Escribe Olga Cristóbal
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A fines de octubre habrá elecciones en Israel. En ese contexto, se ha anunciado una alianza opositora encabezada por Naftali Bennett —del ala religiosa, exaliado de Benjamín Netanyahu— y el laico Yair Lapid, referente del autodenominado “centro”.
Bajo el nombre Juntos, presentan su fusión como “el primer paso para la sanación de Israel”. El comunicado conjunto promete terminar con las disputas internas de la oposición para concentrar fuerzas en una “victoria decisiva”. Bennett llamó a “abrir un nuevo capítulo” tras tres décadas de hegemonía de Netanyahu.
Bennett es un abierto enemigo del reconocimiento de un Estado palestino, no importa la forma que asuma. Es referente de la extrema derecha religiosa y representante directo del movimiento de colonos. Preside el Consejo Yesha, que agrupa a los asentamientos ilegales de Cisjordania. Su discurso de “reconciliación nacional” se refiere al sionismo.
Lapid, con base secular y urbana, tiene un agrupamiento de activistas organizados construida en todo el país durante más de una década. Es una de las voces más activas contra la polémica reforma judicial impulsada por Netanyahu, para liberarse de los juicios de corrupción; trasfiere facultades del Poder Judicial al Parlamento. Defiende un Estado con “el máximo de judíos en el máximo de territorio y el mínimo de palestinos” y las llamadas “fronteras bíblicas” de Israel, que abarcarían desde Irak hasta Egipto. O sea, impulsa la “limpieza étnica”.
Ambos dirigentes apelan a la “unidad nacional”. “Israel necesita la unidad como el aire para respirar”, afirmó Lapid. Pero esa unidad tiene fronteras claras: excluye explícitamente a los partidos que representan a la población palestina con ciudadanía israelí y descarta cualquier tipo de alianza con los llamados ‘partidos árabes’ y con Hadash, el partido comunista en el cual militan tanto árabes como judíos. Los partidos árabes, sin embargo, han declarado su disposición política para esa alianza, al menos desde hace una década. Bennet y Lapid han reafirmado que no constituirían un gobierno que dependiera de los de esas formaciones en el Parlamento.
Bennett ha subrayado que no habrá lugar tampoco para los partidos cuyos votantes no sirven en el ejército. Una redundancia, porque esos partidos tampoco tienen interés en fomentar a esa coalición.
“Nos unimos para establecer un gobierno sionista fuerte y estable, señala Lapid, una conexión entre el centro y la derecha, entre lo religioso y lo secular, entre el norte y el sur, sin evasivas ni extremismos”.
Es la segunda vez que Lapid y Bennett forman una coalición para desbancar a Netanyahu. En 2021 lo lograron por apenas un voto de diferencia a costa de pactar con un partido árabe, lo que ahora dicen rechazar. Formaron un gobierno de coalición con una mayoría mínima que al año siguiente se disolvió. Las siguientes elecciones devolvieron a Netanyahu al poder.
En términos electorales, las encuestas muestran un escenario abierto. Aunque la nueva alianza podría superar al Likud en votos, no tiene asegurada la mayoría parlamentaria necesaria para formar gobierno.
Bennet y Lapid esperan ampliar sus posibilidades sumando al exjefe de las Fuerzas Armadas Gadi Eisenkot (líder del partido Yashar, «Recto»), un criminal que dirigió la temible brigada Golani y es autor de la Doctrina Dahiya, que propone causar el suficiente daño en los centros urbanos y la población como para que “se vuelvan contra los militantes (árabes o musulmanes), obligando al enemigo a pedir la paz”.
Esta semana, Lapid dijo que está dispuesto a ceder el segundo lugar a Eisenkot en la lista del nuevo partido para conseguir que se una a ellos.
El oficialismo ha respondido con ferocidad, acusando a Bennett y Lapid de “apoyar el terrorismo” y de tener vínculos con la Hermandad Musulmana. El ministro de Seguridad, Itamar Ben-Gvir, calificó a Bennett como de “extrema izquierda”.
La plataforma de Juntos afirma que trabajarán por un servicio militar obligatorio para todos (incluidos los ultraortodoxos). Que crearán una comisión para investigar los fallos israelíes del 7 de octubre de 2023, «para llevar la verdad a las familias y a toda la nación de Israel». Que promoverán un «judaísmo bueno e inclusivo», «sin coacción».
“Los israelíes están exhaustos”, afirma el Jerusalem Post. Votarán tras más de dos años en situación de guerra y sin que Netanyahu haya acabado con Hamas, Hezbollah ni Irán.
El presupuesto estatal para 2026 financió la defensa y a los colonos y los ultraortodoxos a expensas de los servicios de salud, educación, bienestar social y transporte, al tiempo que aumentaban el IVA y las tarifas del transporte público.
Alrededor de dos millones de israelíes (el 21 % de la población), incluidos 880 000 niños (el 28 %), ya viven por debajo del umbral de la pobreza.
Amit Segal, un analista cercano a Netanyahu, piensa que hay «fatiga» dentro de Israel a causa de la guerra. «El malestar entre la población, especialmente entre los votantes de Netanyahu, proviene de la sensación inicial de que la operación contra Irán sería la última ronda. En cambio, descubrieron que el asunto estaba lejos de terminar, agravado por la reapertura del frente libanés que se creía cerrado», escribió en Israel Hayom.
La “sanación nacional” que preocupa a Bennett y Lapid revela el impasse histórico en que se encuentra Israel, condenado a tomar la iniciativa de todas las guerras presentes y futuras a expensas de su propia población. Trump, naturalmente, apoya la enésima reelección de Netanyahu, hasta que sea capturado como criminal de guerra oficialmente acusado por el Tribunal Penal Internacional.
