Escribe Marcelo Ramal
Una crítica al libro “Argentina 2050” de Eduardo Sartelli.
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En la historia del marxismo, es muy extendida la comprensión del socialismo como producto de la lucha de clases y, más precisamente, como elaboración consciente de la experiencia de lucha de la clase obrera contra el capital. En su balance de la corriente socialista utópica, Engels criticaba la pretensión de estos socialistas de hacer emerger un nuevo orden social de la mera “razón pensante”, o sea, de sus propias especulaciones. Según el compañero de Marx, querían “descubrir un sistema nuevo y más perfecto de orden social, para implantarlo en la sociedad desde fuera, por medio de la propaganda, y a ser posible, con el ejemplo, mediante experimentos que sirviesen de modelo”. Pero “estos nuevos sistemas sociales nacían condenados a moverse en el reino de la utopía; cuanto más detallados y minuciosos fueran, más tenían que degenerar en puras fantasías” (F.E, “Del socialismo utópico al socialismo científico”).
Con un método antagónico, Marx y Engels exploraron la ruta de la sociedad futura a partir de los “gérmenes” que necesariamente estaban presentes en la sociedad capitalista, y principalmente, en la propia acción obrera contra el capital. La experiencia viva de la Comuna de Paris llevó a Marx y a Engels a considerar al manifiesto Comunista como relativamente “anticuado” (Nuevo Prólogo al “Manifiesto” de 1872). Entonces, y tomando la experiencia de la primera revolución obrera de la historia, arribaron a la conclusión que “la clase obrera no puede simplemente tomar posesión de la máquina estatal existente y ponerla en marcha para sus propios fines”, sino que debe “romper la máquina burocrática militar del Estado”.
En oposición a este método, Eduardo Sartelli, dirigente de la corriente Vía Socialista, ha publicado un libro -“Argentina 2050”- que pontifica, con pelos y señales, sobre las características de un “Estado socialista” en Argentina. Sartelli no vacila en señalar cuáles sectores económicos serán “prioritarios”, qué tipo de vínculo se establecerá con el mercado mundial y el comercio internacional; y cuáles sectores deberían ser declarados obsoletos, entre muchas otras precisiones.
La primera línea del primer capítulo de su libro es muy significativa: “El mundo no se prepara, al menos por ahora, para la revolución socialista mundial”. Es una premisa que comparte con la abrumadora mayoría de la izquierda internacional, que ha construido un supuesto programa “posible” a partir de dar por cancelada cualquier perspectiva revolucionaria. El “mundo”, sin embargo, está surcado por una guerra internacional, por una crisis financiera que muchos juzgan inminente y, al compás de lo anterior, por crisis políticas manifiestas, rebeliones obreras y levantamientos nacionales. Todo lo anterior retrata el punto más alto de las contradicciones planteadas por la decadencia capitalista, y que constituyen la premisa de la revolución socialista. Por cierto, la oposición a las perspectivas revolucionarias no debe buscarse en ese escenario explosivo, sino en la izquierda que rechaza una preparación y orientación de las masas en nombre de sus propias y conservadoras conclusiones. Sartelli y su grupo forman parte de esa constelación, con las peculiaridades que pasaremos a caracterizar.
Para Sartelli, la revolución socialista es distante. Pero, a renglón siguiente, afirma que en Argentina una victoria electoral de la izquierda, “dada la crisis del sistema político argentino, podría estar a la vuelta de la esquina” (sic). Argentina sería la excepción revolucionaria de un escenario mundial contrarrevolucionario. Para continuar con las especulaciones, imagina cómo sería “gobernar sin una revolución en marcha y como producto de las urnas, en una Argentina capitalista y con un Estado burgués más o menos intacto”. Incluso si tuviera cabida esta hipótesis caprichosa, lo único que cabe preguntarse es: ¿Cómo transformar una situación no revolucionaria en revolucionaria? ¿Cómo hacer de una victoria electoral un peldaño para una acción política de los trabajadores contra el Estado y el capital? Sartelli hace lo contrario: convierte a su conjetura en la premisa de un programa conservador y antisocialista.
“Argentina fue, alguna vez, un gran país”. Sartelli se refiere de este modo al período que abarca al último cuarto del siglo XIX hasta el Centenario. “Un país donde millones de seres humanos eligieron vivir escapando de la miseria, de la opresión política, de la guerra, de todo aquello que soñaban resolver en una nueva tierra”. Es una exaltación de “la generación del 80” casi copiada de los manuales de la historiografía liberal, y más recientemente, de los discursos de Milei. Como ellos, Sartelli magnifica a un proceso migratorio - “millones de seres”-, que se topó con la muralla del latifundio. El escaso poblamiento relativo de Argentina tiene su origen en ese bloqueo a la colonización agraria, que sólo reconoció excepciones en el litoral. Luego, los migrantes al “gran país” pasaron a ser superexplotados en los frigoríficos y construcciones ferroviarias, y soportaron el hacinamiento de los conventillos. La clase obrera socialista y anarquista forjó sus primeras organizaciones a la luz de las experiencias de lucha contra la miseria social inmensa a la que pretendía condenarla la “gran nación” que ensalza Sartelli.
A la hora de interpretar el “fracaso argentino”, Sartelli desgrana el clásico argumento desarrollista: la industrialización fue “tardía”. “Cuando (Argentina) comienza a desarrollar ramas industriales, la acumulación de capital en dichas ramas (en los países avanzados) lleva décadas o incluso más de un siglo”. En esta interpretación, la relación entre las potencias capitalistas y los países atrasados es sólo una carrera en el tiempo – algunos están adelantados, otros rezagados. Sartelli ignora la interdependencia de la economía mundial en la época del imperialismo y el capital financiero: la industrialización argentina fue promovida y a la vez bloqueada por el capital extranjero, partero del desarrollo desigual. A partir de esa omisión, Sartelli traza una caracterización también arrancada de las usinas del liberalismo agroexportador: Argentina, dice, “vive de la renta diferencial del suelo”, la cual ha alimentado a una industria parasitaria e ineficiente. De allí, desprende una división ideológica de la historia política argentina, entre el peronismo, como “partido del mercado interno, dirigido por una burguesía industrial local que es la base del atraso…”, y el “neoliberalismo”, representado por “las fracciones agrarias y los sectores más poderosos de las industrias y finanzas locales (incluyendo aquí al capital extranjero”. Para Sartelli, la fuerza de este sector consiste en “su capacidad para recuperar (sic) la economía después de la recesión a la que lleva necesariamente el peronismo”, aunque para ello “necesite destruir las condiciones de vida de la mayoría de la población”. Este neoliberalismo sería, para Sartelli, “económicamente más racional” pero “políticamente muy débil”. No hay nada de original en todo esto: es el pensamiento del think tank derechista de las últimas décadas, llamado por algunos “la encrucijada (o la tragedia) argentina”: la política aperturista o “promercado” tendría una salida para el país, pero el pueblo no quiere o no puede verla. Una variante de esta tesis es la que sostienen los teóricos de la “puja distributiva” (entre salarios y beneficios), que atribuyen el impasse del capitalismo argentino a la renuencia de la clase obrera en aceptar un retroceso histórico de sus condiciones de vida. Los ideólogos de derecha de esta tesis son los que ahora festejan las circunstanciales victorias electorales de Milei, ya que por primera vez las políticas “racionales” -al decir de Sartelli- contarían supuestamente con aval popular.
En toda esta construcción amañada, está ausente el proceso histórico concreto, el papel del mercado mundial y de las crisis capitalistas. Pero principalmente, hay una omisión completa del lugar del imperialismo y del capital financiero. Argentina se convirtió muy tempranamente en un vertedero del capital sobrante que volcaron las metrópolis imperialistas como consecuencia de la recesión que atravesaron en 1870-1880. Esas inversiones financiaron el desarrollo de algunas ramas -principalmente el ferrocarril- al costo de un endeudamiento explosivo, que desembocó en la gran crisis de 1890. En las décadas siguientes, los gobiernos de la “gran nación” hipotecaron los saldos superavitarios del balance comercial en el pago de esa deuda usuraria. El primer “parásito de la renta diferencial”, por lo tanto, fue el capital financiero internacional. En cuanto a la limitada industrialización argentina, ella se “consumió” parte de esa renta por necesidad de la propia oligarquía agraria, que necesitó ferrocarriles y puertos para transportar sus carnes y granos; luego, alimentos y ropas de trabajo para los obreros que erigieron la infraestructura exportadora y las grandes urbes. La burguesía nacional surgió en los intersticios que dejaron las crisis mundiales y las guerras imperialistas, que obligaron a sustituir por producción local a las manufacturas que se importaban, en medio del cierre de mercados o de la caída abrupta de los precios internacionales de las materias primas. La relación entre la burguesía argentina y el capital imperialista osciló de acuerdo a la marcha de la crisis mundial y la lucha de clases, y no de las ideologías: bajo el conservadurismo liberal de la década infame, en los años 30, afloraron las medidas económicas estatistas -Banco Central, Junta de Granos- para proteger a la burguesía de la crisis mundial y contener la radicalización obrera. Del lado del peronismo, la relativa autonomía económica abierta por la Guerra no pasó de los años 40; muy poco después, Perón volcó a su gobierno a tramitar el socorro del capital extranjero y los organismos financieros internacionales. Muchos años después, bajo Menem, el peronismo tomaría en sus manos el programa neoliberal de privatizaciones, ajuste y liquidación de derechos laborales. En relación al endeudamiento con el capital financiero internacional, los liberales “racionales” de Sartelli son responsables de haber incubado las más catastróficas crisis de deuda, que luego afrontaron rigurosamente los pagadores seriales (CFK, sic) del campo “nacional y popular”.
El “fracaso argentino”, en definitiva, es el de un estado nacional que se consolida en la época de madurez y declinación del capitalismo, la época del capital financiero, de “guerras y revoluciones”. La semi industrialización ha brotado en los repliegues de las crisis capitalistas recurrentes, y sufrió las limitaciones impuestas, a la postre, por esas mismas crisis. Sartelli reemplaza a este análisis histórico por los prejuicios ideológicos. Y en el terreno de esos prejuicios, se queda con el discurso de la burguesía agraria.
Como contraposición al “fracaso argentino”, Sartelli ofrece los casos de Japón, de Corea del Sur o Suecia, hipotéticos modelos de lo que sería, al menos en términos de resultados económicos o sociales, la “Argentina 2050”. Sartelli recorre el derrotero de esos países para mostrar de qué modo Argentina podría sumarse al elenco de los protagonistas internacionales de una industrialización periférica. “Corea del Sur más Suecia”, sintetiza, como modelo de “Argentina 2050”. También, en este punto, asoma un mesianismo emparentado con el discurso libertario, tan escuchado en los recientes discursos oficiales. El propio Sartelli, sin embargo, se encarga en su libro de precisar los límites históricos de estas experiencias de desarrollo capitalista. Japón emergió de la Segunda Guerra como una suerte de protectorado norteamericano. Sus industrias se reconstruyeron como proveedoras del ejército yanqui para la Guerra de Corea. El célebre método toyotista, presentado como pilar de la “modernización laboral”, fue una plataforma de sobreexplotación que sólo pudo serle aplicada a la clase obrera japonesa después de la derrota de la gran huelga de los obreros de Toyota en 1950. Pero el milagro japonés se desplomó bajo el peso de las contradicciones capitalistas: la pretensión de desarrollar una exportación de capitales a gran escala hacia los años 90 chocó con los límites impuestos por los grandes rivales imperialistas y terminó con el estallido de una burbuja especulativa. En cuanto al toyotismo fabril, comenzó a sufrir la competencia de sus replicadores en el sudeste asiático, en primer lugar, de Corea del Sur. La industrialización de este país, exaltada por Sartelli en su libro, es una versión retrasada de la experiencia japonesa. Después de la guerra y la fragmentación del país, el imperialismo premió a la burguesía surcoreana con un torrente de subsidios y préstamos blandos, que el Estado canalizó a las chaebols (corporaciones coreanas). Con todo, la mayor estatización es la que se le impuso a las organizaciones obreras, para asegurar un salto feroz de la tasa de explotación.
El “milagro” coreano encontró su punto de inflexión en la gran crisis de 1997 y en el rescate del FMI. Recién entonces el imperialismo recordó que existía en el país un “capitalismo clientelista”. Hace rato que Corea del Sur ha salido del panel de las naciones con mayor crecimiento. En un país con un 50% de la fuerza laboral precarizada, el Milei coreano anunció recientemente la ampliación de la jornada laboral de 59 a 62 horas semanales -un régimen de barbarie laboral- en medio de crisis políticas terminales y huelgas generales masivas. ¿Y Suecia? El modelo sueco de estado del bienestar y paz social, que Sartelli ofrece como ejemplo, al menos en términos de sus resultados sociales, ha ingresado en un tobogán irrefrenable desde mediados de los años 70. El retroceso de los indicadores sociales, el desempleo juvenil y los síntomas de desintegración social son extendidos. Los sindicatos tradicionales han fracasado en impedir los avances antiobreros contra las condiciones laborales. Pero con el hundimiento del viejo colaboracionismo obrero-patronal emerge un sindicalismo alternativo y de base apoyado en la clase obrera migrante.
Sartelli mira a “Argentina 2050” en el espejo de Corea del Sur o Suecia, cuando la crisis mundial impone la liquidación de las fuerzas productivas sobrantes y descerraja toda su fuerza sobre estos capitalismos periféricos.
A renglón siguiente, Sartelli se aboca a explicar en qué consistiría su vía socialista, y despliega inicialmente lo previsible: “lo único que pretendemos es socializar los grandes medios de producción”. “Ni apropiación de kioskeros, ni de medias de lana y calzoncillos largos”. Puede suponerse de esta afirmación una socialización de la gran industria o las grandes corporaciones capitalistas. Pero enseguida se corrige: “lo que funciona, entendiendo como tal, lo que está alineado con la productividad internacional, es decir, no requiere subsidios ni directos ni indirectos, no se toca”. “No solo porque probablemente no tengamos energía social para tal cosa, sino porque manejar una empresa, no digamos el conjunto de la economía, sobre todo una empresa eficiente y de escala mundial (Techint o Arcor, por ejemplo) supone un gigantesco know how, una gran experiencia y un conjunto muy aceitado y enorme de técnicos confiables”. Con independencia de la pedante conjetura acerca de lo que debe y no debe ser expropiado, algo que deberá resolver la clase obrera en el poder, vale la pena detenerse en la secuencia de Sartelli: lo pequeño o débil no será expropiado, por pequeño y débil; lo grande y concentrado, tampoco lo será, por “eficiente”. El razonamiento de Sartelli conduce, no a la “Vía Socialista”, sino a la “Vía Capitalista”. A mitad de camino entre débiles y fuertes, están los capitalistas subsidiados, pero “no hay más subsidios para ningún capital ineficiente. El capitalista que no pueda sobrevivir como capitalista, que no pretenda socializar sus pérdidas”. En el Panóptico de Sartelli, “estos capitalistas serán invitados a a participar de un proceso de centralización y concentración en unión con el Estado”. De este modo, “la propiedad estatal crecerá, ya sea por la concentración de capitales ineficientes en empresas mixtas o por la absorción y reestructuración de empresas ´recuperadas´”.
Vale la pena detenerse en este desfile de inconsistencias. Si se eximiera de la expropiación del capital a todo lo que -según Sartelli-, “funciona”, entonces nos encontraríamos ante un sinsentido histórico. ¿Para qué el socialismo? El capital mundial se encuentra concentrado en un conjunto de corporaciones hiperarticuladas en sus estructuras internas, con departamentos especializados en diferentes áreas y la mayor calificación profesional. Deberíamos dejar, entonces, a la gran corporación hacer su trabajo. Es lo que propugnaba Eduard Berstein, quien entendía que la socialización del trabajo impuesta por el gran capital conduciría, sin partos históricos ni revoluciones, a la sociedad socialista. Sartelli piensa igual, y no quiere vérselas con Techint y Arcor. Rosa Luxemburgo, en cambio, puso de manifiesto la contradicción entre la estricta planificación y socialización del trabajo al interior de la empresa capitalista, de un lado, y la incapacidad del capital por disciplinar u organizar a la economía mercantil, del otro. La socialización del trabajo tiene como contrapartida a la más aguda anarquía del mercado. Techint es toda una corporación, pero se encuentra acosada por el acero chino. Arcor ha visto caer sus ganancias a la cuarta parte por el derrumbe del mercado interno en 2025, y debe reestructurar una deuda millonaria.
La transición socialista de Sartelli deja libradas a su suerte -y sus beneficios- a las corporaciones capitalistas “exitosas”, y le carga al Estado la reconversión de todo lo que supone ineficiente o poco productivo. Es un camino ruinoso, porque priva al estado obrero de los recursos y posibilidades de aquellas industrias que el régimen social anterior ha legado con un mayor rendimiento del trabajo. De todos modos, en la lógica de Sartelli la supervisión o participación estatal en el sector “no eficiente” es una suerte de transición hacia el remate de activos: “Las ramas de la economía que no puedan modernizarse y no nos intereses modernizar (porque resultan más baratas de comprar en el mercado mundial, es decir de intercambiar por trabajo local caro) deberán desaparecer”. Sartelli propone remunerar a todos los desocupados con un salario “equivalente a la escala más baja de la administración estatal”, y remitirlos a una bolsa de trabajo. Es probable que un gobierno que consiga semejante liquidación de fuerzas productivas, a cuenta del gran capital industrial y agrario, hasta consiga fondos del Banco Mundial para semejante cometido.
Sartelli quiere organizar a su estado socialista sobre el principio de la “competitividad”. Pero la “competitividad” es una categoría de la economía burguesa; supone una disputa por mercados en base al rendimiento del trabajo, o sea, de una mayor explotación de la fuerza laboral, ya sea por medios absolutos o relativos. Cuando un estado obrero se plantea la cuestión de su “competitividad”, lo hace a partir del choque planteado entre la sociedad que ha expropiado el capital, de un lado, y el mercado mundial capitalista, del otro. Este choque convierte a los trabajadores del Estado obrero en una clase parcialmente explotada por el capitalismo mundial. Por esta condición, Lenin caracterizó a la clase obrera soviética como una clase semidirigente y semioprimida. Pero en lo que hace a su condición de “semidirigente”, la transición socialista se vertebra sobre el principio contrario al de la regulación mercantil; es decir, el de la planificación conciente de las fuerzas productivas en función de la elevación material y moral de la clase obrera. La transición socialista comporta la violación de la regulación mercantil, es decir, de la ley del valor, incluso cuando la economía mundial se rige según su vigencia. Sartelli pretende una “vía socialista” fundada integralmente en la ley del valor, y de ningún modo en su negación – ni siquiera parcial o condicionada a los compromisos o límites impuestos por la economía mundial.
Trotsky expuso magníficamente y en “tiempo real” esta contradicción, en un texto -“Hacia el socialismo o hacia el capitalismo” (1925)- que Sartelli cita sin una adecuada comprensión. Trotsky desenvuelve las tensiones en el Estado obrero entre “capitalismo y socialismo, dos sistemas que se excluyen mutuamente”. Coloca allí sin atenuantes que “La superioridad económica fundamental de los Estados burgueses consiste en que el capitalismo produce todavía, mercancías más baratas y al mismo tiempo mejores que el socialismo”. A partir de allí, el líder del Ejército Rojo caracteriza las nuevas condiciones planteadas por el regreso al comercio internacional bajo los Soviets: “Nos estamos convirtiendo en un elemento -elemento extraordinariamente original, pero que no deja de ser por ello un elemento auténtico- del mercado mundial”. Trotsky explica las posibilidades que abren las colocaciones agrícolas de la Rusia Soviética en Europa. No en los términos de un sometimiento del Estado Obrero a la división internacional del trabajo y a la ley del valor -“a lo Sartelli”- sino como palanca de la construcción socialista: “A través del intercambio de productos agrícolas, obtendremos maquinaria agrícola o maquinaria para la producción de máquinas agrícolas”, es decir, una industrialización. Y señalará: “un sistema de proteccionismo socialista muy exacto, perseverante y flexible es para nosotros tanto más importante cuanto que nuestras relaciones con el mercado capitalista serán cada vez más amplias y complicadas”. En cualquier caso, y en las conclusiones de su texto, Trostsky cifra el porvenir de la transición soviética en la marcha de la crisis capitalista mundial y la revolución internacional. En otro párrafo notable, admite también que “la importación de ciertos artículos de consumo, realizada en el momento oportuno, y en la medida en que éstos sirvan para establecer el equilibrio necesario en el mercado y a cubrir las lagunas del presupuesto obrero o campesino, acelerará ciertamente nuestro progreso económico general”. Pone de manifiesto la necesidad de reforzar social y políticamente a la clase que emprendió la revolución. En la relación con el mercado mundial, Trotsky busca un camino para ahorrarle a la clase obrera los sacrificios inconmensurables del aislamiento y de la autoexplotación, mientras luchamos por la extensión internacional de la revolución. Este era el punto que separaba a Trotsky del entonces integrante de la Oposición de Izquierda, Eugene Preobrazhensky, quien impulsaba la “acumulación socialista primitiva” dentro de las fronteras del Estado Obrero. Pero la autarquía económica y el socialismo en un solo país era una mochila muy pesada para la clase obrera soviética.
Los conceptos de “eficiencia” u obsolescencia, que en la economía capitalista suelen emplearse como indicadores de la lucha competitiva entre los diversos capitales, tienen límites muy claros para explicar el rendimiento del trabajo incluso dentro esas relaciones sociales. Es que la socialización extrema del trabajo y la compleja articulación de la producción social relativiza los conceptos de industrias “eficientes” u obsoletas. Diferentes ramas económicas pretendidamente “competitivas” se nutren de diversos subsidios indirectos – por caso, a los alimentos o servicios públicos que consumen sus trabajadores. Los estados capitalistas que han desarrollado fuertes infraestructuras estatales de salud o educación han creado condiciones para la contratación de fuerza laboral menos costosa para el capital. Si esto es así bajo el capitalismo, mucho más lo es en una transición socialista, donde los criterios de “competencia al interior de cada rama” -como plantea Sartelli en su libro- son contradictorios con los propósitos de la economía planificada.
En un texto de 1992, Jorge Altamira desarrolló una crítica a los planteos que pretendían justificar la restauración capitalista en los estados obreros en nombre de la “obsolescencia” de sus industrias: “La gran ventaja del régimen de planificación, la gran ventaja histórica del régimen proletario, es que puede procesar las transformaciones tecnológicas sin proceder, de tiempo en tiempo, a una destrucción masiva de fuerzas productivas. Una empresa puede ser obsoleta, desde el punto de vista del mercado mundial, pero el tema es ver qué aporte puede significar al desarrollo económico de Cuba, China o la URSS” (“La crisis mundial”, EDM N°4, septiembre de 1992). En el mismo texto, Altamira señala la tendencia a presentar como obsolescencia a la mera crisis de sobreproducción, incluso y principalmente en el mundo capitalista. “Reconvertir, no con criterio de competencia internacional sino en base a un equilibrio de fuerzas internas, supone una estrategia internacional de lucha contra el capitalismo”. Es esto, justamente, lo que está ausente en la vía socialista de Sartelli.
Sartelli fustiga a los trotskistas, para los cuales, según él, “cualquier intento de hablar de socialismo sin remitirse inmediatamente a un proceso mundial simultáneo, es una claudicación de la revolución y una muestra de stalinismo insalvable”. Sartelli cree sacarse de encima a Trotsky con esta afirmación, sin entender que lo que él banaliza es el punto crucial de la revolución en esta etapa histórica – “nacional en su forma, internacional en su contenido”. La experiencia de la restauración capitalista en los estados donde había sido expropiado el capital da suficiente cuenta del callejón sin salida del “socialismo” autárquico. Para Sartelli, “La negación de la posibilidad de la construcción socialista en un solo país, en este último sentido, hace que la izquierda no pueda plantear un programa creíble a las masas”. Pero no hay nada menos “creíble” que una pretendida revolución confinada al cuadro nacional, cuando hace rato que las fuerzas productivas y la lucha de clases revisten un carácter internacional. En su primer documento público, los bolcheviques caracterizaron a la revolución de octubre como el “primer paso de la revolución socialista mundial”. El internacionalismo no es la “revolución simultánea”: es la comprensión de que cualquier revolución que conduzca a los trabajadores al poder de un Estado nacional deberá concebirse como parte de la lucha de la clase obrera internacional – en primer lugar, convocándola a defender a la revolución triunfante de la reacción imperialista. Pero Sartelli, en este punto, llega demasiado lejos: “Debe quedar claro que la función de un gobierno socialista argentino no es “exportar” la revolución, sino, como veremos más abajo, predicar con el ejemplo”. Es el viejo lema staliniano de la “coexistencia pacífica”, que justificaba la política contrarrevolucionaria de sus partidos argumentando que el “bloque socialista” terminaría aventajando económica y tecnológicamente al capitalismo sin necesidad de una acción revolucionaria internacional.
Para “Argentina 2050”, Sartelli promete “una política de no alineamiento con ningún bando capitalista particular, de la misma manera que tampoco supone una hostilidad particular con ninguno. (…) Nos mantendremos al margen de toda disputa posible. Ellos, que se maten. Nosotros haremos ´la nuestra´” (sic). Va de suyo que esta política despertaría el desprecio y la indiferencia de todos los explotados del mundo frente a la hipotética “experiencia socialista” de Sartelli. El comando Delta de Trump podría dar cuenta de “Argentina 2050” sin mayor resistencia internacional – ello si es que existe el interés de derrocar a un gobierno que, como vimos antes, respetará los intereses de los ´capitanes´ del agro y de la industria.
En cualquier caso, el grupo de Sartelli puso en marcha el “no te metas” mucho antes de la toma del poder. Después de más de sesenta días de asedio imperialista a Venezuela, “Vía Socialista” apenas se dignó a subir un comunicado días después del asalto de Trump sobre su suelo. Su título propugna “una salida obrera y socialista” y afirma que “entre el chavismo y Trump no hay ni hubo enfrentamiento alguno”. Una manera de no plantear la lucha continental por la expulsión del imperialismo de Venezuela y de América Latina, y, a partir de allí, la capitulación del chavismo y del nacionalismo. Pero Sartelli en este punto tampoco es original: sigue la línea prescindente de la burguesía argentina, que está dispuesta a las mayores concesiones nacionales en aras de retornar al crédito internacional. El actual presidente argentino se ha declarado un sirviente de Trump en medio de una invasión al continente, sino que ello le valga siquiera una sesión especial del Congreso por parte de sus opositores.
Sartelli atribuye el raquitismo político y electoral de la izquierda argentina a “la ausencia de una propuesta concreta de gobierno”. Entiende por esa propuesta “concreta” los slogans incluidos en su libro, al estilo de: “Abolición de la propiedad privada”, “Elevadísimo desarrollo tecnológico”, “Jornada de 6 horas para todos” o “90 años de expectativa de vida”. Es un rosario de promesas electorales, que ningún luchador o trabajador consciente tomará como un programa sin que se hayan explicitado los medios políticos para derrotar a los capitalistas y a su Estado.
Un programa no es una enumeración de recetas; es, en primer lugar, una caracterización sobre la etapa histórica y sobre el lugar que le cabe a la clase obrera. Y a partir de allí, los planteamientos políticos que sirvan de palanca para la movilización política de los explotados, uniendo sus aspiraciones más elementales a la cuestión del poder. No hay nada más “concreto”, en ese sentido, que el Programa de Transición que Trotsky redactó en 1938 para la IV Internacional. “Un sistema de reivindicaciones transitorias, cuyo sentido es el de dirigirse cada vez más abierta y resueltamente contra las bases del régimen burgués. El viejo “programa mínimo” es constantemente superado por el programa de transición, cuyo objetivo consiste en una movilización sistemática de las masas para la revolución proletaria”. Para Trotsky, las reivindicaciones del programa de transición – expropiación de ciertos grupos de capitalistas, la nacionalización del comercio exterior y del crédito, el control obrero- son, en primer lugar, una palanca para la movilización política contra el Estado. El planteo de Sartelli, constreñidamente electoral, acomoda las propuestas “concretas” a la estrechez de miras en el plano de la acción política de los trabajadores: su “Argentina 2050” no plantea una lucha por la destrucción del Estado burgués, tampoco la construcción de un partido propio de la clase obrera.
Sartelli le reprocha al FITU aquello que él practica con igual empeño – la ausencia de un programa y un planteamiento estratégico, en medio de la declinación capitalista. “Argentina 2050” no le dedica un párrafo a la guerra internacional en desarrollo. En cuanto al FITU, una parte de él caracteriza a la crisis mundial como un reguero de conflictos aislados; otra parte se ha colocado en el campo de la OTAN en nombre de la “autodeterminación” de Ucrania; y una tercera, el PO oficial, dice estar “en camino de una guerra mundial”, una definición suficientemente ambigua como para retractarse ante la menor circunstancia. La elucubración de “Argentina 2050” es un caso particular de la deriva política que Trotsky, en el mismo programa de Transición, caracterizó como la “crisis de dirección de la clase obrera”.
