Escriben Marcelo Ramal y Jorge Altamira
Qué pretende el “Manifiesto” del PTS. Segunda entrega.
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En un texto anterior de estas entregas, se señaló que un giro hacia la izquierda del electorado, como el que se estaría expresando en las encuestas de intención de voto en Argentina, contribuiría a ampliar el horizonte del debate político en torno de cuestiones cruciales para la clase obrera, como la cuestión electoral y la conquista del poder, así como la naturaleza misma del programa de una izquierda revolucionaria.
El PTS ha publicado un “Manifiesto” con la pretensión de responder a la expectativa política que se ha creado en torno al ascenso electoral de Myriam Bregman, bajo el bizarro slogan de “Organicemos la simpatía”, extraído de esos sondeos. En ocasión de las elecciones en Salta en 2013, tanto nacionales como provinciales, el crecimiento sin precedentes del PO de aquel momento (12 puntos de diferencia sobre el peronismo, en la ciudad capital) suscitó un debate significativo entre el presidente de la cámara de Diputados, un peronista, y un comentarista político, en un semanario de la provincia. Mientras el primero sostenía que el Partido Obrero era una variante de la socialdemocracia, el comentarista lo caracterizó, con citas en la mano, como un decidido partidario de la dictadura del proletariado. Este debate planeó en la oposición de la minoría en el Concejo Deliberante para negarle al PO la presidencia en el organismo, desatando una crisis que duró cuatro meses.
El Manifiesto del PTS borra cualquier duda al respecto. Constituye un planteo nacionalista de cabo a rabo encuadra sus reivindicaciones en el marco del régimen político y social existente; es una adaptación, por momentos explícita, a los planteos del peronismo a lo largo de su historia.
Lo que sigue es la segunda entrega de la crítica.
El Manifiesto tiene entre sus ejes la constatación de una “decadencia nacional”. Reclama al PJ y a “la clase capitalista” no haber sacado al país de esa condición. Es, como dice la entrega anterior, un nacionalismo ‘en un solo país’, cuando la declinación del capitalismo es un estadio histórico internacional. La tesis de la “decadencia argentina” es un lugar común entre fracciones capitalistas muy diversas, en la cual se ha inscripto decididamente Javier Milei, que la contrasta con un capitalismo, para él, en vigoroso ascenso de sus fuerzas productivas. La superación del atraso de unas regiones respecto de otras, es el resultado de la desigualdad del desarrollo histórico que se ha cristalizado bajo la forma del imperialismo y la dominación de la periferia capitalista. La emancipación nacional, que de eso se trata (no de una ‘decadencia) sólo es posible como un episodio de la revolución socialista internacional.
El planteo de la “decadencia” en un solo país lleva de cabeza al del nacionalismo económico o la autarquía. El Manifiesto postula, por ejemplo, “el impulso a encadenamientos productivos que eleven la complejidad industrial y tecnológica” dentro de las fronteras nacionales. Ni siquiera China, que aun está clasificado como país “emergente”, ha intentado esta aventura sin destino, como lo demuestra la red internacional de sus inversiones en infraestructura y tecnología. La contracara de este desarrollo es la tasa de explotación obrera más alta del planeta – para capitales nacionales y extranjeros. Las “cadenas de producción” tienen, por definición, una escala internacional y reproducen las condiciones de dependencia y semicolonialismo de las naciones de menor desarrollo.
El enfoque de las “cadenas de valor nacionales” oculta una cuestión crucial: la extraordinaria internacionalización de las fuerzas productivas. Mientras esta internacionalización despierta la conciencia nacional en los países económicamente atrasados, ella socava la autonomía del estado nacional. Como todo esto es el ABC del marxismo y de la IV Internacional, el Manifiesto representa un esfuerzo ‘manifiesto’ de adaptación al orden mundial existente y a la conciencia que busca imponer el imperialismo entre las masas, especialmente las de clase media y profesionales.
Un Manifiesto de un partido que se reivindica socialista debería destacar los límites de una reorganización o centralización económica en el marco de las fronteras productivas nacionales. Hacia el final, el texto señala que la revolución en un país sería un primer paso de la revolución socialista internacional”, pero esa revolución inicial no sería la de los “encadenamientos productivos” nacionales. En China no iniciaron una revolución socialista, sino una restauración capitalista que no ha ahorrado chorros de sangre de la clase obrera.
El texto llama a que la “la clase trabajadora” (así redefine al proletariado o clase obrera, para diluirla como un sector más del ‘mundo del trabajo’) “controle y dirija los resortes claves”, aunque no el poder político. Elude la expropiación del capital, cuando todo control obrero real es un acto de expropiación de la burguesía. La ausencia de un planteo de poder vacía de contenido histórico y político al control obrero. La incursión contra la gran propiedad privada, como es el control obrero, es un instrumento de transición hacia la dictadura del proletariado en una situación revolucionaria. Este planteo, por ejemplo, está por completo ausente en la actuales movilizaciones y bloqueos en Bolivia, lo cual pone un poderoso obstáculo a su desarrollo. “El monopolio estatal del comercio exterior”, que propugna el Manifiesto,” poniendo su gestión en manos de la clase trabajadora, no de la dirigencia política que sirve a estos empresarios”, es una descomunal impostura. En primer lugar, porque ese “monopolio estatal”, no involucra a la industria de exportación, sino a los intermediarios, como ha ocurrido con el IAPI (Instituto Argentino de Promoción del Intercambio) o las Juntas de Granos y de Carnes; esta ‘estatización’ es un arbitraje entre los precios de producción nacionales y los precios de mercado internacionales, o sea, en última instancia un rescate del capital. Esta forma de “control obrero” cuotificado sirve por sobre todo a una cooptación política del estado, que aleja a la clase obrera de la lucha por un gobierno de trabajadores.
El texto saca a la luz, además, un viejo debate al interior del FIT, la cuestión de los servicios como la salud o el transporte “bajo la gestión de trabajadores y usuarios”. Aquí, se pasa por encima que la categoría de “usuario” opone a quien utiliza el servicio público con sus trabajadores -de la salud, o ferroviarios. Por eso los ‘libertarios’ levantan la consigna de la “soberanía del consumidor”, o sea el precio más bajo posible para las mercancías, mediante el abaratamiento de la mercancía más importante – la fuerza de trabajo. La distinción entre “usuario” y “trabajador” desaparece bajo el gobierno de la clase obrera como sujeto colectivo. Pero el control y la gestión del Manifiesto petesiano es la incorporación o cooptación de una clase obrera fragmentada, con el pretexto de “fiscalizar” al capital – que acabará por corromperla.
