20/25 billones de dólares. Sólo el 5% de ese monto ha ido a los IFE’s correspondientes – el otro 95% ha servido para el rescate de corporaciones, en especial financieras. La desocupación y los trabajadores suspendidos en EEUU y la UE, superan el 15% de la población activa, y la pobreza ha irrumpido con violencia. Hace sólo 48 horas, sin embargo, la Reserva Federal de EEUU ha autorizado a los bancos a usar la liquidez que les sobra en la compra de sus propias acciones, o sea especular a la suba, con independencia de la rentabilidad y de la sostenabilidad del valor de sus activos. La indignación que suscita esta conducta debe ir acompañada del entendimiento de que la Bolsa es el pulmotor del capital, de modo que, en las condiciones de la sociedad presente, el banco central norteamericano está cumpliendo con un ‘servicio público’.

Lo dicho hasta aquí pareciera de poca relevancia para los países de la periferia y en especial para Argentina, cuya deuda acumulada supera el ciento por ciento del PBI y rinde una tasa de interés anual del 16,5%, en versión Guzmán, o 13,4% en versión ‘riesgo-país’. No es la tasa que dibuja para sus ecuaciones la “teoría monetaria moderna”. Brasil transita un sendero diferente pero parecido, pues los gastos de pandemia han dejado en la lona el ajuste fiscal que amibicionaba el Caputo de allí, Paulo Guedes, al punto que el Financial Times ofrece un pronóstico de default para Brasil, en el lapso de dos años, y Guedes su renuncia, porque ahora tampoco Bolsonaro quiere oir de ajustes, con elecciones parlamentarias y presidenciales en ese mismo período. Martín Guzmán, por su lado, ha ofrecido a Kristalina una cirugía mayor, llevar el déficit fiscal del 8,2% al 4,5%, incluso con el respaldo de la Vicepresidenta que alienta, cuando sube a una tribuna y confecciona su epistolario, el “impulso a la demanda”. Guzmán advierte incluso al FMI que no puede garantizar su propio ajuste si se produce una segunda ola de contagios, y menos puede hacerlo Alberto Fernández, acosado por la pesadilla de llegar a perder las elecciones de octubre. Su segunda en el Ejecutivo ofrece la alternativa de sacar pecho al mal tiempo.

Cuando se observa la lógica de la renegociación reciente de la deuda, lo que trasciende de las reuniones con el FMI y la operación reciente de Guzmán, que le regaló a los fondos Pimco y Templeton varios centenares de millones de dólares al precio de remate de 35 centavos el dólar, se advierte que Guzmán pretende hacer macrismo ‘ordenado’, o sea obtener financiamiento internacional, si no bajo la forma de endeudamientos públicos directos, sí mediante la reanudación de un flujo financiero atraído por la cotización de remate de los títulos de deuda y de activos vinculados a la especulación inmobiliaria, a la agroexportación industrial, etc. O sea, recrear lo que ocurre en los mercados desarrollados, pero con capital extranjero y una repatriación de capital de residentes nacionales. Es lo que ha ocurrido, en forma zigzagueante en Brasil, en un escenario sanitario más explosivo que Argentina, incluida una lucha despiadada entre monopolios farmacéuticos. Para Kristalina y para Guzmán, la “teoría monetaria moderna” es perfectamente válida para Argentina – con emisión de moneda de bancos centrales extranjeros, la Reserva Federal en primer lugar.

Este entendimiento conceptual entre el gobierno y el FMI tiene el inconveniente práctico de sufrir los embates de la crisis política – de un lado, en el plano judicial, del otro el acecho de la campaña electoral en ciernes. Es la descripción oficial del asunto – abajo de esta superficie real, pero engañosa bulle el crecimiento de las luchas. Es que la salida de los Fernández es una salida K, al menos como la acaba de describir un analista europeo: la línea hacia arriba indica la revalorización del capital financiero, la línea hacia abajo la desvalorización de los ingresos de los trabajadores, la recontra liquidación del sistema previsional y el reforzamiento de la precariedad laboral.

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