Se acelera la inflación en un marco deflacionario y de depresión económica

Escribe Redacción

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Para un gobierno que se jacta de que el Banco Central no está financiando al Tesoro, ni emitiendo, por lo tanto, moneda “espúria”, el 2.9% de aumento mensual de precios en CABA, en julio, es un revés fundamental. Por lo pronto, representa un aumento del 55% respecto a la suba de junio, cuando orilló el 1,8 %. Al cabo de tres años de gobierno, Milei y Caputo contabilizan una inflación anual de precios arriba del 35 %. El viernes próximo se conocerán los datos del INDEC, que deberían ser levemente inferiores, aunque elevados, porque subestiman la importancia del gasto en servicios de parte de la población. En CABA, se situaron por arriba del promedio con un 3,8 %.

Esto ocurre en el marco de una política monetaria reputada como “prolija”, de modo que no se le puede atribuir la responsabilidad por el salto inflacionario. Los bancos, por otro lado, guardan un 41% de los depósitos en una obligada reserva mínima y, en lugar de créditos, destinan el dinero a la compra de títulos públicos. La demanda de consumo e inversión se encuentra en retroceso, como surge de la recesión de la producción. Una depresión de esta magnitud, llevó al economista y especulador financiero, Ricardo Arriazu, a la conclusión de que, en este marco de deflación monetaria, la cotización del dólar caería como una piedra si se liberara el mercado de cambios. Una opinión caprichosa, porque la restricción cambiaria apunta contra la salida de dólares por dividendos retenidos y utilidades empresarias en general, no contra la entrada de divisas. El mismo Arriazu, un ex funcionario de Cavallo, se declara contrario a la “flotación” del tipo de cambio. La salida de dólares se encuentra asimismo frenada por la elevada tasa de interés interna. Las corporaciones no recurren al crédito local sino al internacional.

Ahora bien, los que subieron fueron los precios regulados, que son fijados por el estado, del 2 al 3 % – un 50 %. Es lo que ha ocurrido con la electricidad; los libertarios apuntan a liberar por completo las tarifas, que han venido subsidiando en beneficio de los dos monopolios principales de provisión. Además, la importación de gas licuado se ha hecho más cara como consecuencia de la guerra mundial; cuando se alcance el abastecimiento interno, la tarifa no bajará en absoluto (es un ´commoditie´ internacional) sino que irá a los bolsillos de los accionistas de Vaca Muerta. En definitiva, la inflación de precios continúa en alza en Argentina, en el marco de una política monetaria deflacionista. Milei ha tomado el cuidado de asegurar que el Banco Central no saldría al rescate de ninguna entidad financiera, para evitar que las patronales financieras que se encuentran acorraladas recurran a convocatorias de acreedoras con la expectativa de que el estado las rescate. Contraviene con esto una regla básica del sistema, que define al Banco Central como el rescatista de última instancia.

Otro grupo de economistas y financistas reclama, por el contrario, una devaluación. Esto significa, en primer lugar, abrir la puerta de salida a los dividendos e intereses retenidos y a un retiro del Banco Central de la regulación del dólar futuro. La intención es reavivar el comercio interno mediante el encarecimiento de las importaciones; pretenden también que la demanda residual de inversiones del exterior ‘desparrame’ hacia la mediana industria local. Por medio de este laberinto, tienen la expectativa de producir un aumento gradual de salarios y del consumo personal. Por último, reactivar la obra pública mediante el incentivo estatal. Todo esto, obviamente, encarece la deuda pública dolarizada o ajustada al dólar; produce un desarme de la deuda en pesos; y obliga a cualquier candidato con posibilidades de llegar al balotaje, a recomenzar una negociación con el FMI y el Tesoro norteamericano, bajo cuerda. Un enorme impasse político.

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