A 64 años de su desaparición, una nueva pista reabre la búsqueda del paradero del delegado metalúrgico Felipe Vallese

Escribe El Be

Secuestrado por las fuerzas represivas en 1962.

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“Yo soy la hija del policía que secuestró y mató a tu papá y lo enterró en mi casa”, dijo una voz al otro lado del teléfono de Felipe Vallese hijo, cuyo padre fue desaparecido por las fuerzas policiales bajo el gobierno de José María Guido hace 64 años. La pista podría dar con el paradero del cuerpo del militante peronista considerado el primer desaparecido de esa corriente. El hijo de Vallese se presentó a la Justicia para reabrir el caso, ya que al tratarse de un delito de lesa humanidad no prescribe. Según informó el propio Vallese, ya realizó la observación a vista de la casa donde se encontraría el cadáver, con la intervención de un equipo de antropología forense e informó que el municipio de Tres de Febrero le hizo entrega de los planos de la casa y la ubicación del pozo ciego.

La nueva pista apareció pocos días después del 64 aniversario de su desaparición, acontecida el 23 de agosto de 1962 bajo el gobierno de Guido, tras el derrocamiento del radical intransigente Arturo Frondizi. Vallese era obrero metalúrgico, delegado gremial de la fábrica TEA -Trafilación y Esmaltación de Alambres- y militante de la Juventud Peronista. El secuestro de Vallese se produjo en medio de un reflujo de las luchas obreras luego de la derrota de la huelga general del frigorífico Lisandro de la Torre en 1959, culminando así un período de ascenso de luchas que conoció una oleada huelguística de un nivel jamás alcanzado en la década anterior. La burocracia sindical era partícipe necesaria en este retroceso, apoyando al ala nacionalista de los militares (“azules”), al igual que la dirigencia peronista y el propio Perón, que había llamado a votar por Frondizi en 1958. Un sector de la juventud peronista encabezó la llamada “Resistencia”, cuya “táctica insurreccional” poco podía hacer para disimular la política de entrega total del peronismo. El secuestro de Vallese, en medio de este reflujo, se produjo en paralelo a otros operativos. La Policía de la Provincia de Buenos Aires detuvo a media docena de militantes peronistas y sus familias. A diferencia de Vallese, todos los demás secuestrados, luego de ser interrogados y torturados, aparecieron con vida.

La investigación que realizó el periodista Pedro Leopoldo Barraza, en su serie de ocho notas tituladas “El infierno de Felipe Vallese” y publicadas en el periódico “18 de Marzo” y después en el semanario peronista “Compañero”, rompió el cerco de encubrimientos policiales y judiciales que se había construido alrededor de la desaparición. Según pudo reconstruir Barraza, Vallese fue llevado a diferentes dependencias policiales; distintos testimonios permitieron establecer que fue torturado y que llegó a encontrarse en un estado físico extremadamente grave. Su mismo hermano Ítalo declaró que llegó a verlo durante su cautiverio, pero después su rastro se perdió definitivamente.

El episodio más conocido por la investigación de Barraza fue la revelación de que Vallese había logrado transmitir su nombre y su paradero a la dirigencia peronista de la UOM. La audacia de Vallese en este acto fue enorme, porque el conocimiento preciso del paradero de un secuestrado es un arma poderosísima en la lucha por su aparición y liberación. Según reconstruyó Barraza, de la comisaría de San Martín, Vallese fue llevado a la comisaría de Villa Lynch donde, en un descuido de sus torturadores que lo arrojaron en una celda, Vallese alcanzó a darle su nombre a un preso común, que lo anotó en un papel de cigarrillos, igual que el teléfono de la UOM y de la fábrica TEA donde él trabajaba y era delegado. Este ese preso común, cuyo nombre Barraza nunca reveló, al ser liberado la mañana siguiente llamó a la UOM y avisó donde estaba Vallese. El accionar de la burocracia de la UOM, sin embargo, se limitó a realizar una denuncia judicial, que no sirvió para nada. El juez federal de San Martín, cómplice de las fuerzas represivas, se negó a realizar ningún allanamiento a la subcomisaría de Villa Lynch y allí terminó la intervención de la UOM en el caso Vallese. El relato que hizo Barraza de este hecho fue revelador: “Felipe le manda un mensaje al dirigente gremial Augusto Vandor, secretario general de la UOM, donde le dice dónde está y que movilice al gremio para sacarlo. Un SOS a la vida. Este mensaje fue entregado en propias manos por el compañero de cárcel de Felipe. Pero el papelito, muy chico, se perdió por algún resquicio del traje: el que usaba el señor Augusto Vandor en ese momento”. La burocracia sindical dialogista con un ala del gobierno repudiaba el accionar de la “Resistencia” peronista.

El trabajo de Barraza reconoció al secuestrador y torturador de Vallese, el comisario Juan Fiorillo. Gracias a esa investigación, en 1971, casi diez años después de su secuestro y desaparición, 39 policías fueron a juicio, pero finalmente sólo fueron condenados a tres años de cárcel, la pena mínima, por privación ilegítima de la libertad. Según el juez, no se podía condenar por asesinato porque no había cuerpo. Todo este entramado represivo y de encubrimiento determinó el destino de Barraza: tres años después, sería asesinado junto a Carlos Laham por la Triple A, organización de la que Fiorillo formó parte antes de convertirse en uno de los colaboradores más cercanos del genocida Ramón Camps en la Policía Bonaerense tras el golpe de 1976. Recién el 30 de mayo del 2006, Juan Fiorillo volvió a ser detenido por sus crímenes bajo la dictadura. Se negó a declarar ante el juez y solicitó el beneficio de la detención domiciliaria, que le fue concedido. A los 75 años, con la movilidad limitada, obtuvo de hecho la libertad. Murió un año después sin revelar el destino ni el paradero de los restos de Felipe Vallese.

El final de esta historia es el intento del peronismo y la burocracia sindical por encubrir sus propias huellas en el caso. Con el retorno de Perón y su llegada a la presidencia en 1973, de la mano de la Triple A, la calle de Flores sobre la que fue secuestrado Felipe Vallese pasó a tener su nombre. Un salón de la sede de la CGT sobre la calle Azopardo, donde la burocracia sindical se reúne para entregar las condiciones laborales ante el gobierno de Milei, lleva el nombre de Felipe Vallese. La historiografía peronista bautizó a Vallese como el primer desaparecido de la historia argentina, ocultando las desapariciones de los anarquistas en la década del 30 y de Juan Ingalinella, militante comunista, bajo el gobierno de Perón en 1955. En 2002, quien luego fuera secretario de Derechos Humanos en los gobiernos del matrimonio Kirchner, Eduardo Luis Duhalde, lanzó una segunda edición del libro que había escrito con Rodolfo Ortega Peña en 1967 sobre al caso Vallese, pero esta vez negando todas las conclusiones escritas cinco años después de su primera edición, asegurando estar “convencido” de que la UOM actuó bien y denunciando que fue Barraza quien “construyó la teoría de la responsabilidad de la UOM”.

El hijo de Eduardo Luis Duhalde y vicepresidente de su fundación, Mariano Duhalde, lleva junto a Raúl Zaffaroni el patrocinio legal del hijo de Felipe Vallese.

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