Escribe Olga Cristóbal
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El repudio al genocidio sionista en Gaza ha logrado tal enraizamiento en Estados Unidos y Europa que los choques en el campo de la cultura son continuos a pesar de la sanción de leyes represivas que penalizan cualquier crítica a Israel como antisemitismo. Las golpizas y procesamientos incluyen a la Jewish Artists for Palestine, una red de artistas judíos antisionistas que condena que la defensa de Israel sea equiparada a la defensa de la cultura judía.
La Bienal de Venecia, en mayo, se convirtió en uno de los principales escenarios cuando la campaña Art Not Genocide Alliance convocó una huelga reclamando la exclusión de Israel. Alrededor de una docena de pabellones nacionales cerraron totalmente durante la jornada de protesta, entre ellos Bélgica, Países Bajos, Austria, Japón, Macedonia y Corea. Otros cerraron algunas horas. Muchos artistas colocaron banderas palestinas en sus obras, hubo protestas frente al pabellón israelí y enfrentamientos con la policía. Finalmente, el jurado de la Bienal renunció en pleno en rechazo a la participación de Israel y Rusia cuando Netanyahu y Putin están siendo investigados por la Corte Penal Internacional.
Este mes, en Estados Unidos, la gira internacional "Loop Tour" del cantante británico Ed Sheeran perdió a todos sus teloneros después de que el 5 de septiembre en el estadio MetLife de Nueva Jersey, el rapero Macklemore defendió la causa palestina, denunció el infanticidio y aclaró que su denucnia iba contra el sionismo y no “sus hermanos judíos”. En represalia, la empresa promotora Messina Touring Group y los dueños de varios estadios exigieron que fuera echado y amenazaron con cancelar los shows si se presentaba. En protesta contra un "chantaje corporativo" y un acto de censura, cuatro artistas clave decidieron abandonar la gira: Finneas O'Connell, el danés Lukas Graham, los irlandeses Aaron Rowe y la banda Beoga. Ante la deserción de todos sus teloneros Sheeran, que había guardado silencio, declaró en un show que la situación en Gaza era "catastrófica, injustificable y desproporcionada". Macklemore se felicitó: "Si esas palabras me costaron el escenario, pero devuelven el debate sobre Palestina, fue la gira más exitosa en la que he estado".
Del otro lado del océano, la semana pasada, en vísperas de la apertura del Festival de las Ideas en Madrid, más de 30 invitados firmaron un pronunciamiento que forzó la retirada del Allianz, el principal patrocinador, "financiadora fundamental del genocidio en curso" en Gaza. A pesar de los pataleos del Ayuntamiento gobernado por el PP, la directora del certamen, Marcela Vélez, refirmó que el festival mantiene un claro posicionamiento en favor del pueblo palestino. Las plazas del evento desbordaron de asistentes.
Ahora le tocó el turno a Granada porque la dirección del Festival Internacional de Arte, Literatura y Humanidades Cultur-ALH, que se extiende hasta el 27 de septiembre, revocó la invitación a la escritora argentina, radicada en Francia, Ariana Harwicz (Buenos Aires, 1977). La Red Universitaria por Palestina le exigió a la Universidad que cumpliera el compromiso asumido en 2024 de boicot al Estado de Israel. “En contextos de ocupación, apartheid y genocidio, invocar la neutralidad o la pluralidad para otorgar una tribuna pública a discursos que niegan crímenes internacionales equivale a una toma de partido”, arguyeron. Y negaron haber amenazado a Harwicz.
Propagandista de tiempo completo del sionismo e islamófoba hasta los tuétanos, Harwicz es una provocadora profesional cuyos argumentos no se apartan un milímetro de los del gobierno de Netanyahu. Afirma que hay una conspiración mundial para matar a todos los judíos y dice cosas como: “Les angustia terriblemente que no haya genocidio. Lo desean, desean que haya genocidio para confirmar su odio a Israel”. Los críticos a Israel o son nazis -como la filósofa del transfeminismo Judith Butler- o “víctimas de una extorsión ideológica”, como el escritor israelí David Grossman, que osó utilizar el vocablo genocidio. La “extorsión” alcanza incluso a instituciones como la Academia del Nobel: solo eso justifica que hayan premiado en 2021 al tanzano Abdulrazak Gurnah, otro de su interminable fila de nazis. Como se ve, sus posiciones no empezaron el 23-10.
“Me echaron por judía, cedieron al terror”, se queja Harwicz, quien ha declarado que su propio juicio de divorcio, en Francia, estuvo marcado por el antisemitismo y que hasta el juez la odiaba por judía.
“El genocidio es un invento, una palabra comodín, que le viene genial a este siglo para poder borrarnos y matarnos nuevamente”, dice Harwicz, impertérrita, mientras Gaza acumula decenas de miles de muertos. “Es en contra de los judíos. Basta de someterse a sus eufemismos. Quieren fuera de la cultura a todos los judíos y a todos los que no piensen que hay que censurarlos. Lo están logrando”, se victimiza.
Siete de las más notables participantes del festival -Rita Segato, Lina Meruane, Sabina Urraca, Gabriela Wiener, María Fernanda Ampuero, Brenda Navarro y Ángelo Néstore- respaldaron la exclusión. La feminista marxista Silvia Federici sumó su firma más tarde. El conflicto, explicaron, está al margen de la obra literaria de Harwicz. Apunta a que “quienes niegan un genocidio, así como quienes antes negaron el Holocausto judío, contribuyen a legitimar la negación del exterminio racista de todo un pueblo y se hacen políticamente cómplices de estos hechos”. “La libertad de expresión es un valor central de la vida en sociedad, pero tiene límites tipificados por ley: la injuria, la difamación y la incitación al odio, entre otras”, señalaron.
La exclusión desató una oleada de apoyo a Harwicz. Los principales diarios del mundo -el monárquico/franquista ABC comenzó la campaña-, organizaciones culturales, la embajada argentina, conocidos agentes y besamanos del lobby sionista y, ¡ay!, algunos derecho-humanistas, feministas y hasta víctimas del terrorismo de Estado en la Argentina se apresuraron a pronunciarse “contra la censura” y en defensa de “la libertad de expresión”.
En medio del escándalo, el escritor irlandés John Banville -la figura central del festival- comunicó que declinaba su invitación a Granada.
Más de 350 escritores, intelectuales y personalidades firmaron un manifiesto repudiando el veto. Fernando Savater, Margo Glantz, Piedad Bonnett, Santiago Roncagliolo, Ana María Shua, Pola Oloixarac y María Negroni figuran entre los adherentes. “Defender la libertad de expresión solo para quienes piensan como nosotros no es defenderla: es sustituir la confrontación libre de ideas por la selección ideológica”, arguyen los hipócritas que no hicieron asco a firmar junto con la diputada fascista Sabrina Ajmechet -la que se confesó tentada de atropellar a los alumnos del Carlos Pellegrini- o el exministro de Cultura Pablo Avelluto - que durante su gestión despidió a medio millar de trabajadores de Cultura.
Los argumentos “progresistas” van desde el pragmático -“así la hicieron famosa y ahora todo el mundo corre a comprar sus libros”- hasta el que repudia “silenciar una voz disidente”. Hay uno directamente desopilante: ¡Granada! ¡Justo Granada! La ciudad donde los Reyes Católicos firmaron el edicto de expulsión de los judíos de Castilla y Aragón en 1492. ¡Y ahora desinvitan a Harwicz!
Si la idea es forzar la historia, sería más lógico comparar la expulsión de los judíos (y árabes) con la Nakba, cuando el terror sionista expulsó al pueblo palestino de su tierra y, a los que no los echó, los quemó en fosas comunes, como bien comprobó el historiador israelí Benny Morris en la década del 80 (aunque de eso Morris solo lamente que sus padres y abuelos no terminaron su trabajo).
Por supuesto, la inmensa mayoría de los agraviados no han dicho ni pío sobre la libertad de expresión -ni siquiera sobre el derecho a la vida- frente al asesinato de más de 270 periodistas palestinos en Gaza, muchos bombardeados junto con sus familias. Tampoco cuando Israel destruyó TODAS las universidades gazatíes y mató y mata a miles de docentes y estudiantes. Ni porque desde 2023 prohíbe que la prensa internacional entre a Gaza. Harwicz tiene una explicación que la pinta de cuerpo entero: la defensa de Palestina no es tan vigorosa en el Río de la Plata “porque aún no llegó la infiltración islámica”.
El gobierno de Netanyahu ha intentado horadar la voluntad política de defender Palestina con una campaña sistemática sobre las redes sociales y los medios a través de la Hasbara, la añeja estrategia de comunicación del Estado de Israel destinada a influir en la opinión pública mundial. Este año cuenta con un presupuesto de 730 millones de dólares, cuatro veces superior al del año anterior.
“Israel también ha recurrido al deporte y a la cultura para blanquear su guerra ilegal en Gaza, con 30 millones de euros para alterar el voto en Eurovisión”, asegura la investigadora española Natalia Sancha. Se refiere a que en la edición 2026 de Eurovisión 2026, Israel obtuvo la octava posición con 123 puntos del jurado profesional y 220 puntos del televoto (343 puntos en total), ayudado por la avanza de trolls que votó a su candidata.
La discusión sobre libertad de expresión y censura es una farsa cuando una potencia genocida como Israel cuenta con el apoyo del imperialismo yanky, la Unión Europea y redes sionistas de la magnitud del AIPAC para manejar algoritmos, portadas de los diarios, candidatos políticos e incidir ferozmente en el éxito o el fracaso de escritores, músicos e intelectuales a partir de su incidencia en las industrias culturales.
¡Viva las valientes escritoras que se pronunciaron claramente en Granada contra un Estado criminal y sus aliados!

