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Yo trabajo en esta zona desde hace años, y como yo hay miles. Vivimos pegados al río Paraná de las Palmas, donde se levanta uno de los polos industriales más pesados del país: refinerías, petroquímicas, papeleras, siderúrgicas, las térmicas. Toda esa máquina genera fortunas para un puñado de dueños. Y nosotros, los que ponemos el cuerpo adentro de las plantas y los que vivimos en los barrios de alrededor, lo pagamos con los pulmones. La pregunta de fondo, la que atraviesa todo lo que voy a contar, es simple: ¿por qué, con la plata que sale de acá, no gastan un peso en cuidarnos la salud?
No lo digo de figura. Hace poco, después de semanas de llamaradas ininterrumpidas, la refinería de Axion en Campana recién redujo la llama de sus antorchas. Las enormes llamaradas, el olor fuerte y la irritación constante de garganta y ojos nos mantuvieron preocupados y volvieron a despertar la misma duda de siempre: ¿qué es exactamente lo que largan esas antorchas sobre nuestras casas?
El encendido de antorchas en las refinerías no es un capricho: es un procedimiento para quemar los gases nocivos que salen del petróleo, que así se liberan de una forma menos venenosa que tirarlos crudos al aire. Pero atención, porque acá está el truco: quemarlos atenúa el efecto, no lo elimina. Durante esa quema se largan toneladas de dióxido de carbono, dióxido de azufre y material particulado, esas micropartículas que se desprenden del fuego y que uno termina respirando. ¿Y dónde pasa todo esto? A menos de 500 metros de las viviendas linderas y a unas diez cuadras del centro de Campana. Es decir: nos queman veneno atenuado literalmente encima de las casas.
Porque acá nada es anónimo. Axion es una de las petroleras más importantes de la Argentina, y su CEO es Alejandro Bulgheroni, uno de los hombres más ricos del país. Mientras la fortuna de los Bulgheroni no para de crecer, nosotros convivimos con el riesgo permanente de que esto explote, y nuestras familias respiran olor a combustible casi todos los días. Y el municipio, que debería cuidarnos, mira para otro lado: cuando el Concejo Deliberante votó por unanimidad pedirle un informe a la empresa sobre seguridad y contaminación, Axion ni les contestó a los concejales. El que tiene la plata manda, y el que tiene el cargo se hace el distraído.
Y que no nos digan que esto es nuevo o que exageramos. El doctor Diego Andreini, vecino de Campana, viene denunciando la contaminación de esta refinería desde hace más de veinte años, desde cuando todavía se llamaba Esso. Habló de la lluvia de carbón sobre la ciudad, de las enfermedades respiratorias entre los vecinos, y de cómo las autoridades municipales ignoraron sus reclamos durante décadas. Dos décadas de denuncias y seguimos igual o peor. Si algo demuestra eso, es que acá el problema está más que probado; lo que falta es voluntad de resolverlo. Porque resolverlo cuesta plata, y esa plata prefieren embolsarla.
Ahora, la pregunta del millón: ¿quién mide el aire que respiramos? Las mismas empresas que lo ensucian. En nuestra zona existe el CICACZ, el Comité Interindustrial de Conservación del Ambiente Campana-Zárate, integrado por Axion, Siderca, Bayer, Toyota y otras. En 2013 se firmó un convenio con la provincia y los municipios de Campana y Zárate para que ese comité opere la red que mide la calidad del aire, con una inversión de las propias empresas cercana a los 700.000 dólares en aparatos. Leelo despacio: las grandes empresas contaminantes se monitorean a sí mismas y publican sus propios resultados. El zorro cuidando el gallinero.
Pero la cosa empeoró, y este es el dato que lo pinta todo de cuerpo entero. Según pudo saber La Izquierda Diario, desde abril de 2025 la estación que el CICACZ tiene en la Municipalidad de Campana dejó de reportar el nivel de micropartículas, justamente las que entran al sistema respiratorio y las que más daño hacen. Consultado, el CICACZ respondió que ese analizador fue retirado de funcionamiento por vencimiento de su vida útil. Hace más de un año que no funciona, y ninguna autoridad provincial ni municipal exigió reponerlo. Y ojo con el detalle: es la estación que mide en la zona más poblada de Campana, donde vive más gente.
Pará y pensá lo que significa. Estamos hablando de un aparato, de un gasto mínimo comparado con lo que factura cualquiera de estas empresas. No lo reponen. Y acá está el contraste que lo dice todo: la misma refinería que no repone un medidor de micropartículas encaró una expansión que demandó una inversión de 1.500 millones de dólares. Tienen mil quinientos millones para agrandar el negocio, pero no tienen para el aparato que mide lo que nos enferma los pulmones, en el barrio donde vive más gente. Esa es la respuesta a la pregunta del principio: no gastan en cuidarnos porque cada peso que no ponen en medio ambiente es un peso que se llevan. Nuestra salud es, para ellos, un costo que prefieren no pagar.
Y cuando te enfermás por lo que respirás, empieza otra pelea: la de que alguien te lo reconozca. Desde julio de 2026, con la reforma laboral, los certificados médicos para justificar una falta tienen que ser digitales, emitidos por plataformas especiales; el papel de toda la vida, el que te firma el médico en la guardia, quedó como excepción. ¿Y sabés qué pasa en la zona? Que las guardias están saturadas y muchos hospitales y clínicas todavía te dan el certificado en papel, porque no tienen el sistema digital andando. El servicio médico de Siderca, en cambio, solo acepta los digitales.
Fijate en la trampa perfecta: te enfermás por el aire que ellos ensucian, vas a atenderte donde podés, te dan un certificado que la empresa después no reconoce, y esa falta te la cuentan como injustificada. No lo decimos solo nosotros; hasta los abogados laboralistas advierten que exigir el certificado digital deja afuera justo al trabajador que se atiende en una guardia saturada o sin conexión. La reforma les dio la herramienta y ellos la usan. El círculo se cierra siempre para el mismo lado, y nunca es para el nuestro.
Juntemos las piezas y que cada uno saque su conclusión. Las empresas nos queman gases a metros de nuestras casas. Se controlan a sí mismas. Dejaron de medir lo que más nos enferma y no gastan en reponer el aparato. El municipio no les exige nada. Y cuando te enfermás, el sistema está armado para que ni siquiera puedas justificar la falta. Ninguna de esas cosas es un accidente ni mala suerte: son decisiones y todas apuntan en la misma dirección.
Uno mira todo esto junto y no le hace falta que nadie le explique quién gana y quién pierde. Ganan los que se llevan las fortunas y no quieren gastar un peso en cuidarnos. Perdemos los que producimos esa riqueza y encima respiramos el veneno. La salud de los que sostenemos con nuestro trabajo toda la riqueza de esta región no puede seguir en manos de los que la envenenan y de los que los dejan hacer. Lo demás, la conclusión de fondo, la vas sacando solo, y estoy seguro de que la vas sacando igual que yo.
Por eso hace falta lo mínimo y lo elemental: un monitoreo del aire y de la salud que sea de verdad independiente, controlado por los trabajadores, las asambleas de vecinos y las universidades públicas, y no por las empresas que nos enferman. Que se reponga ya el medidor de micropartículas en la zona más poblada. Y que se investigue de una vez, en serio, cuántos enfermos respiratorios hay en esta región y por qué. Porque lo que no se mide, para ellos no existe. Y nosotros existimos, y estamos cansados de que nos cuenten como un costo.
