Escribe Rafael Fernández - Partido de los Trabajadores (Uruguay)
Una campaña contra “el fantasma del comunismo” para las elecciones del 3 de noviembre.
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El jueves 16, Donald Trump pronunció un discurso en horario central que fue ignorado por la mayor parte de los medios de comunicación, que habían anticipado que consistiría en una serie de denuncias infundadas y en el anuncio de medidas de lesa constitucionalidad. Denunció, por ejemplo, que China se había apropiado de padrones electorales que son, sin embargo, de conocimiento público. Algunos analistas acotaron un juicio sobre el discurso, que interpretan como una convocatoria a la movilización electoral de la derecha del partido Republicano. Los sondeos señalan una desaprobación del 65% para Donald Trump. Con un enfoque más abarcativo, otra segunda tanda de analistas señala que Trump busca convertir al ascenso de la intención electoral para el ala izquierda del partido Demócrata (los llamados Demócratas Socialistas) en un instrumento para denunciar el ‘comunismo que amenaza a América” y provocar una reacción derechista de parte del electorado demócrata hacia los republicanos. Para Mike Johnson, el presidente trumpista de la Cámara Baja, “una Revolución Bolchevique cruza Estados Unidos”.
El discurso de Trump fue precedido por la remoción de dos integrantes Demócratas de la Comisión de Asistencia Electoral, aprovechando una reciente resolución de la Suprema Corte que autoriza a destituir a los directores de las Agencias que son independientes del gobierno -con la excepción de la Reserva Federal. La Casa Blanca aseguró los funcionarios no estaban “totalmente alineados” con el objetivo de “asegurar la integridad electoral”. Dado que los restantes dos comisionados (Republicanos) renunciaron en distintos momentos, esta Comisión quedó descabezada a pocas semanas de las elecciones de medio término en las que se renueva la totalidad de la cámara de Representantes y un tercio del Senado. Todos los pronósticos apuntan a que el gobierno perdería la mayoría en la Cámara Baja y que arriesga la leve mayoría en la Cámara Alta. La Comisión electoral no organiza las elecciones ni realiza los escrutinios, pero financia los cambios en los sistemas de votación, certifica y prueba equipos y sistemas, y elabora guías y recomendaciones acerca de la elección misma. La destitución de los comisionados Demócratas se inscribe en una campaña de calumnias contra el sistema electoral que ya lleva años, en especial cuando certificó la victoria electoral de John Biden, contra Trump, en 2020.
Según el Washington Post, “el Departamento de Seguridad Nacional (DHS) intentó presionar a los estados para que se adhirieran a los planes de Trump, amenazando con retener los fondos federales si no realizaban controles ciudadanos a los votantes y no aceptaban eliminar gradualmente algunos tipos de sistemas de votación electrónica”. Por otra parte, en Carolina del Norte (“un Estado clave en las elecciones”) los Republicanos ya vienen aplicando los criterios que impulsa el trumpismo en la SAVE America Act: “Los republicanos en las juntas electorales de los condados han intentado eliminar los centros de votación anticipada o trasladarlos a zonas más conservadoras. La junta electoral estatal, controlada por los republicanos, tendrá la última palabra sobre la ubicación de muchos de estos centros” (ídem). Las medidas afectan sobre todo a estudiantes (serían removidos los lugares de votación en las Universidades).
El discurso de Trump lanzó una catarata de “fake news”. Acusó a China de haberse apoderado de una base de datos de 220 millones de votantes estadounidenses, para concluir que hubo injerencia china en su derrota en 2020. Lo cual es falso porque no hay tal número de personas registradas públicamente para votar, y en segundo porque lugar los documentos desclasificados señalan que “un actor chino” simplemente descargó “información de acceso público del registro de votantes de EE.UU. correspondiente a seis estados” y que “se desconocen las motivaciones reales para recopilar esta información” (DW, 17/7). Por otra parte, la postura oficial de la Inteligencia estadounidense es que “no hubo indicios de que ningún actor extranjero intentara alterar ningún aspecto técnico del proceso de votación en las elecciones estadounidenses de 2020, y eso incluye el registro de votantes, la emisión de votos, el recuento de votos y la comunicación de resultados”. Los mismos documentos oficiales especulan con que Rusia sí autorizó campañas de influencia a favor de Trump, no en contra, y que Irán hizo lo propio para perjudicarlo, aunque sin tampoco aportar evidencia.
El otro eje de falsificaciones apunta al mito de los votos de no ciudadanos. Ya en 2016, Trump había afirmado que él “ganó el voto popular si se restan los millones de personas que votaron ilegalmente” (ídem). Es casi inexistente el registro de personas sin ciudadanía, ni menos que efectivamente voten.
Las afirmaciones sin fundamento o directamente falsas han penetrado en una parte de la base Republicana, lo cual desbarata el objetivo contrario del discurso. Según una encuesta de Reuter/Ipsos de abril, un 31% de la población está en algún grado de acuerdo con que “las elecciones de 2020 le fueron robadas a Donald Trump”, y un 27% desconfía de que sus votos sean contados correctamente. Un porcentaje aún mayor (46%) tiene sospechas de que hay un alto número de votos fraudulentos de personas que no tienen la ciudadanía.
Otro eje del discurso fue sembrar dudas en el voto por correspondencia y el recuento de esos votos que en algunos Estados pueden enviarse hasta el mismo día de la elección (por lo cual su recepción y recuento es tardía). Hace ya varios años que este es un eje de las acusaciones el trumpismo, aunque “La propia Heritage Foundation, que es un centro de investigación conservador vinculado con el Partido Republicano, únicamente registró 387 casos de personas que utilizaron papeletas de voto en ausencia (absentee ballot) o por correo de manera fraudulenta desde 2000 hasta junio de 2026” (Factchequeado); “el voto por correo cuenta con varias medidas de seguridad, como la verificación de identidad y acarrea sanciones severas, incluyendo hasta 5 años de prisión y multas de hasta 10,000 dólares a nivel federal”.
Trump volvió a poner dudas sobre las elecciones del Estado de California, donde en las recientes primarias un millón de personas votó en forma presencial y 8.4 millones votaron por correspondencia. La limitación del voto por correo apunta a reducir el número de votantes, lo cual favorece a los Republicanos -la mayoría de los que utilizan esta vía son votantes Demócratas.
Varias cadenas de televisión no transmitieron el discurso en vivo (ABC, CNN, NBC), otras lo hicieron parcialmente, aunque interrumpían la transmisión para hacer un chequeo de la veracidad de las afirmaciones (por ejemplo, MSNBC y CBS). Obviamente, la ultraderechista Fox News lo emitió en su totalidad. Trump amenazó a ABC y NBC con revocarles las licencias de transmisión, denunciando un supuesto complot de los medios de comunicación y de proteger a la “izquierda radical”. El discurso anti-comunista del gobierno viene escalando y abarca a cada vez más amplios sectores. Mientras condena a decenas de años de prisión a militantes anti-fascistas (por ejemplo, en Texas), y lanza una caza de brujas contra la izquierda, el trumpismo apunta a acallar cualquier voz que no propague sus mentiras.
El discurso apuntó una vez más a presionar al Senado a dar su voto a la SAVE America Act, la ley electoral que busca limitar el voto a millones de personas -y a limitar el voto por correspondencia. Trump fue incapaz de aportar ninguna prueba de sus acusaciones pese a que hubo varias investigaciones del Departamento de Justicia y el FBI, precisamente porque no encontraron evidencia alguna para sustentarlas.
El discurso de Trump obedece a un propósito de largo aliento, que es convertir su inevitable derrota electoral en un factor de polarización política con alcances fascistas. Está previsto que las elecciones sean cuestionadas, con posterioridad, por medio de una sucesión de impugnaciones que pongan en duda los resultados a nivel de distintos, Estados, o incluso intentar demorar la toma de posesión de algunos legisladores. Trump está jugado a concretar un “cambio de régimen”, pero esta vez en Estados Unidos. Para quienes opinan que Trump es anacrónico porque “el comunismo ha dejado de existir”, es más cierto que nunca que “recorre el mundo” en calidad de “fantasma”.
