Escribe Olga Cristóbal
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Netanyahu no ceja en su decisión de vaciar la Franja de Gaza; aunque no hay bombardeos masivos desde que se firmó el fraudulento “cese del fuego” los ataques diarios han causado la muerte de alrededor de 900 palestinos de todas las edades (8 muertos y 28 heridos en las últimas 48 horas) y herido por lo menos a 3.000. Desde hace dos años Israel impide la salida de enfermos graves, entre los que hay mutilados y personas con lesiones que con la falta de atención médica adecuada se vuelven irreversibles. Producto de la acumulación de basura y las aguas contaminadas, los campamentos de desplazados están llenos de ratas -los hospitales reciben niños mordidos por los roedores-, chinches y piojos, una epidemia de sarna y proliferan enfermedades nunca vistas en la zona. No hay duchas ni letrinas y escasea el agua potable.
Israel solo deja pasar camiones comerciales (productos para vender, en lugar de los de las agencias internacionales), no hay carne, ni huevos, ni tampoco pescado porque la Armada israelí no permite faenar en la costa gazatí. Escasean las verduras porque el ejército arrasó casi toda la tierra cultivable.
El 15 de mayo la ONU registró más de 82.000 niños de entre seis meses y 5 años con malnutrición aguda. No entran productos médicos, humanitarios ni gratuitos. “Necesitamos reponer medicamentos, piezas de los equipos médicos, piezas de las depuradoras de agua, aceite de motor para las ambulancias y motores para dar energía a los quirófanos", dice Médicos Sin Fronteras. Está prohibido el ingreso de materiales para la reconstrucción, desde clavos a excavadoras.
Israel, a la vez, avanza sobre el territorio gazatí, corriendo periódicamente los límites de la línea amarilla que partió en dos la Franja. Ya ocupa el 64% del territorio, empujando a casi ¿2 millones? de palestinos hacia una región ínfima, sin agua potable. El ejército obligó a desplazarse a los que vivían en ese 12% de territorio.
Los sionistas tampoco abandonaron los planes de imponer un “reasentamiento masivo fuera de Gaza” en países como Indonesia, Libia, Sudán, Congo y Somalia. (The conversation, noviembre 2025). Aunque los palestinos rechazaron emigrar de forma abrumadora, algunos fueron sacados de Gaza en vuelos fletados por una organización de colonos vinculada al ejército israelí.
La maniobra se descubrió en noviembre del año pasado cuando 153 palestinos fueron abandonados en un avión en la pista del Aeropuerto Internacional OR Tambo, Johannesburgo, Sudáfrica. No sabían ni dónde estaban ni a dónde se dirigían, ni habían comido en dos días, ni tenían pasaporte sellado ni pasajes de regreso ni alojamiento previsto. Más tarde, se verificó que venían desde Kenia y que su viaje había sido facilitado por una “agencia humanitaria” (sic) llamada Al Majd Europe, que se dedica a “evacuar musulmanes de zonas de conflicto”. Cada uno habría pagado 2000 dólares por adelantado a Al Majd Europe (AP, BBC, Times of Israel).
Según Haaretz, Al Majd Europe -dirigida por el israelí Tomer Jamar Lind- coordina sus actividades con la Oficina de Emigración Voluntaria del ejército israelí, dirigida por el fascista ministro de Finanzas Belazel Smotrich, un fanático religioso que predica la limpieza étnica y reclama para Israel un territorio que abarca desde Egipto hasta Irán.
El plan de evacuación, dice Haaretz, está orquestado por la organización Ad Kan, cuyo líder, Gilad Ach, milita frenéticamente por el traslado masivo desde Gaza. Evacuar Gaza y convertirla en parte de Israel es una obsesión sionista de larga data. En mayo de 1969, el Mossad impulsó un plan secreto: llevar 60.000 palestinos a Paraguay. Un documento oficial prueba el plan de expulsión y estableciendo además el pago a la dictadura de Stroessner de 33 dólares por cada deportado.
En setiembre de 1969 viajaron 20 hombres, algunos amenazados, otros con la promesa de que tendrían trabajo y una pronta reunificación con su familia. En realidad, los dejaron en zonas rurales remotas, sin documentación ni recursos, sin conocer el idioma. En mayo de 1970, dos de esos expatriados, Al-Dimassi y Khaled Kassab, atentaron contra la embajada de Israel en Asunción. Durante el juicio, denunciaron ser víctimas de un plan masivo de deportación. El escándalo internacional obligó a Israel a suspender los planes. Recién en 2004, Meir Amit, exdirector del Mossad, admitió: “Intentamos fomentar la emigración… nuestro el objetivo era reducir la población árabe”, declaró.
Israel avanza en el aniquilamiento de los palestinos de Cisjordania, aunque le cuesta una creciente crisis militar. El jefe militar de esa zona, el general Avi Bluth, actualizó la semana pasada la normativa para que entre en vigor la ley de pena de muerte “para los terroristas” (que no se aplica a los ciudadanos israelíes). Los tribunales militares pueden imponerla por mayoría simple. (Times of Israel, 18/5). Bluth admite orgullosamente que el ejército trabaja “codo a codo con los colonos que ejecutan los pogromos diarios” y celebra sus atrocidades como “terrorismo israelí”. Bluth, que se crió en un asentamiento ilegal, mantiene en Cisjordania una política “tan desenfrenada como distorsionada”, dice Haaretz, que lo acusa de generar las condiciones para una nueva Intifada.
“Convierto constantemente pueblos en zonas de conflicto», se jacta Bluth, en referencia al acoso salvaje contra la población palestina. “Bluth no solo no intenta impedir los pogromos, sino que, de hecho, los está propiciando”, afirma Haaretz.
Haaretz no es el único que teme una nueva Intifada.
Hace unos días, tras recorrer las comunidades palestinas de Cisjordania que han sufrido repetidos ataques por parte de colonos, el exjefe del Mossad entre 2011 y 2016, Tamir Pardo, afirmó que se sentía «avergonzado de ser judío» y advirtió de que la actual política israelí está «sembrando las semillas para el próximo 7 de octubre”. “Lo que vi es una amenaza existencial contra Israel”, declaró Pardo a Channel 13 News. “Ocurrirá de una forma diferente y podría ser mucho más dolorosa, porque Cisjordania es más complicada”, agregó.
La visita fue dirigida por el general de división (reserva) Yaakov Or, antiguo jefe del organismo militar israelí responsable de los asuntos civiles en Cisjordania. A ellos se unieron también los antiguos altos mandos militares Matan Vilnai, exsubjefe del Estado Mayor, y el general Amram Mitzna, que dirigió el Mando Central.
«Mi madre es una superviviente del Holocausto», añadió Pardo. «Lo que he visto aquí hoy me ha recordado a los acontecimientos que tuvieron lugar en el siglo pasado en un país muy desarrollado: el mismo fenómeno dirigido allí contra los judíos. Y me avergüenza ser judío aquí hoy».
La persecución a los palestinos no tiene fronteras. El domingo 17 el gobierno de Netanyahu aprobó la mayor confiscación de viviendas y comercios en la Ciudad Vieja de Jerusalén Este desde 1967. Están situados en la calle Al-Silsila, una de las principales calles históricas de acceso a la Mezquita de Al-Aqsa, una zona de gran importancia religiosa, histórica y política.
Es otro paso en la expulsión. Comisarías israelíes, puestos de avanzada de colonos y la plaza del Muro de Al-Buraq ya rodean partes de la zona que será confiscada que, sin embargo, aún mantiene una fuerte presencia palestina. La radio del ejército informó que la calle se integrará al llamado “Barrio Judío” tras las elecciones gubernamentales.
La gobernación de Jerusalén calificó una “peligrosa escalada colonial” que podría abrir la puerta a una nueva fase de desplazamiento forzado.
La mortífera carrera del sionismo hace oídos sordos a una crisis castrense, signada por la escasez de miles de soldados de combate y reserva, el desgaste operativo y las dificultades para sostener múltiples frentes militares en Gaza, Cisjordania, Líbano y Siria.
El domingo 17, la prensa israelí informó que se multiplican las advertencias sobre la imposibilidad de sostener operaciones prolongadas. El jefe del Estado Mayor Eyal Zamir informó al parlamento que “el ejército no podrá cumplir sus misiones a largo plazo sin extender el servicio militar obligatorio y resolver el problema del reclutamiento”. El “problema” se refiere al debate sobre el reclutamiento de judíos ultraortodoxos -que se niegan a incorporarse al ejército- y la extensión del servicio militar obligatorio.
Haaretz describió la situación interna como una “crisis de personal, una carga de trabajo excesiva, fricciones diarias y bajas”, al tiempo que señaló que la nueva doctrina de seguridad aplicada en Gaza, Cisjordania, Líbano y Siria ha generado “aislamiento, desesperación y emigración”. Estas advertencias ocurren en medio de la presión constante por las pérdidas militares registradas en el norte de la Palestina ocupada.
Además, Israel avanza en la nueva Nakba en medio de una inocultable crisis de salud mental. En los últimos dos años, la demanda de tratamiento de salud mental ha aumentado aproximadamente un 240 %, según informó Clalit Health Services en un comunicado que se hacía hincapié en el creciente impacto psicológico de la guerra.
Las cifras se presentaron durante una visita de la Comisión de Salud parlamentaria al Hospital Clalit-Beilinson, donde los legisladores se reunieron con altos funcionarios sanitarios para debatir las presiones a las que se enfrenta el sistema médico israelí, la preparación para tiempos de guerra y las nuevas herramientas que se están utilizando para hacer frente a la atención psiquiátrica y psicológica.
El sionismo ha convertido en asesinos y violadores a una generación completa de jóvenes, y en cómplices a sus familias.
