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Las próximas elecciones presidenciales de Brasil, a realizarse el 4 de octubre próximo, se han convertido en un escenario de disputa de la guerra mundial en desarrollo. La presidencia es disputada por el actual presidente Lula da Silva, que iría por su cuarto mandato, y el senador derechista Flávio Bolsonaro, hijo del ex presidente Jair Bolsonaro, encarcelado y condenado a 27 años de prisión por su intento de golpe de estado en las elecciones en 2022. Trump juega abiertamente a favor de la candidatura de Bolsonaro hijo, quien se comprometió a integrar a Brasil al Escudo de Las Américas, aunque no ha dejado en claro si romperá el BRICS. El presidente argentino Javier Milei viajará mañana a Brasil para brindar su apoyo al fascista brasileño.
Según las últimas encuestas, Lula aventajaría a Flávio Bolsonaro por 8 puntos (45% contra 37%) en un eventual ballotage, que se realizaría el 25 de octubre próximo. Hasta mayo, se registraba un virtual “empate técnico”.
La diferencia a favor de Lula no se debe tanto a un crecimiento de éste, sino al derrumbe de su rival. El retroceso electoral del senador ultraderechista comenzó con su involucramiento en casos de corrupción derivados de la quiebra del Banco Master. Más recientemente, se vio golpeado por el rechazo de parte importante del electorado de su país a las medidas arancelarias impuestas por Donald Trump. Flavio Bolsonaro se vio obligado a solicitar públicamente al presidente norteamericano que no imponga el paquete de aranceles del 25% que comenzó a regir desde el 22 de julio, advirtiendo que tal medida perjudicaría su campaña. Los aranceles norteamericanos afectan a unos 3.000 productos que suman el 18% de las exportaciones brasileñas (un costo de alrededor de 7.400 millones de dólares).
La quiebra del banco Master causó pérdidas de 2000 millones de dólares a sus inversionistas en noviembre de 2025 y es catalogada como la mayor estafa financiera en la historia brasileña, salpicando a políticos de diversos sectores, jueces y empresarios. Mientras Lula hizo renunciar como presidente del Senado a un viejo aliado y líder del PT, Jaques Wagner, acusado de haber recibido sobornos en esta estafa, Flavio Bolsonaro había negado relación alguna con la entidad financiera. Sin embargo, una investigación periodística puso en evidencia la fluida relación entre el senador derechista y el director del banco Master, quien financió la producción de una serie sobre el gobierno de su padre que iba a ser estrenada como parte de la campaña electoral. La crisis llegó a un punto tal que Michelle Bolsonaro, esposa de Jair y un alfil de los sectores evangélicos, ha salido a criticar públicamente a Flavio, en lo que, según afirma El País (27/6), podría ser la preparación de un intento de relevo ante una eventual caída de su candidatura. La derecha brasileña está sufriendo una fragmentación en diferentes camarillas enfrentadas entre sí. En un intento de cohesionar estas facciones, Jair Bolsonaro escribió una carta pidiendo la unidad alrededor de la candidatura de su hijo, lo que le valió un agravamiento de sus condiciones de detención. La visita que el presidente argentino Javier Milei le hará en las próximas horas a Flavio y, probablemente, a Jair Bolsonaro, aparecen en este cuadro como un salvavidas de plomo.
Lula, sin embargo, ha encontrado serios límites para poder aprovechar toda esta situación en su favor e inclinar definitivamente la balanza electoral hacia su lado. El presidente brasileño enfrenta una degradada situación social, marcada por la creciente inflación y un alto endeudamiento de la clase obrera y las clases medias. La banca carioca se encuentra temerosa por el crecimiento de la morosidad. El Instituto de Estudios de la Realidad Argentina y Latinoamericana (IERAL) llama la atención sobre la potencial crisis fiscal del Estado brasileño para el año que viene por el costo de financiamiento de su actual esquema de gasto público (Bloomberg, 27/06). Como medida de rescate, Lula impulsó un plan de refinanciación de deudas para sectores informales a una tasa subvencionada y con la posibilidad de ampliación del monto de deuda y de los plazos de amortización hasta 6 meses (Bloomberg, 29/06). La medida representa patear la crisis hacia adelante, mientras los salarios se mantienen planchados. Incluso las refinanciaciones tendrán como garantía los fondos de indemnización por despidos, que garantizaría hasta el 50% de los préstamos (Ídem), lo que puede producir una mayor confiscación a término. El proyecto oficial de reducción de la jornada laboral de 44 a 40 horas semanales, que ya cuenta con media sanción de diputados, no ha escandalizado a ningún sector de la burguesía, e incluso ha logrado el apoyo de las fuerzas patronales en la legislatura, toda vez que Lula ha dejado intacta toda la contrarreforma laboral impuesta en 2018 por el golpista Temer (el régimen de banco de horas y el de horas extras, que Temer amplió y flexibilizó al extremo, pueden compensar ampliamente esa reducción de la jornada laboral semanal).
Lula ha aprovechado la injerencia del imperialismo norteamericano para proclamarse defensor de la “soberanía nacional brasileña”, sin contraponer antagónicamente este latiguillo a la manutención de relaciones con el gobierno de Trump y sus socios derechistas del continente. Los reclamos en defensa de la “soberanía nacional”, no han llevado a Lula a ningún choque significativo con el imperialismo norteamericano en el plano internacional. En el caso de la invasión a Venezuela, o el bloqueo criminal y la amenaza de invasión contra Cuba, el presidente brasileño se ha limitado a delimitaciones diplomáticas y no ha sido capaz de desafiar el bloqueo petrolero a Cuba. En el caso de Bolivia, cerró filas con el trumpista Rodrigo Paz Pereira ante la rebelión obrera y campesina en su contra, contribuyendo a su liquidación.
El techo que ha alcanzado la intención electoral de Lula todavía amenaza sus chances de ganar las próximas elecciones, dada la volatilidad de los procesos electorales en la región, la creciente injerencia norteamericana en los procesos electorales y los antecedentes de ajustadísimos márgenes de diferencia en los últimos ballotages latinoamericanos (Colombia, Perú). A fines de 2025, Lula aventajaba por más de 15 puntos a Flávio Bolsonaro para después pasar a un “empate técnico” y ahora volver a remontar, pero por una diferencia menor de 8 puntos. Por otro lado, todavía las alianzas están en pleno desarrollo y con los números actuales, no está asegurada una mayoría en el congreso ni para Lula ni para Bolsonaro hijo. El PT y la burocracia sindical de la CUT, con sus partidos aliados, que incluyen al PSOL y al PCB, no se han jugado a una movilización obrera y popular, porque ésta hubiera chocado con Lula.
El gobierno norteamericano todavía no ha dicho su última palabra sobre su injerencia en las elecciones en Brasil. Trump busca integrar a Brasil al Escudo de Las Américas, entre otras cosas para combatir la creciente influencia comercial china. China ha desplazado a Estados Unidos como principal socio comercial de Brasil, el cual a su vez ha sido el país que más inversiones chinas ha recibido durante el 2025, por un monto de 6.100 millones de dólares. China acapara más del 80% de los nuevos proyectos mineros y energéticos de Brasil. El tercio de las exportaciones brasileñas se colocan en China, principalmente de soja y petróleo. Por otra parte, Brasil posee la segunda mayor reserva mundial de tierras raras, minerales claves para la industria tecnológica, militar y de electro movilidad. El imperialismo norteamericano tiene sus miras puestas en las tierras raras brasileñas para sus cadenas de producción y ha sido el eje de discusión entre Lula y Trump, bajo la negociación de los diferentes aranceles impuestos por el Departamento de Estado norteamericano, particularmente los que entrarán en vigencia esta semana. El Departamento de Estado norteamericano ya ha declarado como organizaciones terroristas al Primer Comando de la Capital y al Comando Vermelho, por pedido expreso de Flavio Bolsonaro, lo que abre la posibilidad de que Estados Unidos busque llevar adelante operaciones militares y de inteligencia en su territorio nacional (bajo la excusa de la lucha contra el “narcoterrorismo”, el gobierno de Trump bombardeó las costas de Venezuela y preparó el terreno para la operación de secuestro de Maduro).
Trump también encabeza la embestida contra Pix, el sistema de pagos desarrollado por la banca pública brasileña. Por no cobrar comisión, ha dejado fuera del negocio a grandes operadores Fintech.
En caso de ganar, Lula deberá hacer frente a una agudización de las contradicciones de su política económica en un contexto mundial de crisis y guerras. Las proyecciones sitúan el déficit de Brasil en cerca del 8,5% del PBI y la deuda bruta en un 81% del PBI. La burguesía reclama medidas de ajuste para paliar la crisis. Es lo que el gobierno pateará para después de las elecciones. Finalmente, tal vez no sea una casualidad que Lula acabe de hacerle a la jefa del FMI, Cristalina Georgeva, una confesión que quedó registrada en un micrófono que quedó abierto en la última cumbre del G7: “yo nunca fui un izquierdista”.
