Después del jueves del Senado

Escribe Marcelo Ramal

El esfuerzo del pejotakirchnerismo por apuntalar a un gobierno chamuscado

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Los periódicos de este domingo 9 se relamen con los traspiés del gobierno en los últimos días. Señalan, en primer lugar, la aprobación mutilada de la ley de inviolabilidad, después de la caída de los capítulos que reformaban a las leyes de tierras y del manejo del fuego. Le agregan también el fracaso de la escalada contra los prácticos navales -después de la virtual interrupción del comercio exterior durante varios días- y la tensión disparada con Brasil, que despertó el desagrado de varios miembros de la Unión Industrial.

La enumeración no suele tomar en cuenta otros elementos, como los macizos paros docentes, que desafiaron los dispositivos antihuelgas del gobierno, o la movilización multitudinaria del jueves frente al Senado. Algunos editorialistas han citado, en cambio, que la desaprobación de Milei -que se computa en los dos tercios de la población total- supera al 75% entre los jóvenes, que abundaban en la marcha contra la ley de la “propiedad privada” (del capital).

Por sobre todas las cosas, los que se pelean por dar al gobierno “en retirada” no mencionan el cuidadoso trabajo de la oposición política -y en primer lugar del kirchnero peronismo- por apuntalar a como dé lugar al destartalado edificio del gobierno. Ello se manifestó en el Senado, cuando los opositores avalaron la operación de echada de lastre que protagonizaron Bullrich y los senadores oficialistas, con el propósito de salvar del naufragio a la ley de inviolabilidad. La periodista Mariana Verón, en “Infobae” de hoy recoge cómo fue la negociación entre los senadores del interior y Bullrich, para “acordar” el retiro parcial de capítulos del proyecto y sancionar a la madrugada la ley recortada, pero “consensuada”. “Todos tuvieron la gentileza de evitarle al Gobierno la derrota explícita”, señala Verón, en relación al procedimiento de los opositores de “comunicarle” a Bullrich qué puntos se votarían y qué no. Como ya se dijo, quien abrió la sesión con este proceder fue el cristinista Mayans, al admitir que la cuestión del voto virtual de la Senadora Sagasti, embarazada de ocho meses, pasara “a comisión”. Al cabo de esta sesión de “arreglos”, el gobierno se llevó a Diputados una ley aprobada “en general” y con aspectos reaccionarios fundamentales.

Al día siguiente, tenía lugar otra operación de apuntalamiento de Milei: el vaciamiento de la marcha de San Cayetano por parte de sus propios organizadores -la CGT, las CTAs y la burocracia piquetera de la UTEP. En un escenario de 415.000 despidos en dos años, y con 600.000 nuevos pobres en seis meses, el pejotakirchnerismo sindical y “social” consiguió el milagro de convertir al reclamo de “pan y trabajo” en un desfile de aparatos vacíos, que a duras penas ocupó el perímetro de la Plaza de Mayo. Los vallados del gobierno les hicieron un favor, pues ayudaron a disimular el raquitismo. La CGT propone nuevas “marchas” -no huelgas, y de ningún modo una huelga general, es decir, una acción de conjunto de la clase obrera contra el gobierno.

El nexo con el episodio del Senado es claro: en momentos en que la repulsa crece por abajo, hay que impedir por todos los medios que el edificio libertario se desmorone por una iniciativa independiente de los explotados.

Rajadura

El distanciamiento de un abanico de senadores y gobernadores pro oficialistas -Sáenz, Figueroa, Jaldo -en la sesión del jueves ha abierto especulaciones sobre el destino de otras iniciativas parlamentarias del gobierno, como la “inocencia” fiscal, el SuperRigi, la reforma política y, naturalmente, sobre el destino de la mochada “Inviolabilidad” en Diputados. Por referencia a ese horizonte, en Senadores se vivió una grieta, pero no una fractura. Antes de votar la reforma electoral, los colaboracionistas del interior reclaman que el mileísmo no interfiera en sus planes reeleccionistas provinciales. A cuenta de ello, aceleran las convocatorias a elecciones desdobladas y adelantadas en sus distritos. Entre los “rebeldes” del jueves, tenemos a los mayores gestores del capital petrolero de Vaca Muerta y de la minería del Norte.

El destino de estos proyectos está asociado al rumbo general del régimen económico, cuyo impasse se ha acentuado. El presidente del Banco Central, Bausili, ha anunciado medidas para “remonetizar la economía”, sin explicar de qué modo ello no acelerará las presiones devaluatorias, y “reactivar el crédito”, sin decir cómo lo haría en medio de una crisis en la cadena de pagos en ciernes. La devaluación, que una parte del gran capital -incluso de los exportadores “exitosos”-reclama, podría sellar un desenlace explosivo para la deuda pública, cada vez más atada a la evolución del dólar. Por el otro lado, la persistencia en la actual tentativa deflacionaria, fogoneada por Caputo y Sturzenegger, amenaza con agravar el derrumbe industrial y con el estallido de una crisis social.

Los partidos del régimen y la gran burguesía deliberan respecto de cómo salir de esta cuadratura del círculo. Por sobre todas las cosas, la cuestión es llegar al 2027 sin que el régimen libertario sea “ajustado” por la acción de las masas. Ese fue el alerta que dejó Georgieva, la jefa del FMI, en su visita a Buenos Aires.

El peronismo está a la cabeza de este operativo disuasorio. Sus voceros políticos y culturales se han empeñado en revestir la inquietud popular de estas horas con un ropaje nacionalista, pasando al tercer o cuarto plano a las reivindicaciones obreras. Es la manera de “trabajar” por una salida a la crisis del mileismo en los términos de la patronal “golpeada”. Y de sustraer a la crisis nacional del escenario mundial de la guerra en desarrollo y del intento de copamiento continental a manos de Trump y la OTAN. La izquierda del FITU se ha plegado por completo a está orientación nacionalista. Como parte de ella, y a propósito de los episodios de estos días, ha salido a comerse el pavo antes de cocinarlo, y celebrar -como lo hacen los medios kirchneristas- la “derrota” del gobierno. Pero el nacionalismo patronal trabaja por rescatar a estos “derrotados” de antemano. Poner fin de verdad a la experiencia liberticida depende de una iniciativa histórica independiente, y de un programa socialista e internacionalista -nunca de la mimetización con los cómplices “nacionales y populares” de Milei.

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