Haití, la poesía y la tragedia

Escribe Eugenia Cabral

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Diciembre de 1492: Cristóbal Colón planta la bandera española en un lugar próximo a la actual Haití, que es parte de las Antillas, en el Continente Centroamericano. Vecina de Cuba y Puerto Rico. Tan pequeña, que tiene una superficie de 28.704 km2, apenas 5.000 más que nuestra provincia de Tucumán. Al presente la pueblan 11 millones de habitantes de origen africano, pero sus pobladores originarios fueron los taínos, de quienes en 1540 ya había fallecido un 95 % debido al contagio de enfermedades “importadas” por los conquistadores y la brutal represión que se impuso a sus rebeliones. La solución fue llevar mano de obra esclava africana para trabajar en las plantaciones de azúcar y café. Algunos de ellos se escapaban a los montes, eran los negros cimarrones. A mediados del siglo 18, un cimarrón, “el manco” François Mackandal, que había perdido un brazo trabajando en un ingenio azucarero, bajaba subrepticiamente para matar a los blancos con venenos silvestres. Fue la “guerra de los venenos” de la que habla el escritor cubano Alejo Carpentier, en su novela El reino de este mundo.

Después de apresado y ejecutado el mítico Mackandal, la lucha contra la esclavitud no cesará. En 1790, Ogé y Chavannes manifiesta reclamando igualdad ante la Asamblea de la capital, Puerto Príncipe, al frente de 350 esclavos. En 1791, Boukman, sacerdote vudú, inicia en el norte de la isla la sublevación de decenas de miles de esclavos y, aunque él también termina ejecutado, la Asamblea Nacional francesa declara en 1792 la libertad para “los hombres de color”. El general Toussaint L’Ouverture enfrenta decididamente a los españoles y logra vencerlos, pero no declara la independencia. Toussaint se enfrenta a fracciones de mulatos al mando de Rigaud y “Pétion” y los derrota. A los que no puede derrotar es a los franceses, que venían reinstaurando la esclavitud en la región. Lo capturan y lo envían detenido a Francia, donde muere en la cárcel. Esta vez, militares haitianos que antes estuvieron bajo sus órdenes desertan del ejército comandado por los franceses y arman su propia fuerza. Casi todos son ex esclavos: Alexandre Sabés (“Pétion”), Clerveaux, Henri Christophe y Jean-Jacques Dessalines, quien proclama el 1 de enero de 1804 por primera vez la independencia de una colonia americana.

Sin embargo, el siglo 20 y el 21 transcurren para Haití entre desastres naturales (huracanes, terremotos), políticos (dictaduras, ocupación militar por la ONU, invasión de Estados Unidos, represión paraestatal, magnicidios), sociales (hambre, miseria, falta de vivienda, educación y salud) y, finalmente, ambientales (contaminación por basurales y tóxicos industriales). Hubo rebeliones, pero a pesar de la cercanía geográfica a la Revolución Cubana, debido a la decisión de no internacionalizar el movimiento revolucionario, no cruzó la frontera hacia esa pequeña hermana que es Haití.

La poesía de Haití

En este paisaje de desolación nace la poesía haitiana. Nace de militantes y de exiliados políticos. Nace con humor, con ternura, con amores, y también a conciencia de ser uno de los pueblos más oprimidos del planeta. Jacques Viau reflexionaba: “Nada ha sido tan duro como permanecer de rodillas”.

Sus autores son apreciados en otros países, traducidos, estudiados. Muchos escriben en créole, la lengua francesa hablada al modo haitiano. Otros, en español, en francés y hasta en inglés, por las condiciones de expatriación. Ernest Pépin lo definió claramente: “Vivir está siempre más lejos / que la sombra de las fronteras”.

La poesía haitiana surge a la manera del movimiento Bwa Khale (“palo afilado” y “levantamiento”, en créole) de autodefensa popular frente a las pandillas que han asolado sus calles en los últimos años. Es un palo afilado de fabricación cotidiana, un arma perfecta y bella para combatir. Gashton Saint-Fleur dice en “Poema para el temblor de tierra en Haití”: “¿Y si desaprender fuera la vía de instruirse? / Las palabras no esperarían en vano para complacer / los oídos acostumbrados”.

¡Ay, pequeña Haití! El genocidio de los taínos y la esclavitud de los africanos. La primera en independizarse, pero luego caída bajo el imperialismo norteamericano. Solitaria y valiente, rica en voces y en cultura. Levantá tus palos que son poesía, desaprendete, volvé a instruirte. Usá los venenos de Mackandal como curativos, frente a las armas de la ONU y la OTAN.

Imagen: “Mercado atestado”, obra del pintor haitiano Laurent Casimir (1928-1990).

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