Ucrania y Moldavia hacia la Unión Europea: adhesión acelerada en medio de la guerra

Escribe Camilo Márquez

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La Unión Europea ha abierto formalmente las negociaciones de adhesión con Ucrania y Moldavia, con el primer ‛cluster’ de “fundamentos” (estado de derecho, lucha contra la corrupción, independencia judicial). El acuerdo en este punto se considera el eje vertebral de todo el proceso de integración, “dado que condiciona la apertura y el cierre del resto de los 35 capítulos de adaptación a la legislación europea” (Infobae).

Este paso se produce en paralelo con la Cumbre del G7 en curso en Francia, donde los líderes del bloque -junto a Zelensky- coordinan el siguiente paquete de armas, sanciones y dinero para reforzar la guerra contra Rusia. A la par de esto, el G7 ha votado la búsqueda de una reunión con Putin.

El proceso acelerado de absorción de Ucrania y Moldavia contrasta con la lentitud histórica de las ampliaciones de la UE.

La adhesión a la UE fue el eje del golpe de Estado de febrero de 2014, que derribó al gobierno pro-Kremlin. Moldavia hizo lo propio en 2022. Ese mismo año, ambos países obtuvieron el estatus de candidatos. Las negociaciones formales se abrieron en 2024. Ambas son ex repúblicas soviéticas, tienen minorías rusófonas y conflictos separatistas (Donbass/Crimea en Ucrania; Transnistria en Moldavia). Rumanía opera como el principal sponsor de Moldavia en la UE, dado que una parte considerable de sus habitantes ya cuentan con pasaporte rumano. Ante posibles bloqueos en las negociaciones de adhesión, Rumanía y sectores pro-UE en Moldavia han puesto sobre la mesa la reunificación (“Unirea”) como “plan B”: Moldavia entraría automáticamente a la UE y la OTAN como parte de Rumanía.

Bruselas ha señalado que en Ucrania persisten problemas estructurales: oligarquías, corrupción endémica y un aparato estatal devastado. El proceso formal es largo, se requieren 35 capítulos del acervo comunitario y unanimidad de los 27 estados miembros para cada avance. Una alternativa barajada sería un “enlargement inverso”, un concepto técnico que define que Ucrania no entraría como miembro pleno, sino con derechos y obligaciones escalonadas, pero se le otorgaría la membresía formal (o una versión parcial de ella), dejando las “reformas profundas” para después.

En el proceso tradicional un país cumple todos los requisitos y al final se le otorga la membresía.

Hasta ahora la Hungría de Victor Orbán (cercano a Trump y a Putin) había sido un obstáculo insuperable para anexar a Kiev. Aún resta ver la postura de otros países como Eslovaquia o incluso sectores en Alemania, Polonia y Francia, que temen los costos de la competencia agrícola de Ucrania, y la cuña que metería Estados Unidos.

La crisis de Euromaidán (2013-2014) fue precisamente por el rechazo de Víktor Yanukóvich, presidente de Ucrania en ese entonces, a firmar el acuerdo con la UE, que chocaba con su integración a la Unión Económica Euroasiática, un bloque regional dominado por Rusia. El inicio de la “Operación Militar Especial” rusa en febrero de 2022 y el bloqueo al Nord Stream I, con anterioridad, bajo la primera presidencia de Trump, provocaron el estallido de la alianza Moscú-Berlín.

Para el Kremlin, la adhesión de Ucrania a la UE implica la pérdida definitiva de Ucrania como “zona de influencia”, y el establecimiento de la OTAN en las puertas de Rusia.

Las resoluciones de la reunión del G7 implican una acentuación de la guerra en territorio de Rusia. La adhesión de Ucrania y Moldavia aceleraría la militarización de Europa.

Moldavia, ya de facto parte del espacio de seguridad OTAN, más pequeña y pobre, sigue un camino similar al de Ucrania.

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