La crisis política en Gran Bretaña

Escribe Aldana González

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Keir Starmer anunció su renuncia al liderazgo del Partido Laborista y a su cargo de primer ministro de Reino Unido. Se mantendrá en funciones de forma interina hasta que el Parlamento elija un sucesor, en septiembre.

El detonante de la decisión fue el súbito ascenso político de Andy Burnham, quien arrolló en las elecciones del Gran Manchester, para diputado, y se convirtió en el principal candidato para reemplazarlo. Starmer venía en caída debido al deterioro de la popularidad de su gobierno en las encuestas y a los malos resultados del Partido Laborista en las elecciones municipales en Inglaterra este año.

El anuncio de Starmer sucedió un día antes de que el Brexit –la salida del Reino Unido de la Unión Europea– cumpla el décimo aniversario. El Reino Unido atraviesa una crisis de poder, que Brexit ha ahondado. En los últimos diez años, el país ha tenido seis primeros ministros, con el mandato más breve de uno de ellos, de solo un mes y medio, en el caso de Liz Truss. Con excepción de Starmer, pertenecían al Partido Conservador. El recambio hacia el laborismo hizo más severa la crisis. La deuda pública de Gran Bretaña es insostenible y todos los planes de ajuste han fracasado, no sin dejar un tendal mayor de pobreza. Las encuestas designan al fascista Neil Farage, del partido de la Reforma, en el primer lugar.

Los partidarios del Brexit sostenían que la economía despuntaría sin las regulaciones comunitarias, y que la libra esterlina se fortalecería. Pero sucedió exactamente lo contrario. Según un análisis del National Bureau for Economic Research de Estados Unidos y la Universidad de Stanford, el PBI está hoy entre seis y ocho puntos por debajo de donde estaría de haber continuado en el bloque. La economía británica ha promediado un crecimiento anual del 1,4 %, cuatro décimas menos que en los 15 años inmediatamente anteriores. La Oficina para la Responsabilidad Presupuestaria calcula que la productividad es hoy un 4 % menor de lo que sería de haber votado por quedarse. El comercio exterior es hoy un 15 % más bajo, las inversiones se han reducido un 18 % y hay un 4 % menos de empleo. El nivel de vida ha empeorado y los incidentes de violencia han aumentado. Además, el país está super endeudado, con una deuda pública que supone el 100 % del PBI, producto de la crisis del 2008 y de los subsidios al capital durante la pandemia y, otra vez, el Brexit. Más de la mitad de los británicos declaran que votarían por volver a la Unión Europea, y que habría que priorizar la relación con el continente antes que los vínculos con los Estados Unidos. La Unión Europea es el principal socio comercial del Reino Unido y compra el 41,4 % de las exportaciones totales, muy por delante de Estados Unidos, que ocupa el segundo lugar.

Las restricciones y los impuestos para moverse al continente no representan ninguna ventaja para los británicos –más bien son un escollo para el comercio bilateral–, mientras que esas mismas medidas no menguaron la inmigración, que actúa como chivo expiatorio de todos los males. La City de Londres se prepara para una huida de capitales si el primer ministro ‘impectore’, Andy Burnham, relanza la economía por medio de un mayor gasto fiscal. Hasta la selección nacional de Inglaterra ha sido eliminada en la primera vuelta del Mundial.

Esta situación económica produjo el mayor resurgimiento de las huelgas desde finales de los años 80. La fuerte inflación y la pérdida del poder adquisitivo desencadenaron paros en el ferrocarril, el correo, el sistema de salud, la educación, las universidades y otros sectores. En 2023 se registró el mayor número de jornadas laborales perdidas por huelgas en décadas. Fundamentalmente, en el sector público.

Starmer llegó al poder para frenar este ascenso. Rápidamente, tuvo que enfrentar la guerra arancelaria lanzada por Trump, en perjuicio del Reino Unido. Ha intentado fortalecer su posición en la OTAN cuando esta misma se encuentra en desintegración. Operó para la continuación de la guerra cada vez que hubo amagues de tregua, en función de los intereses de la industria bélica británica, pero en perjuicio de los consumidores devorados por la inflación. El fuerte apoyo que otorgó al sionismo, chocó violentamente con las movilizaciones contra la guerra genocida. Declaró terrorista a Palestine Action y a cualquiera que colaborara con la causa nacional palestina. Impulsó una purga en el Partido Laborista para expulsar a cientos de militantes por sus posiciones contra el sionismo, que calificó de “antisemitas”, incluidos muchos judíos. Los casos más conocidos fueron los del dirigente Jeremy Corbyn y el cineasta Ken Loach. Mientras le ha asignado un total de 21.800 millones de libras esterlinas (28.892 millones de dólares) al régimen de Kiev, Starmer decidió recortar los subsidios energéticos a más de 10 millones de personas, entre ellos jubilados, apenas asumió como primer ministro.

En las últimas elecciones municipales, el Partido Laborista sufrió una derrota frente a Reform UK, el partido de ultraderecha de Nigel Farage; el Partido Conservador también siguió en caída. .

El ministro de Defensa se anticipó a la salida de Starmer con una renuncia y el reclamo de un mayor presupuesto para armas. Lo mismo ocurrió con el de Sanidad, que dimitió en mayo con la finalidad de acelerar las primarias en el partido y forzar la salida del primer ministro.

El que le puso la tapa al cajón fue el laborista Andy Burnham con su popularidad en ascenso. El 18 de junio arrasó en la elección parlamentaria parcial de Mekerfield, con casi el 55 % de los votos, derrotando a Reform UK. El partido de Farage había ganado en las municipales apenas un mes antes. Con este resultado, Burnham tuvo que renunciar a la alcaldía de Gran Manchester para asumir la banca el mismo día en que Starmer anunció su dimisión. Su participación en el Parlamento lo habilita para aspirar a reemplazar a Starmer.

Como alcalde, Burnham ganó popularidad durante la pandemia oponiéndose al gobierno conservador de entonces, y quedó como defensor de los intereses del norte de Inglaterra.

El laborista de Manchester hace equilibrio utilizando consignas ambiguas. Su programa se basa en fortalecer el sistema de salud, criticar la austeridad y plantear mayor inversión en el sector público. Las fichas que tiene a favor son que Manchester tuvo durante su gestión un crecimiento tres veces mayor al promedio nacional, una explosión inmobiliaria, mejoras salariales y mayores derechos laborales. La caja del Reino no es la del municipio de Manchester

A Burnham, la City de Londres lo mira de reojo, aunque ha encauzado el clamor por el orden fiscal. Que Burnham aparezca en las encuestas como el único capaz de vencer a Farage, capaz de crear una súbita muerte financiera con la rebaja de impuestos a los ricos, es lo que lo convierte en el mal menor a los ojos de la City. Burnham ya declaró que no tiene pensado desandar el Brexit para no darle argumentos a Farage, el "Mister Brexit", quien encabeza las encuestas en intención de voto. En principio, el parlamento actual tiene mandato hasta el lejano 2029

Trump anticipó la renuncia de Starmer, en redes, y aprovechó para reclamar que Reino Unido explote el petróleo del Mar del Norte. Starmer congeló todos los proyectos en ese sentido, en sintonía con los parámetros ambientalistas de la UE. En cambio, Trump brega por aumentar la explotación de combustibles fósiles.

La guerra mundial es el resultado del choque de las fuerzas productivas con los límites que impone la organización del mundo dividido en estados nacionales. El capitalismo ha pretendido zanjarlos con la globalización y las comunidades económicas. El Brexit, el repliegue de Trump al continente americano y su intención de repatriar las industrias son todos intentos de sortear la crisis por medio de una regresión tan reaccionaria como infructuosa.

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