Escribe Iara Bogado
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Un artículo publicado recientemente en el Wall Street Journal echa luz sobre una dinámica que desde este espacio venimos caracterizando con precisión: la fusión indisoluble entre la descomposición capitalista, la guerra mundial imperialista y la bancarrota de la agenda ambiental de la burguesía. Según el informe de Perry Cleveland-Peck, la administración de Donald Trump se encuentra planificando proveer a empresas de energía nuclear con plutonio de calidad armamentística, extraído directamente de los misiles retirados de la Guerra Fría. Esta iniciativa, presentada bajo el cínico ropaje de la "innovación en el reciclaje", no es más que la confirmación de que el llamado "renacimiento nuclear" está atado al complejo militar-industrial y a la necesidad del imperialismo estadounidense de readecuar su matriz energética para los choques bélicos globales que se avecinan.
Este giro estratégico desnuda que la energía atómica no reaparece como una alternativa "limpia" frente a la crisis climática, sino como un recurso de supervivencia para las potencias en un mundo fracturado. La decisión del Pentágono de reciclar el 90% de la energía residual del combustible gastado y de fusionar los arsenales nucleares con el negocio de corporaciones como Oklo, Shine Technologies o Curio (WSJ, 01/06), responde a una estricta lógica de economía de guerra. Ante lo que el propio Director Ejecutivo de la Agencia Internacional de la Energía, Fatih Birol, define como "la mayor crisis de seguridad energética que el mundo haya enfrentado" (ídem) -una realidad empujada por la escalada bélica en Medio Oriente y la amenaza inminente de un bloqueo en el estratégico Estrecho de Ormuz - las potencias imperialistas necesitan garantizar su autarquía energética a cualquier costo para sostener el frente interno y militar, subordinando el desarrollo científico al armamentismo.
Por otro lado, la novedad de que la Comisión de Bolsa y Valores (SEC) de EE.UU. ha propuesto de forma oficial liquidar las regulaciones de divulgación climática heredadas de la era Biden, termina de sepultar la farsa del "capitalismo verde". Como veníamos señalando en nuestras elaboraciones anteriores sobre la crisis ambiental y climática, las tímidas agendas de descarbonización y los pliegos de "responsabilidad corporativa" de los gobiernos de la burguesía quedaron expuestos como lo que verdaderamente son: humo. Ante la recesión generalizada y la necesidad de abaratar los costos de producción de los monopolios para competir en el mercado mundial, la administración Trump directamente archiva estos controles por considerarlos "excesivamente gravosos y costosos" (WSJ, 01/06).
Mientras las corporaciones quedan liberadas para contaminar y ocultar sus emisiones de gases de efecto invernadero, la infraestructura de los "neoclouds" y los centros de datos devoran de forma desesperada la energía y los recursos hídricos en un planeta crecientemente estresado por las sequías. La crisis climática no es un exceso corregible del sistema, sino un resultado directo de un régimen social que prefiere liquidar las condiciones elementales de vida de la población antes que resignar la tasa de ganancia de los capitalistas de la timba financiera.
Este esquema tiene su correlato directo en la ofensiva de la guerra imperialista. El rearme nuclear estadounidense marcha en paralelo al financiamiento y aval de las potencias a la masacre perpetrada por el sionismo, que ejecuta una guerra de exterminio contra el pueblo palestino y expande el conflicto en Medio Oriente con ataques criminales, como los de los colonos israelíes a los palestinos en Cisjordania y los bombardeos en la región. La barbarie de este capitalismo en decadencia alcanza también a América Latina, donde bajo la tutela del imperialismo se refuerza el protectorado sobre Venezuela, se multiplican las amenazas en la región y se profundiza el brutal asedio destinado a someter por hambre al pueblo de Cuba. No estamos ante episodios de violencia “geopolítica” aislada, sino ante la política de guerra de un régimen social dispuesto a masacrar poblaciones enteras y utilizar territorios y cuerpos como botín de guerra para asegurar el control de los recursos estratégicos del planeta.
Frente a un imperialismo que busca convertir a regiones enteras -incluida la Argentina de Milei mediante pactos como el "Escudo de las Américas"- en meros protectorados proveedores de recursos estratégicos (como el litio o el uranio), la salida no vendrá de los comités parlamentarios ni de las cumbres climáticas de la burguesía. La lucha contra la destrucción del planeta, contra la guerra y la de la clase obrera es una sola. Por eso necesitamos construir una dirección política independiente de la burguesía, organizando asambleas soberanas desde las bases para derrotar a los gobiernos del hambre y exterminio, expropiar a los monopolios contaminantes y abrir paso a una alternativa obrera y socialista a nivel internacional.
