Escribe Elías Piccolini
La lucha y la unidad obrera dieron sus frutos.
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Hace unos días contamos en esta misma sección cómo los operadores de grúa del sector Acería de Tenaris Siderca llevaban adelante un corte de horas extra desde el 7 de septiembre, Día del Metalúrgico, tras una seguidilla de atropellos de la Jefatura de la empresa: les sacaron el agua a cambio de una botella individual, les cargaron tareas ajenas y hasta peligrosas, y la jefatura se negó a dar respuestas por escrito. En un vuelco de esta historia, la lucha organizada dio sus frutos, y de manera contundente.
En las reuniones que armaron para tratar de convencer a los gruístas de aceptar las condiciones, de a poco y por separado, los empresarios pretendían además que no estuvieran presentes los delegados del sector. Es exactamente como si en un juicio quisieran juzgar al encartado sin la presencia de un abogado defensor. Aislar al trabajador de su propia representación, para que “entre en razón” más fácil, sin nadie que lo respalde: esa fue la maniobra. La contrarreforma laboral del Gobierno, urdida en las oficinas del Grupo Techint, se expresa en todos los ámbitos de las relaciones entre clases.
Frente a esto, los gruístas y sus delegados hicieron exactamente lo contrario: se mantuvieron unidos alrededor del reclamo. Todos los compañeros siguieron minuto a minuto, junto a los delegados, cómo se iban dando las reuniones, discutiendo entre todos por dónde tenía que ir el planteo y cómo seguir adelante. Esa unidad informada fue la que impidió que la maniobra de dividir surtiera efecto.
Con el corte de horas extra sostenido y la organización firme, la jefatura tuvo que dar marcha atrás. Y no a medias: entregó más de lo que había quitado. Pusieron un dispenser frío-calor con heladera incorporada. Sumaron, además, una heladera aparte. Y el bidón, que antes era de 20 litros y supuestamente “peligroso” de subir, ahora es de 12. Es decir, exactamente lo que los delegados venían reclamando desde el principio, a pedido de los propios compañeros.
El detalle del bidón desnuda toda la maniobra original: si el problema real hubiera sido el peso, la solución lógica siempre fue bajarlo de tamaño, no sacarles el agua a los gruístas y regalarles una botella para comprar el silencio. Ahora que la organización obligó a resolverlo, apareció la solución que estaba ahí desde el principio. La supuesta “inspección de seguridad” nunca fue el verdadero motivo: era la excusa.
Que un sector se organice, hagan una nota escrita, devuelva las botellas como gesto de rechazo, sostenga el corte de extras, se mantenga unido e informado frente a los intentos de dividirlo, y termine consiguiendo lo que reclamaba, es un ejemplo enorme para el resto de los trabajadores de Siderca. Y lo es todavía más en este contexto: con la UOM intervenida y sin acciones gremiales de conjunto, y con salarios de miseria que empujan a depender de las horas extra, los gruístas de Acería mostraron el único camino que da resultados, la unidad de clase, que si se pueden tomar acciones. Tenían razón los delegados y tenían razón los compañeros: el agua no se negocia. Y una vez más queda demostrado, con hechos y no con consignas, que la unión hace la fuerza.

